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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Canarias

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 11
    Agosto
    2016

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    "Jabalí" (Cap.2): Llamadme Lela

    (En el capítulo anterior: María Encarnación López del Vallado, conocida como Lela, es una mujer de mediana edad que vive una crisis existencial. Una tarde saca a pasear a su perro, llamado Pabloiglesias, y se encuentran con una extraña presencia que atemoriza al chucho).

     

    Lela sacaba a pasear a Pabloiglesias, el perro, por el parque de la deliciosa urbanización de casitas de ladrillo rojo donde residía desde hacía dos décadas. Era un espacio verde que serpenteaba entre los bloques de adosados. Había sido ajardinado a la manera inglesa, irregularmente por tanto, con amplias praderías, caminos tortuosos, pequeñas hondonadas y colinas. Algo falsamente natural. Un paisaje a imitación del que aparece en algunos cuadros y donde -según dice la Wikipedia-, “los itinerarios no se señalan, ya que en el paseo por un jardín inglés se deja un espacio a la sorpresa y al descubrimiento y no suelen existir grandes avenidas rectilíneas que guíen los pasos del paseante, sino más bien una clase de vagabundeo poético». Y, en efecto, ése era el cometido vespertino de Lela: el vagabundeo poético.

    Pero ese vagabundeo Lela lo practicaba un poco a su manera: en chándal fucsia y oro, tacones y siempre caminando agitadísimamente, con el corazón en la boca, arrastrando de la correa a Pabloiglesias, el perro. Incapaz de seguirle el paso, el chucho iba siempre con la lengua afuera. La mayor parte de las veces caminaba Lela profiriendo en voz baja toda clase de insultos hacia su marido. El motivo de tal furia era que hacía tres semanas quien fuera su esposo (se negaba a pronunciar mentalmente el nombre) le había planteado que había llegado el momento de tomarse “un tiempo” en su matrimonio. Luego, “El Innombrable” (así había decidido nombrarlo), exactamente a los tres minutos y treinta y seis segundos de comunicarle el cese de la relación, y sin mayores explicaciones, salía precipitadamente de casa advirtiendo que se iba rumbo a paradero desconocido, llevándose consigo tan sólo el coche y un slip ajustado de lentejuelas doradas que solía ponerse muy de vez en cuando en la intimidad matrimonial.

    Fue precisamente ese último detalle el que hizo dudar a Lela si en el fragor de aquella dolorosa ruptura había entendido “paradero desconocido” cuando en realidad él habría dicho “a Varadero, con un conocido”.

    Sea como fuere, la vida de Lela había cambiado. Y en esta época de transformación radical, se entregaba a dos actividades principales. La una consistía en los frenéticos paseos por el parque, tan poco saludables para Pabloiglesias, el perro. La otra era una compulsiva asistencia a la peluquería. Desde la escapada del Innombrable, Lela había sido vista luciendo (cito por orden cronológico): media melena con capas en tonos burdeos, media melena con flequillo rubio dorado, corte de pelo bob negro azabache, melena larga ondulada rubio veneciano, cola de caballo alta marrón ceniza, cola de caballo baja color marrón ceniza, larga melena rizada rubio platino, pixie hacia el costado en cobrizos con dos mechas naranja intenso, celo cortado a cepillo, corte bob con flequillo en azul índigo, bob barrido con puntas en verde flúor, peinado de colmena de abeja en tonos caoba, melena larga lisa rubio miel, pelo corto rizado con flequillo liso y reflejos en tono berenjena. A lo que hay que añadir la media melena alisada color rojo fuego (rubí intenso) que lucía en la actualidad.

    En efecto, eran tiempos convulsos y de cambio para Eulaliaencarnación, como indefectiblemente su marido se dirigía a ella en todo lugar y circunstancia, incluso en la más tórrida de todas ellas. Tiempos que habían requerido decisiones tan radicales como cambiar también el odioso apelativo con el que la habían bautizado sus padres (Eulalia Encarnación) por este otro que desde el bachillerato siempre había deseado lucir: Lela, escrito a la manera inglesa: “Leela”, pronunciado Lela. Pero la vida es muy cruel y el tiempo y la costumbre la habían llevado a posponer siempre semejante decisión y la petición correspondiente (“Llamadme Lela, soy Lela”), así que ahora que ya se había atrevido a dar el paso nada podría frenarla.

    Por eso, por todo lo dicho, no iba a amilanarse en absoluto por la extraña presencia que tanto parecía aterrorizar al pequeño Pabloiglesias, el perro. ¿Que tenía ante sí a un jabalí?, ¿pues qué?

    -¿Quién eres? ¡Manifiéstate!, gritó Lela a la tenebrosa silueta que ahora mismo salía lentamente de los espesos arbustos que marcaban el confín del parque de la deliciosa urbanización de casitas de ladrillo rojo.

    Dos ojos amarillos refulgentes se movieron hacia ella. Vaya, sí que se sentía algo asustada. Lela sintió un olor salvaje llegando a su pituitaria. Un calor inexplicable inundaba su pecho. Se encontró bañada en sudor, incómoda, dentro de aquel chándal que no traspiraba nada. Era un animal. Un animal peludo cuya altura casi le llegaba al pecho (Lela superaba por poco el 1,50 de estatura). Se aproximaba lentamente sin dejar de clavarle aquella mirada. Pero algo cambió de repente. Si bien un segundo antes aquellos ojos le habían parecido amenazadores, ahora mismo esa mirada la estaba llenando de… ¿cómo decirlo? ¿Paz interior?

    En efecto. Por primera vez en varias semanas, se detuvo el torbellino existencial en el que Lela se había hundido. Ni siquiera sintió ganas de ir a la peluquería. Conmovida hasta lo más profundo de su ser, serena de repente, no podía más que dar gracias por estar viviendo ese momento.

    Sí, aquello era realmente un jabalí. Un jabalí descomunal

    Un jabalí que, además, hablaba:

    -Yo te conozco, Lela. Veo tu interior.

    -¡La virgen!

    Lela se movía entre la decisión racional de salir de allí pitando, como acababa de hacer Pabloiglesias, el perro, o abandonarse al extraño sentimiento de sosiego que la anclaba allí. Se acercó más. Se agachó un poco para mirarlo a los ojos. Lela apenas podía articular palabra, pero aún así logró abrir la boca:

    -¿Y tú cómo te llamas, bicho?

    -Umm. Llámame… Paulo Coelho.

    (Continuará)

     

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