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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 26
    Agosto
    2016

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    "Jabalí" (Cap.14): Una víctima de Masterchef

     

     

     

     

    En capítulos anteriores: Lela, una mujer de mediana edad, vive un apasionado romance con su vecino José Antonio Gallardo, capitán retirado de la Guardia Civil de Tráfico. Ella lo llama McGallard, porque cree ver en él a la encarnación de un highlander, uno de esos escoceses que protagonizan las novelas románticas que tanto le apasionan. Siempre quiso un highlander en su vida y ahora lo tiene. Lela y McGallard se han embarcado en una gran aventura. Tienen que salvar al maestro espiritual de Lela. Se llama Paulocoelho y es un jabalí que habla y que ella conoció un día, en el parque de la deliciosa urbanización donde reside, mientras paseaba a su perro, llamado Pabloiglesias. En la urbanización se han enterado de la presencia del bicho y quieren cazar al jabalí a toda costa, así que los dos enamorados lo han disfrazado con el uniforme de la Benemérita y lo han sacado de allí de incógnito para salvarle la vida. Los tres se fugan en una moto con sidecar de la II Guerra Mundial. Aún no saben a dónde van ni que van a hacer. La noche se les echa encima y hacen su primera parada, el motel “El Polvorín”. Al día siguiente paran a comer en "El Rey de la morcilla", un restaurante especializado en todo tipo de platos con morcilla. Tras una copiosa, y repetitiva, comida, llega la sobremesa...)

     

     

     

    Oh, el misterio químico de la vida. El hierro que aporta la morcilla (14 miligramos por cada 100 gramos de embutido) corría ya por la sangre de McGallard. Y a tenor de las cantidades que había ingerido el robusto escocés en aquel restaurante llamado “El rey de la morcilla” no había una parte de su cuerpo que no tuviera ya la consistencia de una viga de tren. Lela pronto se iba a beneficiar de ese efecto sobre el organismo de su amante, si bien sus besos (era un desagradable efecto secundario) no tenían hoy el mismo sabor de la turba de las Highlands, ni la agradable quemazón del whisky escocés envejecido en centenarias barricas de roble. Es cierto, sabían a morcilla. Pero qué más daba.

    Nada más comer, McGallard y Lela habían sufrido otro de sus ya habituales ataques de pasión incontrolada. Bastaba un brillo en la mirada para que Lela empezase a escuchar gaitas escocesas y ya estaba liada. Los amantes preguntaron al camarero si alquilaban habitaciones en aquel establecimiento y éste les dijo que no, pero que si había apretón bien podía alquilarles el almacén por unas horas. Lo único, que tuvieran cuidado con las morcillas. No las espachurrasen.

    Había apretón, en efecto. No se dijo una palabra más. La pareja se fue. Tras el abono de 100 euros que complementaría el sueldo del camarero y no sin antes rogar muy cortésmente a Paulocoelho, el jabalí, que los esperase si era tan amable. El sabio bicho dio sus parabienes:

    -La posibilidad de realizar un sueño es lo que hace que la vida sea interesante.

    -Eso es lo que digo yo –dijo Lela.

    -Ug –dijo McGallard.

    Luego de retirarse la pareja de pichoncitos, Paulocoelho se levantó tranquilamente de su mesa y salió a dar una vuelta por el exterior del restaurante. No tardó en encontrar lo que quería: los cubos de la basura. Allí tenía a su disposición, tal y como a él le gustaban, todos los restos de la comida bien mezclados. Un manjar.

    Se dio un buen atracón y cuando estaba reposando aquel fantástico banquete, ensimismado en su digestión, entre eructo y eructo, Paulocoelho reparo en un dedo índice que le daba tres golpecitos en el hombro, justo sobre las tres estrellas de seis puntas de las hombreras de capitán de la Guardia Civil. Detrás de aquel dedo índice había una persona.

    -¿Qué hace aquí, señor? ¿Tan mal están en el Cuerpo? Sabía que los sueldos eran bajos pero…

    Paulo levantó la cabeza y se quitó las gafas para mirar aquel hombre que estaba importunándolo. El cocinero dio un respingo al comprobar que se encontraba en presencia de un jabalí. Quedó pálido.

    -Joder, menudo bicho. Con las gafas de sol no lo parecías. ¿Qué cojones haces en mi basura, bicho? Te voy a pegar tres tiros, cabrón.

    Paulo no respondió inmediatamente. Como siempre, se tomó tres o cuatro segundos antes de hacerlo:

    -Morir mañana es tan bueno como morir cualquier otro día.

    El cocinero tardó en asumir que aquel jabalí estaba hablándole, pero después de repetir cuatro veces “hostia”, se agachó para comprobar que sus ojos no le estaban engañando. Claro que era un jabalí. Y claro que hablaba. Paulo volvió a hablarle:

    -Cuando crezcas, descubrirás que ya defendiste mentiras, te engañaste a ti mismo o sufriste por tonterías. Si eres un buen guerrero, no te culparás por ello, pero tampoco dejarás que tus errores se repitan.

    El cocinero palideció aún más. Los brazos le colgaban inertes. Parecía que se iba a desmayar. Pero no. Dos lagrimones como dos puños empezaron a correr por su cara. Apenas podía articular palabra.

    -Tie…nes… Tienes razón… No dejaré que mis errores se repitan.

    Aquel hombre parecía transformado por las palabras de Paulocoelho. Como si éstas hubieran tocado su fibra sensible.

    Paulocoelho, el jabalí, le pasó al cocinero una calada del cigarrillo aromático que estaba terminando de liarse. Así que la conversación empezó a fluir con mucha mayor facilidad. El cocinero, que resultó llamarse Adrián Ferraz, le contó a Paulo cómo había llegado a regentar “El rey de la morcilla”, establecimiento del que era chef y único propietario. Lo había conseguido gracias al premio y la fama logrados en el programa televisivo “Masterchef”, “donde gana el que mejor cocina”, explicó Ferraz. Al parecer, había dejado deslumbrado al jurado con una deconstrucción de morcilla, un plato innovador y radical. Según el jurado, había conseguido llevar la deconstrucción gastronómica de la morcilla a su máximo exponente. La deconstrucción total. “Les presenté un cerdo vivo al que había atado una cebolla en la cabeza y gané. Se volvieron locos con aquel plato. Me dijeron que nunca antes nadie había llegado a deconstruir así una morcilla”, confesó el cocinero a Paulo. “Pero aquello fue mi perdición”, añadió compungido.

    Tras pedirle una calada a Paulo, el joven chef encadenó una larga parrafada: “Gané. Y me convertí en el Rey de la Morcilla. Compré este restaurante y lo transformé en el Palacio de la Morcilla. Venían de todas partes del mundo a comer mis platos. Todos menos el plato con el que gané el concurso, claro, que no se podía comer si no matabas antes al cerdo, con lo cual la deconstrucción no era ya tan completa y, por tanto, perdía todo su sabor. Era un plato imposible, por tanto. Pero el resto de platos, sí. Cada receta nueva que sacaba a la carta era un éxito. Y así hasta hoy. Ya ve cómo tengo el restaurante. Está lleno. Me ha ido económicamente muy bien. Estoy forrao, la verdad. Pero a cambio, ¿en qué me he convertido? Míreme, soy el Rey de la Morcilla. El puto Rey de la Morcilla. ¿Y mientras mis compañeros, qué? Ha visto qué están haciendo ahora. ¿Ha visto dónde está la cocina en nuestro país? ¡Ha llegado a su máximo exponente, a su máximo exponente! Ya ni siquiera se dedican a hacer esferificaciones, geles, o espumas. Eso es cosa del pasado. Ahora han dado un paso más. Los chefs ya no alimentan nuestros cuerpos. ¡Alimentan nuestras almas! Han dejado atrás el pegajoso calor de los fogones, las salpicaduras de las salsas, las quemaduras en las manos de tanto freír, cocer, emplatar… Ahora elaboran platos y menús que enriquecen nuestro interior. Tiene usted que estar al tanto de esta revolución. Los chef se han convertido en pensadores de primera división. ¿No ha leído, por ejemplo, el magnífico ensayo “La rebelión de las mesas”? ¿Y qué me dice de “El ser y la nata”? Son deslumbrantes. Deslumbrantes. Y yo… ¿Yo qué? Yo soy el puto Rey de la Morcilla… Qué hago, qué hago… ¡Mi vida va a la deriva! Tienes razón. No puedo dejar que mis errores se repitan”.

    Sollozaba en el hombro del jabalí.

    Paulo le quitó el cigarrillo aromático de las manos pues el cocinero le había cogido cierta afición y no se soltaba de él. Apenas quedaba ya una colilla. Después de una calada para rematarlo, el jabalí sabio volvió a hablar:

    -Todas las batallas en la vida sirven para enseñarnos algo, inclusive aquellas que perdemos.

    El cocinero se postró a sus pies, abrazando las patas traseras de Paulo, llorando desconsoladamente.

    -¡Oh, maestro, maestro!

    (Continuará)

     

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