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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 03
    Diciembre
    2015

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    20-D: Rajoy, teoría del mejillón

     

    Era este país un mejillón negro, endurecido por la crisis, cerrado sobre sí mismo, aferrado a la roca de la subsistencia mientras, contra él, batía implacable el oleaje de un sistema furibundo: bancos quebrados, desahucios, primas y rescates, paro, indignados, corrupción… Sufría mucho el mejillón con la tormenta perfecta. Tenía el mejillón percebes en los cojones, que se dice en el marisqueo, y prometía nunca más dejarse comer al primer hervor. Nunca más. Pero pronto caducó el juramento. A medida que iban acercándose las elecciones generales, con sólo un breve baño al vapor de propaganda política, se abrió el país-mejillón y dentro apareció su masa carnosa, tierna y apetecible, ligeramente genital, que imploraba un cómeme a quien buscaba un vótame.

    España es el mejillón banal que Bertín Osborne le cocinó a Rajoy la tarde-noche del miércoles que pasaron juntos en la sauna de TVE. Otra ración más con la que emboba el país (récord de audiencia) en el inicio de la campaña del 20-D. Hace dos años se divisaban unas elecciones cruciales, en las que el bipartidismo sería abolido, la corrupción estructural sería depurada y, tras demoler el edificio, inhabitable por aluminosis, de la primera Transición edificaríamos otra, más democrática, más ciudadana, más honesta, más limpia, más mejor. Iba a ser la revolución que nunca hicimos. Hace dos o tres años, el pueblo se había armado cada uno con un voto y estábamos prestos a batirnos en la calle, como cuando invadió el francés y montamos la goyesca. Pero luego llegó el hervor televisivo del mejillón y guardamos las facas. Muy cansado desmontar al mameluco. Ir pa na es tontería. Cambiamos las ideas por las anécdotas, el programa por el álbum de fotos personales del candidato, la destreza del pensamiento político por las instrucciones de las manualidades y así el debate llegó a su cénit: se trataba ahora de esclarecer si Pablo Iglesias tocaba bien la guitarra, si Soraya era genuinamente bailona, si Pablo Motos se había dejado ganar a los karts por Albert Rivera o si Naranjito ganó derrapando sobre la nieve, como sugiere Monedero. ¿Y qué me dicen de Pedrooooo jugando al ping pong? ¿Y lo tierno que estaba, en el sofá de Bertín, mujer, por Dios, mulliendo las partes con el cojín amarillo, con esos vaqueritos que me llevaba? Corrieron ríos de tinta (como éste, lo admito) tratando de esclarecer la evidencia: ¿pero será verdad que son gente como nosotros, gente que mulle, baila, corre, toca, se toca y se raya?, ¿pero será posible que antes nos hipnotizaban con el milagro económico español y ahora quieren repetir el truco con el milagrito doméstico?

    Con bien poco se abre el mejillón del votante. Ni siquiera se esmeran con los guiones. En el baño turco de TVE, Bertín preguntó al Presidente qué le había pasado con Obama en un gimnasio. Y aquello anunciaba clímax narrativo: ¿Saben aquel que diu de un gallego que se encuentra a un negro en la ducha y…? Pero luego no hubo tema. Desinfló tanto que acabaron echando un Madrid-Barça al futbolín. Faltó, para desvelar la verdadera finalidad del sainete del gallego, el jerezano y el mejillón, aquel afilado diálogo de “Espartaco” entre togas, hombres y aguas termales:

    -Craso: ¿Comes ostras?
    -Antonino: Cuando las tengo, señor.

    -Craso: ¿Comes caracoles?

    -Antonino: No, señor.

    -Craso: ¿Consideras moral comer ostras e inmoral comer caracoles?

    -Antonino: No, señor.

    -Craso: Por supuesto que no, es una cuestión de gustos, ¿verdad?

    -Antonino: Sí, señor.

     

     

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