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Mirada Exterior
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  • 23
    Marzo
    2011

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    La guerra que nadie quiere mandar

     

    La Guerra de Libia es el debut estelar del multilateralismo que Obama prometió en su campaña electoral. El presidente, que se ha ido a Brasil y a Chile para huir del  chaparrón de críticas por el anuncio de recortar el uso de armas en los Estados Unidos , no quiere de ningún modo, liderar la operación militar contra Libia, la tercera guerra de los americanos en Oriente.  Con los conflictos de Irak y Afganistán abiertos y sangrantes, Barack Obama no puede permitirse otro conflicto que no cuenta con respaldo social. Los americanos ni siquiera tienen empresas petrolíferas en la zona. A Obama le sale estos días esa vena de profesor universitario que no le gusta mostrar. Se ha puesto didáctico y ha dado una lección a Francia y a Inglaterra. Las palabras del presidente podrían traducirse en algo así como: “Os quejabais de que éramos los gendarmes del mundo, pues bien, ahí está el mundo para vosotros”. La campaña de Libia debería llamarse, en realidad, la guerra que nadie quiere liderar. Nadie de los que están en condición de hacerlo, claro.  España no figura entre esas “potencias”. La pregunta es: ¿Pueden Gran Bretaña y Francia dirigir en solitario a las tropas en Libia?.  El problema no es diplomático. Ambos estados suscribieron a finales de 2010 un pacto de cooperación en defensa. La cuestión es logística y tiene que ver con la tecnología que puede ser insuficiente para combatir a Gadaffi. De ahí parte el interés de involucrar a la OTAN. Desde que la ONU autorizó el uso de la fuerza en Libia, Estados Unidos ha dirigido la mitad de las operaciones –unas cien-. El resto se han dividido entre Gran Bretaña y Francia.       

    A diferencia de las campañas de Kosovo, Irak y Afganistán,  Libia es otra cosa. Un alto oficial Americano retirado lo dijo ayer en una conversación privada: “Si los americanos quieren una zona exclusión aérea que dirijan ellos las operaciones”. El caso es que como los líderes europeos tampoco se ponen de acuerdo. El caos está servido. Una vez montado el lio, lo cómodo ahora es apelar a la Alianza Atlántica.   

     

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