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Las Estaciones y Los Días
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Israel Olivera

Periodista. Del norte al sur.

Sobre este blog de Cultura

De lo cultural, de lo político y de lo social


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  • 13
    Diciembre
    2011

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    Urdangarín, el republicano

    Con la monarquía hemos topado. Aires de levantamiento republicano se cuelan bajo las puertas de la Zarzuela con un susurro sibilante, de serpiente envenenada, sibilino. El hermetismo oscurantista de sus cuentas, la intocabilidad de sus testas coronadas y la ancianidad de una institución anacrónica ponen de manifiesto que quizá esté llegando la hora del cambio.

    Tiene la Corona además la virtud de ir en sus principios contra algunos de los más importantes derechos constitucionales, el Artículo 14 expresa que “Los españoles son iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. La misma Constitución que a su vez le otorga sus privilegios.

    Tras estallar el caso Urdangarín, el sujeto protagonista de esta presunta trama de corrupción, decía hace un par de días que “La Casa Real nada tiene que ver con mis actividades privadas”. El Duque de Palma no puede descabalgarse de su condición de majestad para hacer cuatro negocios chapuceros, torticeros, y volver a encabalgarse cuando ha terminado de ensuciarse las manos. La condición de yerno del rey le acompaña en todos sus movimientos empresariales, sociales y personales. Siempre es a ojos de sus interlocutores el marido de la Infanta Doña Cristina.

    Gracias a estas maniobras, la justicia hablará, la Casa Real va a hacer públicas sus cuentas. Como institución integrante del Estado, bien podría haber tomado esta decisión antes, de manera más pura, sin intentar ganarse un terreno a todas luces perdido. La majestad no se pierde por saber cuánto se gasta en qué (la Corona Británica hace público hasta su gasto en calefacción), sino en no decirlo, en el oscurantismo, en los negocios ocultos, lejos de la luz y los taquígrafos que la comunidad política y las herramientas de la ley debería exigirles.

    Por otra parte, la recua política y mediática, ha ensalzado la figura del Monarca hasta extremos insospechados y todo aquello que le atañe se comenta con papel de fumar, no vaya a ser que. Pasaron los tiempos de la transición, del 23F, del miedo a caer en una nueva dictadura. La figura real se deteriora con cada nueva generación y terminará por desaparecer. Mientras tanto, la Constitución que nos ampara, nos exige su presencia como una muestra anacrónica de un poder divino y que atenta contra el más elemental de todos los derechos del estado del bienestar, la igualdad.

    Ya se comenta, ya se dice de forma chusca que Urdangarín siempre ha sido republicano.

     

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