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Las Estaciones y Los Días
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Israel Olivera

Periodista. Del norte al sur.

Sobre este blog de Cultura

De lo cultural, de lo político y de lo social


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  • 03
    Febrero
    2013

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    RAJOY, EL LÍDER QUE NO FUE

     

    De los líderes se espera la asunción de responsabilidades, el encabezamiento de una marcha hacia un destino, la capacidad de generar en sus seguidores una inercia nueva, una emoción, un sentimiento.

    De los líderes se espera que transmitan seguridad, confianza, fiabilidad. 

    Seguridad. Confianza. Fiabilidad.

    Mariano Rajoy perdió ayer la oportunidad inigualable de transformarse en un líder.

    Aplicó la doctrina nefanda del ventilador, lejos de la altura institucional que se le presupone a un presidente del gobierno que, bajo elección constitucional, lo es de todos.

    Alentó las teorías conspiranoicas, alimentando las zonas oscuras de la democracia, que es el único argumentario empleado por los débiles, los cobardes o los culpables. 

    Ninguneó  a la prensa, y con su negación a contestar, a la ciudadanía, en una comparecencia pública ausente de preguntas, alejando toda la posibilidad de creer en sus deseos de transparencia.

    Exigió ¡Prietas las filas! a los próceres de su partido, obligando a la callada por respuesta, llevando a la nave popular a un destino repleto de incertidumbres y oscuridad.

    Puso la mano en el fuego por los suyos y encadenó así su destino definitivo al del corrupto Bárcenas, haciéndolo suyo, en un guiño en el que se intuyen compensaciones al tesorero a cambio de su silencio.

    Y sacó pecho de forma de bravucona altanería para poder culpabilizar a otros de lo que se cuece en su propio partido, de lo que sólo es su responsabilidad.

    Ayer no solo perdió Rajoy.

    Ayer perdimos todos.

    Perdimos la oportunidad de creer de nuevo en la democracia.

    Perdimos definitivamente la inocencia impuesta en la transición a golpe de café para todos.

    Perdimos la ocasión de mostrarnos fuertes en una Europa cada vez más débil.

    Y a cambio obtuvimos una democracia de saldo, un insulto a la inteligencia ciudadana y un ferviente y público deseo de pasarnos todo por la bisectriz,  prender fuego a una constitución que ya no sentimos como propia y echarnos al monte para demostrar que somos más. 

    Que somos mejores.

    Que no nos representan.

     

     

     

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