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Las Estaciones y Los Días
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Israel Olivera

Periodista. Del norte al sur.

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De lo cultural, de lo político y de lo social


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  • 11
    Febrero
    2013

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    EL PAPA FALIBLE

    Aquel Cardenal Ratzinger, temido por sus tesis dogmáticas y ultraconservadoras, de oscuro pasado filonazi y de mirada opaca , ha resultado ser un Benedicto XVI débil, limitado, presionado y encorsetado en una agenda internacional  que se ha marcado a su piel con la insistencia de un cilicio.

    Su ortodoxia ha abarcado no solo la espiritualidad de la iglesia católica, más apostólica y romana que nunca, sino también al entendimiento de una entrega pura, alejada de las procelosas aguas de excesos,  componendas y escándalos sexuales. Este Decimosexto Benedicto ha intentado  acabar con estas prácticas, siempre en busca de la pureza espiritual, no de la libertad confesional, pero la ultraortodoxia del capital y el oscurantismo milenario de la iglesia ha podido con él.

    600 años ha tardado la historia en contemplar la renuncia de un Papa. Ni tan siquiera un Juan Pablo II asolado por la senectud y por la enfermedad pudo, o consintieron, que renunciara, ofreciendo al mundo un espectáculo desalentador de un pobre anciano fuera de este mundo.

    Ahora Benedicto XVI acosado por fuerzas mucho más terrenas que las promulgadas desde los púlpitos de su iglesia decide abandonar. Y en su abandono deja un tanto huérfana a su parroquia.

    La Iglesia Católica, sabiendo de las debilidades del hombre, siempre ha subrayado que la infalibilidad pertenece al cargo pontificio de Sumo Sacerdote, de Representante de Dios en la Tierra, de Primer Cardenal, no al hombre cansado de 85 años al que el peso del anillo del pescador le resulta excesivo para su pura conciencia.

     El Papa es infalible. El hombre Ratzinger, no.

     

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