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Las Estaciones y Los Días
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Blog Las Estaciones y Los Días - Israel Olivera

Israel Olivera

Periodista. Del norte al sur.

Sobre este blog de Cultura

De lo cultural, de lo político y de lo social


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  • 24
    Septiembre
    2013

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    ¿Cómo podría contarle?

     Se llamaba Daniel Lapuente Pueyo, navarro, de Estella. Trabajó en la General Eléctrica durante más de cuatro décadas. Tiempos duros en los años 50 y 60 para la margen izquierda de la ría del Nervión. Las hileras de hombres y mujeres caminando por la vega del Valle de Trápaga eran interminables, una riada de "ciegas hormigas*". Babcock Wilcox, Altos Hornos de Vizcaya, la propia General Eléctrica congregaban a miles de trabajadores provenientes de todos los rincones de España que caminaban aquellos cuatro, cinco kilómetros dos o cuatro veces al día para acudir a su puesto de trabajo.

    La vida se vivía a golpe de sirena, la que marcaba el inicio y término de los turnos de las fábricas, y que atronaba y aullaba en aquel fabril Barakaldo de segunda mitad del siglo XX como un pulso, un latido de la vida obrera, colándose en cada rincón de cada casa. Humo gris, palpitaciones rojas y anaranjadas iluminaban el cielo de Sestao cuando los altos hornos bufaban. Ríos negros.

    Jornadas interminables de duros trabajos, jornadas leoninas, aplicados los hombres y mujeres 12 y 14 horas sobre las máquinas, los tornos, las fresadoras. Semanas que se prolongaban hasta el domingo que sólo permitía la libranza por la mañana para acudir a misa. El Sindicato Vertical ideado por el régimen de Franco dominaba cualquier actividad obrera. Aquellos hombres y aquellas mujeres formaban parte de un sistema cruel, codicioso, inhumano, que no contemplaba la posibilidad de una vida mejor.

    Pero había un día, tan solo un día al año, en el que los miles de trabajadores de aquellas fábricas oponían resistencia al régimen laboral opresivo, a la crueldad de aquella cadena de montaje inmensa. Reivindicaban un mundo mejor, exigían el derecho a vivir, el derecho a un trabajo digno. Era un gesto, pequeño y enorme, insignificante y maravilloso, cotidiano y transgresor.

    El 1º de mayo, a las doce del mediodía, sin abandonar nunca su puesto de trabajo, todos aquellos miles de trabajadores encendían y se fumaban un puro. Daniel Lapuente Pueyo, mi aitite, mi abuelo, era uno de ellos.

    ¿Cómo podría contarle a Daniel Lapuente Pueyo, mi aitite, mi abuelo que el sueño de un mundo mejor  por el que toda su vida luchó se ha truncado, que el estado del bienestar ha muerto? ¿Cómo podría contarle?

     

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