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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

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Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 11
    Agosto
    2014

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    Volver a África

    La repatriación de Miguel Pajares desde Liberia para ser tratado de ébola abre una vez más el caudal de nuestro magnífico eurocentrismo: con asombro y turbación asistimos a debates sobre la alerta que crea su traslado, sobre quién se va a hacer cargo de la factura de la asistencia o sobre el carácter discriminatorio que tiene la decisión de la Comunidad de Madrid. Declarado el brote de emergencia por la OMS, con un saldo aproximado (o conocido) en países de África Occidental de 1.711 afectados y 932 muertos, la ocurrencia se dirige torticeramente a intereses tan bastardos e inmediatos como los que atañen a propios y solo propios.

      Y este proceder parece premonitorio de una suerte dantesca para el continente africano, que une su hambre y atraso ancestral a lo más cegador para una civilización: una caída en el precipicio de la epidemia, con lo que ello supone de aislamiento y de entierro en vida para sus habitantes. La paradoja es que el miedo, el trote del pavor del mal a través de las fronteras, devuelve a Liberia, Guinea, Sierra Leona y Ghana a una trágica relevancia apagada entre los recortes de las ayudas internacionales, mal que bien sostenida por misioneros y organizaciones solidarias. Sin ir más lejos, el presidente de los EEUU, Barack Obama (con afectados entre sus ciudadanos), reflexionaba estos días en voz alta sobre el deber de las potencias de emplear recursos económicos en salvar a esta parte del mundo, donde una vez más (y no se sabe cuántas ya) se recrudece un fuego colonial con la búsqueda de materias primas, explotaciones mineras y complicidades internacionales que tienen como máximo ejecutor a China.

    Estos días en que  el ébola (tras cinco meses de ataque)  ha alcanzado (más vale tarde que nunca) la máxima situación de alerta, profesionales y especialistas en medicina han expresado su pesimismo frente a la posibilidad de que los gobiernos afectados puedan, por sí solos, acometer un programa sanitario capaz de garantizar el aislamiento de la epidemia. Denis Sassou-Nguesso, presidente del Congo, reclamaba la ayuda internacional para frenar una crisis que “nos supera”. También en el ámbito de la incertidumbre, conocedores del territorio expresaban sus zozobras sobre lo qué ocurre en aldeas remotas, donde sus habitantes se entregan a ritos funerarios y a lavados de muertos que se convierten en la mayor causa de contagio.

    Habría que preguntarse si el ébola ha pasado a ser prioridad una vez que entra en juego la seguridad sanitaria del primer mundo. No tiene vacuna y los tratamientos que se aplican ahora mismo son meros ensayos. La cantidad de muertos, por sí sola, no constituye motivo de alerta para la sanidad civilizada, pues es sabido que cada día mueren en África entre 1.000 y 1.300 personas como consecuencia de la malaria. Y todo ello sin entrar en los estratos de la malnutrición, del VIH y de otras enfermedades. Hecatombes todas ellas que justificarían una movilización del globo terráqueo desde el punto de vista humanitario. Otra cosa, claro está, es que estas circunstancias pongan en peligro o no el modelo de bienestar europeo o americano, cuestión que sí sucede con el ébola. Pero es verdad que con la crisis ya no está de moda ayudar a África, ni tampoco rascar de los presupuestos nacionales para dedicar partidas a la educación y a la sanidad de estos territorios machacados por la historia, la mayoría en manos de mercenarios, de gobiernos que trafican con medicinas y de clases dirigentes que se enriquecen a destajo y que muestran su riqueza en las capitales europeas sin que ello sea motivo de escándalo para los gobernantes democráticos.

    La desgracia de África, de su pobreza endémica, suele llegar a las conciencias cuando el problema sale de sus fronteras. Me viene ahora al pensamiento la novela de Mario Vargas Llosa El sueño del celta, dedicada en gran parte a las atrocidades que permitió Leopoldo II sobre el Congo belga, y contra las que se manifestó públicamente a través de informes el cónsul británico Roger Casement. Este libro, con una gran potencia periodística, es un ejemplo de cómo el genocidio cometido por explotadores del caucho logró una inmunidad tremenda en la metrópoli. La obra del peruano es de una gran dureza, y también agridulce: Casement consigue frenar la locura belga, pero es condenado a muerte por traición a la patria al pedir la colaboración alemana en la I Guerra Mundial para la independencia de Irlanda.

    El empeño del diplomático, siempre sometido al albur caprichoso de los burócratas de turno, resulta un ejemplo gratificante de que hay situaciones de África que pueden cambiar. La mortal aparición del ébola sólo es la epidermis de un horizonte que se desangra.  

     

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