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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

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Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 23
    Enero
    2012

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    Vargas Llosa ha hecho bien

     

    En un contexto de abstinencia de compromiso y más de preguntar por lo que valen las cosas y no por la razón de su existencia, como dice Tony Judt en su magnífico libro Algo va mal, el fichaje de Mario Vargas Llosa para estar en la cúspide del Instituto Cervantes hubiese sido un nuevo elemento de malestar a añadir a las perturbaciones de la recesión intelectual en la que habitamos. El Premio Nobel de Literatura representa casi en solitario, con sus aciertos y errores, la presencia de la voz que contradice al poder y que gracias al reconocimiento de su literatura tiene la suficiente independencia para hacerlo.

    El autor de La fiesta del chivo practica algo que ahora no parece políticamente correcto, que es decir lo que  piensa y a quién apoya en sus artículos periodísticos e intervenciones públicas. Equivocadas o no, sus opiniones suelen levantar polémicas, crearle enemistades con personas y antipatías de gobiernos, provocar adhesiones de sus alumnos y seguidores de su obra, y por supuesto ganarse etiquetas partidistas, siendo la más acusatoria la que va de la franja de "derechoso a liberal". Un clima, en definitiva, que extrañamente resulta una rara avis en una coyuntura que precisa de esta lluvia de ideas, de la confrontación intelectual, de la puesta en duda y de la revisión de muchos de los maximalismos que arraigaron en los 80 y que han convertido nuestra época en una auténtica bomba de relojería. Por ello, no cabe duda que la marcha de Mario Vargas Llosa al puesto de mando del Cervantes hubiese supuesto una pérdida importante para este activismo, la mayoría de las veces premiado por la incomprensión política pero galardonado por los infinitos lectores que logra su literatura.
     

    El editor y poeta Carlos Barral cuenta en sus memorias que mientras él y su pandilla literaria trasegaban copas y copas en los veranos de Castelldefels, el joven peruano, aún sin fama, hacía encierro monacal frente a la máquina de escribir ajeno al alboroto de las borracheras y volcado en su misión. La carrera del autor de El sueño del celta, otro testamento sobre los pueblos sometidos, no transige con la complacencia ni con licores sensoriales que le lleven a aceptar las cosas como vienen: se empeñó en ganar al sátrapa Fujimori en su país y perdió, algo que le costó digerir y que le llenó de interrogantes íntimos sobre el futuro de Perú.

     Estoy seguro (nada es al cien por cien) que una inmersión del escritor en la gran política cultural de PP también le hubiese acarreado un desasosiego similar, y hasta cierta infelicidad en sus relaciones con España. Vargas Llosa ha dicho no a Rajoy para poder seguir con sus libros, para no socavar su capacidad crítica y para no ser cómplice de una decisión que lo  situaba entre la fauna de los jarrones chinos. Los gobernantes, entusiasmados con sus consejos de ministros, con la autoridad y con la enfermedad (no con la erótica) del poder suelen pensar que todos, menos los estúpidos, pueden ser inoculados por el virus del que ellos disfrutan. Y no siempre ocurre así, y no va a serlo con alguien acostumbrado, precisamente, a entrar en las interioridades de los abusos de la jerarquía.
     

    El ofrecimiento o caramelo envenenado nos retrotrae al que le hizo Felipe González a Jorge Semprún (ministro de Cultura), y que como todos sabemos acabó como el rosario de la aurora, con una fatal desvinculación entre el intelectual y el mandatario. La famosa razón de Estado, tan fácil de asimilar hoy día, constituye aún para algunos un territorio que debe ser franqueado y cuestionado, y no dado como obvio. Con el Nobel, está claro que primó el argumento de no participar en un penúltimo combate.

     

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