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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 23
    Septiembre
    2013

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    Nos quitan la hora menos

    Una comisión de políticos sin pistachos para entretener la holganza puede ser de los más peligroso, y como prueba del algodón ahí está el asunto de robar a los canarios la exclusividad de gozar de una hora menos frente a la Península. La motivación para tal despojo arranca del propósito de que los habitantes de la piel de toro consigan, al parecer, una mejor conciliación familiar y una mayor productividad. Los detalles sobre cómo repercute el cambio en los ciudadanos los desconozco, ni tampoco creo que la cuestión llegue a buen puerto: en este país se lleva años y años echando hilo a la cometa sobre el tema, y el resultado es que con los psicodramas del PP ya no hay ni tiempo para hacerles el bocadillo de nocilla a los chiquillos.

    La ociosidad unida a la búsqueda del trending topic convergen, y aquí tenemos a profesores, astrónomos y comisionistas expurgando la Historia para saber cómo Canarias se separó del resto, como en La balsa de piedra de José Saramago. Más allá de mirar el cielo y ver la Osa Mayor, uno no está capacitado para enredarse en la concepción del mundo a partir de meridianos o de los husos (con ‘h’), en definitiva de movimientos de mojones que vuelven a delimitar el espacio horario en que se desarrolla nuestra corriente vida.

    Ahora, ello no significa que uno este dispuesto a perder el placer de llegar al territorio nacional y mover la manecilla del reloj, una manipulación, señores diputados ociosos, que demuestra de forma fehaciente que somos diferentes, que estamos alejados, que nos encontramos camino de América, que lindamos con África, que estuvimos a punto de ser ingleses, que tuvimos aborígenes, que tenemos un fondo marino impresionante, que nuestro sol raja las lajas los 360 días, que tuvimos a Cristóbal Colón por estos lares, que Churchill mantuvo un operativo en la segunda guerra mundial para conquistarnos, que Hitler pidió a Franco una base en Canarias... Todo ello, diputados ociosos, merece la exclusividad de una hora menos en Canarias.

    Es más, el eslogan, la leyenda o el mensaje, pronunciado y oído en los informativos de televisión o de la radio, da cuenta de manera solemne de que aún nos queda un hueco, un resquicio, para hacer saber al resto de España de que aquí no sólo se vive diferente, sino que hay puntos geográficos donde el paisaje y el individuo se fusionaron para alcanzar La Geria de Lanzarote, o donde la ocupación vertiginosa del territorio se combina con aislamientos tan poéticos como el de la Cumbre de Gran Canaria.

    O bien esa hora menos se condensa, queda abierta en canal, en Orchilla, lugar herreño considerado en un tiempo el fin del mundo y vestigio de un meridiano cero arrebatado por los ingleses en 1884.  De este mundo isleño, arrastrado por el calor y las olas, escribió el surrealista André Breton, a raíz de su vagabundeo por Tenerife y su Teide, en El amor loco (1937):  “Heme aquí en la nube, heme aquí en las estancias intensamente opacas donde siempre he soñado penetrar”. ¿No tiene que ver esto con una hora menos?

    Ignacio Buqueras, presidente de la comisión dedicada a racionalizar los horarios, habla de las dos horas que dedican los españoles a almorzar, de los horarios que sufren las mujeres y los niños, de la mala organización que se vive en el territorio peninsular por estar enganchados a la hora de Berlín...  Es verdad que en las Islas se ha mantenido, medianías arriba,  una racionalización que la dirige el amanecer con el sacho para alcanzar luego un almuerzo austero que llega a las doce del mediodía,  para seguir hasta una cena dispuesta entre las siete y ocho de la tarde.  En las capitales, sin embargo, todo es distinto: la gente le pega al menú o se va a la casa y se escarrancha, como bien dice Buqueras, sus dos horas. O sea, que la razón de copiar el modelo canario tiene sus más y sus menos. Además, se queda antiguo el propósito: hay  familias que ya no puede hacer ni el desayuno por falta de dinero, y que mandan a sus hijos en ayunas a los colegios, donde les solventan el importante problema de nutrición. De mayor calado, por supuesto, que ponerse a mover las manecillas del reloj como entretenimiento preferencial de un país con seis millones de parados.

    Pero lo preocupante, opino, es que todavía existan personas, en este caso representantes públicos, que consideren que la organización de la sociedad se puede cambiar gracias al reloj. Por ejemplo, está incluida en esta modificación horaria el tremebundo paro, y como consecuencia de ello la gente que no está sometida al rigor de un despertador. Por el camino que vamos, señorías racionalizadoras, da igual las ocho, las diez que las doce. Y no digamos dónde han llegado los niveles de insomnio por culpa de los recortes salariales, los despidos a traición, las maniobras orquestales con las pensiones... La gente, señorías, duerme mucho menos, va como zombis, se come una tapa en cualquier sitio y le da a la tortilla de ansiolíticos que es un placer. La vida familiar, asfixiada por tantas bombas lapa, ha pasado a ser el complejo caldo de cultivo para fenómenos insospechados. En fin, señorías, no les parece una frivolidad plantear una reorganización a partir de las agujas del reloj cuando las mismas van caminos de ser superadas, machacadas, retorcidas y estrujadas por las circunstancias. Aquí lo interesante es llegar siempre a tiempo, y es lo que ha tocado por los tiempos de los tiempos, mueva la maquinaria un mago o un alquimista.

    Estoy con Paulino Rivero en que la hora menos de la que disfrutamos, como punto tropical, de flujo y reflujo, es tan antigua como el cambullonero que colocaba el artículo en la cubierta del transatlántico. El orden racionalizador impositivo acabó con ello y con otros encantos,  bebederos para la nostalgia de una ciudad llena de cajas de galletas inglesas y de licores que no cataban los peninsulares, que venían aquí a hacer acopio de botellas, electrónica y de las Ray-Ban. Y la hora menos no era un retraso, ni mucho menos; aquí estaba lo más moderno, lo que llegaba a través del Puerto y de un turismo sueco/a que empezaba a asombrar a España y a arrancar las capas de mugre. La hora menos parece que es lo último que queda de aquello.

     

     

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