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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

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Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 10
    Febrero
    2014

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    Negrín no viene a sentarse en una mecedora

    El historiador Ángel Viñas, en el patio de la recién estrenada Fundación Juan Negrín, bajo el cielo encapotado de la ciudad, recuerda “cosas que sólo suceden en este país”, como aquel  pacto entre el militar Casado y el socialista Besteiro para un golpe de Estado que entregó el Madrid republicano a Franco, que de paso lograba rizar el rizo: enconar aún más la trifulca entre sus enemigos, que en el delirio de la derrota y la traición se encañonaron hasta dispararse. Y es verdad, como dice Viñas, que este Estado tiene una historia atravesada por paradas de burro y arrancadas de caballo, o muros infranqueables o demasiado franqueables.  

    Uno que parece irrompible teje el esqueleto de la bronca que le acaba de echar la ONU al gobierno de Mariano Rajoy por su desinterés por las víctimas del franquismo, por su falta de apoyo para desenterrar a sus muertos, por dejar que el ominoso Valle de los Caídos siga impertérrito con el dictador y el fascista José Antonio en lugares preferentes. Pero la llamada al orden del relator especial Pablo de Greiff en su informe fue más allá: certificó la ausencia de una política coherente con la memoria histórica. Y exigió la derogación de la Ley de Amnistía de 1977, un instrumento que permitió cerrar página para abrir el capítulo de la Transición, pero que ahora va en contra de  la legislación internacional de los Derechos Humanos dando cobijo a torturadores.

     ¿Servirán de algo los requerimientos frente a los que creen que el silencio sellará definitivamente la losa? Carmen Negrín, nieta del presidente republicano, tiene claro que ella no ha donado el archivo de su abuelo sólo para aumentar, abundar y descubrir sobre la convulsa etapa que protagonizó su antepasado, sino que también tiene entre sus pretensiones dar voz a los que han ido hasta la ONU a reclamar y encontrar ayuda para calmar los dolores de la memoria.

    En la Fundación Negrín estaban el pasado lunes los descendientes de los exiliados, algunos envueltos en la bandera republicana, llegados desde Francia, emocionados, entusiasmados y nerviosos al ver que la eterna espera no ha sido en vano: vuelven no como vino el dramaturgo Max Aub en los cincuenta, casi de tapadillo, temeroso y autocensurado, sino que retornan a lo grande, sin claudicar y en el mismo barco que  trae los papeles que rebaten la versión única, el dogma, como decían los censores de la vigilancia literaria.

    Y es ajustado a la palabra decir que en este país, que acunó a la Inquisición por algo, pasan y ocurren hechos y vicisitudes como la del mundo entero contra Negrín. Largocaballeristas, prietistas, besteiristas, poumistas... Todos, aquí y en el exilio, desgarrando al científico, echándole la culpa a su resistencia numantina, a su pacto con los soviéticos, al dinero que empleó en pagar las armas, a su orden para destituir a Indalecio, a su supuesta pasividad en el asesinato de Andreu Nin, a su anticatalanismo... Y al final, la leyenda negra con Franco ahí, con el depósito abierto, dispuesto a refinar la porquería. En París persiguió a Negrín con la ayuda de la Gestapo y en Londres con su duque de Alba de espía, autor de informes sobre las compras que hacía el grancanario en los almacenes Harrods o sobre su vida familiar  en una finca alquilada en las afueras. Aconteceres domésticos que resultaban, a juicio de los nuevos jerarcas, excesivos para un estadista republicano muerto de hambre, sin oficio ni beneficio. Punzadas, puntadas o cuchilladas que alcanzaban, incluso, a su relación con Feliciana, Feli, no indicada para el buen quehacer del nacionalcatolicismo en cuanto al matrimonio indisoluble.

    Esta antigua Caja de Reclutas reformada no puede evadirse ni escapar por un pasillo especial, realizado por un mampostero tocado por la dicha. Es verdad, cierto, que en este país ocurren cosas  extrañas: por ejemplo, que el aliento de Juan Negrín, con sus iluminaciones y negruras, haya ido a reposar a un lugar que fue  sede privilegiada del orden militar, del mundo que vio en él a un auténtico demonio. Pero esta fusión arquitectónica, si quieren hasta simbólica, no desdice nada. Ya lo dijo la propia Carmen Negrín en una reciente entrevista concedida a este periódico: “No sé bien lo que es el perdón, lo que me interesa es la verdad”. Más claro que el agua, imposible. La albacea, la heredera, no ha venido con los papeles de Estado de su abuelo para sentarse en una mecedora y dejar que la llama de la vela se apague poco a poco.

    También es de agradecer que en el páramo en que ha convertido Rajoy la memoria histórica (no quiere la de Zapatero, pero tampoco ha propuesto una alternativa), la comprensión económica y la tolerancia ideológica que muestra el PP en el Cabildo grancanario con el legado Negrín. Su pinza con la Vicepresidencia en el Gobierno regional del socialista José Miguel Pérez ha resultado benefactora. Pero esta desviación de Bravo de Laguna (que hasta echó una mano para empezar a abrir el pozo de los desaparecidos de Tenoya) no debe hacernos olvidar lo que dice la ONU sobre los que mandan.
     

     

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