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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 14
    Febrero
    2013

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    Las capas de la cebolla

    La confabulación de las realidades acaba de echar un huevo de oro en el ponedero de la granja de gallinas, donde hay rebelión orwelliana, pero sin llegar aún a una revolución contra los desastres de los gobiernos y sus políticos. Ciudadanos del mundo rico pelan desde hace años una cebolla gigante, capa a capa, para saber qué ocurrió con los juncos que mantenían las estructuras, troceados ahora uno a uno y mandados con toda la basura a esos vertederos modernos llamados bancos malos. Esta alocada búsqueda de la raíz, del principio de todo, decía, ha coincidido con la supuesta aparición (muy extravagante, por cierto) de una controversia a partir del cuadro de Gustave Courbet El origen del mundo, pintura del sexo de la mujer, de la vulva, del erotismo, de la sensualidad, vetada a la vista durante décadas, adquirida por Lacan tras apropiársela los nazis,  y expuesta en la actualidad en el Museo D’Orsay después de que los herederos del psicoanalista (su último propietario) liquidasen sus impuestos con la entrega de la sugestiva obra.

     El episodio que afecta al orbe artístico, que fue portada en Paris Match, consiste en la supuesta aparición del rostro de la mujer que posó desnuda para Courbet. Un aficionado al arte compró en un mercadillo una cabeza femenina bajo la corazonada de que tenía algo importante entre las manos. Una interrelación aún no explicada le llevó a creer que su cuadro era el gesto facial que le faltaba al cuerpo del desnudo de Courbet. El investigador ad hoc descubrió, además, que su joven (con cara de éxtasis) había sido amante del artista, por lo que el puzle, al menos en primera instancia, se sostenía. Su conclusión final, a partir de los peritajes convenientes, es que el famoso y censurado lienzo había sido seccionado por algún tipo de razón, y que el perturbador pubis había ido por un lado y la cabeza por otro. Los expertos, acostumbrados a todo tipo de fuegos artificiales, mantienen silencio. Quizás el informe definitivo sobre el particular tarde años y años en emitir un juicio, o quizás no se pueda hacer nunca por falta de pruebas concluyentes sobre la supuesta vinculación de los dos cuadros.

    La visión de los generales de Hitler adormecidos en la amnesia durante las sesiones del Juicio de Núremberg, y por otro lado las imágenes terribles de las fosas de los campos de concentración. Al final triunfó la verdad, y el mundo entero conoció el plan que perpetraron para desarrollar la llamada  Solución Final. Encontrar el origen, buscar la verdad, desenmarañar el ovillo y encontrar la punta del hilo siempre ha sido uno de los objetivos de progreso de la sociedad; incluso gobiernos, políticos, escritores o artistas no han dudado en reconocer décadas y décadas después su error y pedir perdón. Cameron acaba de disculparse en el Parlamento británico por “las espantosas negligencias” que se cometieron entre 2005 y 2009 en un hospital del centro de Inglaterra. La indagación de los afectados logró encadenar una tragedia tras otra y formar el bodegón aproximado de lo qué había ocurrido en el centro hospitalario. A veces desaparece por motivo biológico el testimonio clave y resulta imposible aclarar qué sucedió con los niños robados del franquismo, como ha ocurrido con la muerte de la monja imputada, pieza clave en el procedimiento judicial. En Alemania, la ministra de Educación ha tenido que dimitir por plagiar su tesis doctoral, una deshonra universitaria descubierta por un grupo de ciudadanos que se dedican a cribar en Internet los supuestos méritos de los vips. Sin ellos, la señora Anette Schavan o el barón Karl Theodor, exministro de Defensa con un problema similar, no se hubiesen ido para sus casas.

    Igual que una obra de arte mutilada que encuentra su otra parte. Pero en el caso de la economía, del comportamiento político o del cumplimiento de los valores democráticos es distinto. La búsqueda de la pieza extraviada, escondida, puesta a buen recaudo, tiene que ver con el ataque al bienestar familiar, con los derechos, con la transparencia, con el acceso a la información... Tiene que ver con el malestar social y la sensación de que los ciudadanos están siendo engañados, que no tienen acceso a una liturgia donde una serie de señores han levantado una superestructura para ocultar sus sueldos, las dádivas que reciben, los privilegios de los que disfrutan, los lazos que les unen a una clase económica que se beneficia de su gestión política. Hay un hartazgo ante el valor superlativo que tienen los códigos mafiosos frente  a una Justicia carente de medios materiales, ahogada por las diligencias y perseguida hasta su yugular por abogados que tienen como cabeza de toro de su salón la testa disecada del juez Garzón. Pero volvamos al siempre seductor cuadro de Courbet: el mundo, claro está, ya no tiene mucho que ver con la caligrafía contable de Bárcenas ni con los circunloquios de mesa camilla de Rajoy. Sus obstáculos, el recurso de la mayoría absoluta, el permanente desvió de responsabilidades, pudieron ser instrumentos eficientes a lo largo de una etapa que ahora empieza a ser superada. Para su desgracia, la globalización de los datos, las versiones digitales de los archivos públicos o los cruces de información entre las bases de conocimiento permiten atravesar barreras que antes eran infranqueables. Destapar el tapón de las esencias sólo tiene que ver con la curiosidad indómita de algún buscador, que, al igual que el aficionado al arte, acaba dando con una clave que no constaba. De ahí el nerviosismo que cunde: el control viene a ser algo complejo.

    En una imagen de Luis Bárcenas por las calles de Madrid, con su abrigo alcaponizado, se ve de fondo el anuncio de cerámica de una tasca castiza donde se come cocido y se sirven  porras,  churros, picatostes, tartas de la abuela y chocolates con torrijas. La publicidad del local resulta encantadora, literaria, inocente... Detrás del contable pasa un currante vestido de blanco, quizás un respetable pintor de brocha gorda, que lleva un pitillo detrás de la oreja y que va afanado a cumplir con un encargo, todo lo contrario que B., casi acabado de salir de la ducha, con una cartera de piel debajo del sobaco y fresco como un pulpo. ¿Y todavía preguntamos si hay que ponerle una pulsera para que no se escape del terruño?

     

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