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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 01
    Mayo
    2013

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    La danza eterna


    La ilusión de las ciudades se oxida y los que las habitan asumen con el tiempo que el desastre es insuperable: son peatones que aceptan como irremediable la perseverancia de un paisaje molesto, de una urbanización absurda, de un progreso dominante, de una nostalgia que se convierte en un sedante contra la frustración… Paco Sánchez acaba de inaugurar ‘Africania’ en Espacio Cultural S/t, lugar cercano, a tiro de piedra, del barranco Guiniguada, cauce mítico, inseparable, de una trayectoria artística donde este accidente de la tierra, arteria de la Isla, fluye una y otra vez indómito, resistente frente a los embates del olvido. Esta pintura expande un escalofrío hipnótico: los seres que pueblan sus cuadros en una danza eterna forman parte del relato secreto, de un mundo tribal, de aborígenes, de indígenas, que ahora sólo pueden ser estratificados por la ciencia o por la aparición subversiva de un manuscrito en una biblioteca ‘babeliana’. El artista, sin embargo, no está dispuesto a esperar por la recreación virtual de su sitio legendario, y en las noches fantasmales en que los pájaros bajan hasta Juan de Quesada y alrededores levanta un trozo de asfalto y desciende por la escalera de caracol al pedregal rodeado de cañas y de lagartos con grandes papadas llenas de arrugas.

    Sometidos a la ignorancia y a la baladronada ingenieril, de la noche a la mañana, en la orgía setentera (todavía en vigor, y más extremada) de abran paso a los coches, se levantó esta especie de ‘muro de Berlín’, separación, solución ‘duralex’, de Vegueta y Triana. La estigmatización del Guiniguada, entubado en su correr, ha quedado ahí para siempre, pese a otros crecimientos viarios alternativos  (Circunvalación) ideados, o al menos así lo decían al principio, para absorber la chapuza de meter una autovía entre el casco histórico de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Nada de ello se ha hecho, si bien merece reseñarse aquí la iniciativa de la exalcaldesa Josefa Luzardo de suprimir el espantoso scalextric que atracó, nada más y nada menos, que junto al Teatro, dando sentido a la idea de que los pueblos siempre deglutirán las insolencias más dantescas, sea cual sea el nivel de la atrocidad.

    El arquitecto Joan Busquets, que recibió el encargo del ambicioso proyecto para regenerar el Guiniguada, fue uno de los primeros en observar, no sin curiosidad, la ‘felicidad’ con la que los empadronados (reales, no ficticios) habían incorporado el viario en cuestión a su vida diaria, y no sólo ello: le llamó poderosamente la atención la aceptación (desmovilización) frente a la desaparición del carácter simbólico del barranco (espacio de puentes, de estatuas, de kioscos, de teatro, de mercado, de plazoletas…), casi a través de una obligada amnesia contra el dolor por la perdida. El fenómeno le llevó en plena redacción definitiva de la intervención a considerar que la memoria tenía que estar presente, no como una reproducción, por supuesto, pero sí desde una determinada aprehensión del recuerdo, como emplazamiento neurálgico de los sueños de una urbe: el agua que corre y que simboliza la riqueza agrícola tras las fuertes lluvias; el acceso al barrio donde se imparte la ley, y el camino al crecimiento comercial, con los bazares, los primeros hoteles y los bancos. Por desgracia (y con la ayuda de la indolencia de la conciencia colectiva), esta iniciativa de cambio, de verdadera mejora del bienestar, ha sido arrumbada, apartada y depositada en el listado de las ambiciones sumergidas en el espectro de la fatalidad.

    Paco Sánchez fue del barranco original, y todavía camina sobre los arcenes que lo ocultan igual que un nómada que busca las pistas de un prófugo. Aquí Pambaso, allá San Roque. Otras, bajo los focos de la carretera, con una humedad que se niega a desaparecer, impertinente geografía que volverá, están las mansiones de El Toril, con jardines ruinosos, crecidos, tras las que aparece solemne y austero el Hospital San Martín, donde Oramas pintó la puerta de la casa de la abuela del artista cuando él huía de las garrapatas del Guiniguada. Eran los años donde podía aparecer aún un hueso, una moneda o un trozo de las ricas telas de las huestes castellanas que creyeron en un emporio de caña de azúcar e ingenios humeantes. ‘Africania’ no se desembaraza de este imaginario. Todo lo contrario: sigue ahí más acusado, como un imperecedero baile de guerra, por el que los aborígenes tratan de seducir a los virreyes para que suban con sus tropas barranco arriba y caigan en el abismo de los riscos bajo un reguero de piedras.

    El Guiniguada ha sido el esqueleto, pese a ser asfaltado. Su entrada en la ciudad, venido de adentro, lleno de la cólera del campo, de la febril naturaleza, de un rugido nacido en cuevas y hondonadas. Unas tonalidades agresivas, llameantes, un ecosistema imaginado, una selva sólo atravesada a machetazos, plagada de frutos brillantes… Todo ello está en ‘Africania’, una esencialidad que encuentra su júbilo, su alegría, en la exuberancia que hubo allí, y a la que el artista accede en los tiempos donde el viento no mueve una hoja y él puede abrir con el abrelatas un pedazo de carretera. Allí abajo, dentro del enorme colector, están las tribus, algún escribano desorientado que hace epístolas en árabe, un arqueólogo que mide el tamaño de los cráneos con chorros de arena y un inglés que le enseñó una buena muestra de opio a Alonso Quesada.

    En alguna hemeroteca  leí con interés inusitado la idea de un patricio encandilado de hacer del cauce del Guiniguada un canal ‘gondolesco’, dedicado al disfrute y deleite de todo el que se pudiese pagar tan ensoñadora travesía. Busquets no llegó a tan elevada perturbación, pero sí a planear una lámina de agua con la subida de la marea, o la creación de pasarelas transparentes que servirían para cruzar el cauce de un lado a otro, como homenaje a los que ahora lo atraviesan y creen pisar el Puente de Madera o el de Piedra, aunque en realidad se encuentran sobre un paso de cebra a la espera de que el semáforo se ponga en verde. ¿Y por qué ocurre? Hay que plantarse ante la obra de Paco Sánchez, donde está el relato secreto, y escuchar su pálpito: todo se oxida al borde del mar, pero allí hay provocación para levantar la lápida que sella el barranco.   

     

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