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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 20
    Agosto
    2013

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    La aguja de coser

    Billy Wilder quiso que en Sabrina, su película de 1954, quedase bastante claro el poder de los outsider (el que observa el grupo desde fuera, la mejor definición para el caso) a la hora de estratificar los valores de la vida. La inigualable Audrey Hepburn, hija del chófer de una importante familia americana, pasa su infancia viendo el ritmo social de los ricos, desde las alianzas matrimoniales que forjan en beneficio de sus fortunas hasta lo insustancial de sus grandes fiestas. Su padre, un gran ahorrador, la quiere alejar de allí, evitar que se convierta en una desclasada, y por supuesto resquebrajar su ilusión de que un día se va a casar con el hijo pequeño de su patrón. Tras un largo periodo en París, en una escuela de alta cocina, retorna a la mansión, donde cautiva al solterón de la familia millonaria. Humphrey Bogart, dedicado noche y día a los negocios, se retira por sorpresa del consejo de administración para marcharse a París con la bella Hepburn. La outsider, la chica que desde su niñez observó de cerca la biografía de los magnates, se llevaba el gato al agua.

       Tony Judt, en su magnífico libro Pensar el siglo XX, hace gala de la seducción que ejerce en él dividir a las personalidades entre insider y outsider. Sostiene la idea de que estar entre ha dado resultados sorprendentes: cita a Kafka, aunque donde más se entretiene para hacer más comprensible su teoría es en los Cinco de Cambridge, el grupo de intelectuales británicos que reclutó como espías la Unión Soviética en plena Guerra Fría. Judt, en su deconstrucción, encuentra las fugas que los llevaron a amancebarse con la URSS, lo que realmente los hacía distintos frente a los otros, y por tanto reclutables para la causa comunista. Ni que decir tiene que en el planteamiento influye que el propio historiador y escritor  fuese hijo de padres judíos  marcados por la diáspora a lo largo y ancho de Europa. En definitiva, un outsider, alguien que lo ve todo desde varios sitios sin estar a la vez en ninguno.

    El escritor gallego Suso del Toro fue el único que pudo entrevistar a Rosalía Mera, la mujer más rica de España, que acaba de morir, y que forjó su riqueza cuando empezó a coser batas en un pequeño taller de costura. El esfuerzo y tesón desembocó en el emporio multinacional Inditex, cuya propiedad compartía con su exmarido Amancio Ortega. La semana que acabó ha sido profusa en contenidos sobre el fenómeno Rosalía Mera y su capacidad, pero me llamó la atención, sobre todo, que Del Toro hiciese hincapié en una personalidad que desde su humilde máquina de coser vio correr  para bien y para mal las ambiciones y debilidades de una alta burguesía provinciana, algo que en el futuro le serviría para no caer en los mismo errores. Es decir, estamos ante una outsider, y de ahí viene el desconcierto que provocaba su forma de hacer y deshacer en los negocios, o sus opiniones, ya en la cima de los multimillonarios, sobre el paro, la corrupción o los políticos españoles. Sin pelos en la lengua, decía lo que pensaba, y por ello las fuerzas vivas, los poderes fácticos al uso, analizaban una y otra vez la pertinencia o no de invitarla a algún foro que podía verse reventado por su extrema sinceridad. El escritor gallego, en el mismo artículo (recuerdo de la entrevista que le había hecho en exclusiva), lamentaba que nunca se hubiese ponderado lo suficiente el valor que la recién fallecida le daba al estudio universitario, al que  se entregó tras su separación matrimonial de Amancio Ortega. Suso del Toro escribía, en su reproche, sobre la facilidad con la que este país levanta pedestales  para después calificarlos como “milagros”, sin que al parecer tenga nada que ver la constancia, la perseverancia, la humildad, la ausencia de herencia y la intuición.

    Subidos desde hace años en la poderosa noria de los sobresaltos  de la corrupción, alimentados un día sí y un día no por la hazañas de trepas (que no outsider) dedicados fogosamente a la acumulación de dinero negro, bonos, pensiones, comisiones, compensaciones... Subidos a ello, igual que en un mareante barco que busca deseoso una isla desierta para llegar de una vez a la paz, resulta sugestivo (y no digo moralizante) encontrar el caso de un poder económico tejido a partir de la aguja de coser, en una reconstrucción (también de la vida de su creadora) delicada y laboriosa, con las pertinencias e impertinencias capitalistas, que alcanzan a las majestuosas Sicav (el chollo fiscal de los ricos), a firmas de biotecnología, a productoras audiovisuales o a patronatos de ayudas para los desfavorecidos. En España, desde el norte al sur, cada vez se sabe menos de cómo un señor sin oficio ni beneficio se hace rico de la noche a la mañana, sin aguja de coser, sin pico ni pala, sin despacho, sin clientela, sin tienda de aceite y vinagre. En contraposición, aquí, en el expediente de Rosalía Mera, hay una narrativa que cuenta cómo empezó todo, un relato que se diferencia a los arquetipos de los artificios contables de la economía especulativa. Una épica que tampoco ha logrado deteriorar la sombra del orbe textil, la telaraña tejida en los suburbios asiáticos, llenos de laboriosos e insomnes proletarios que visten a la sociedad de consumo, y que echan sobre los mostradores de las capitales europeas la vestimenta interclasista, casual o unisex. Pero incluso con ello, con el aliento sobre el cogote de estas miserias, un outsider tiene una respuesta diferente frente a la de  los tiburones que olisquean las piezas a atrapar.       
     

     

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