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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

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Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 18
    Junio
    2014

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    La 'sopa' republicana

    Si nos entregáramos a describir el espesor de la sopa del rebrote republicano último diríamos que ha sido inquietante por su efecto zorro, y en algunos casos hasta oportunista: El Roto recogía en una viñeta reciente el uso de una camiseta monárquica para un día y otra republicana para otro, alternancia simpática elevada a partir del deber de conciencia (una abdicación bien vale un revolcón), y en un segundo supuesto, por carencias constitucionales (abrelatas de acero para el texto de 1978). Al final, un cierto acomodo que posterga la exigencia de una consulta por los enterradores del carrillismo seductor, pero que con sus votos de rechazo (y abstenciones tan singulares como las de CC) crea un cimiento de cristal para el reinado de Felipe VI. Rajoy ha dicho que aquí no está en discusión el modelo de Estado; sin embargo, ello no es cerrojo suficiente para acallar ideas y debates que bullen bajo la tapa de un caldero a fuego lento. En un enfoque a la dinastía, el desgaste ya tuvo su corrosión más tremenda con la anuencia (de la que nunca se recuperó) de Alfonso XIII con la dictadura de Primo de Rivera; ahora se desentumece el republicanismo durmiente alimentado por la corrupción de palacio que encabeza una infanta vividora. El bajón monárquico hace causa con el descontento que emana de profesionales y jóvenes asfixiados por la crisis. Decir que no toca importa poco a los que les están tocando todo.

    Emerge entonces, en medio del lío, la posición “accidental”, que es desplazar el sistema político a mera contingencia, a intrascendente. O sea, tenemos un rey, pero ello no es influyente. Nada nuevo, dado que ya fue motivo de ruptura entre Ortega y el Partido Socialista, pese a la admiración que el primero profesaba al “santo laico” Pablo Iglesias, el primero. La relación se enfrió en 1913 por el republicanismo tajante del socialismo, mientras que el filósofo y sus jóvenes intelectuales sostenían las tesis “accidentalistas”, acordes con el nuevo Partido Reformista. El pragmatismo orteguiano quedó expuesto en su conferencia Vieja y nueva política, que enervó a los otros: “La casta intelectual española es incapaz de nada generoso”, escribía Andrés Saborit en Ortega y Gasset monárquico. Y sólo era el aperitivo de los desgarros que estaban por llegar, incluido el más reciente: Rubalcaba, sin ir más lejos, ha tenido que imponer su  “accidentalismo” frente a los republicanos del PSOE.

    Frente al tempo atenuado de la actual reclamación, la intensidad profesoral y pasional que se desató y fructificó con la Segunda República. La frustración del 98, la derrota, germinó en la lamentación de toda una generación que buscó la aristocracia del pensamiento, los mejores en lo moral, para sacar adelante el país. En la borrachera de la élite no vieron la tragedia que se avecinaba, ni tampoco cómo las palabras de tantos catedráticos en el Hemiciclo se convertían en pólvora. Ortega, agobiado, escribía en 1919: “Hoy, sobre el horizonte de España, aparecen dos fantasmas: el de la revolución, agitada por unos, y el de la represión (…) ¿No habrá nada más que eso en el inmediato porvenir de España? ¿No se sabrá elegir un camino ancho y limpio?” Unamuno, por su parte, sorprende al mundo con una sonada deserción republicana: en el verano de 1936 declara a dos periodistas franceses que los sublevados de Franco son los vigilantes de la civilización cristiana. Esta confusión republicana, sin embargo, es rematada por el catedrático en su famoso discurso como rector de Salamanca (1936-1937), donde exclama contra los alzados: “¡Venceréis, pero no convenceréis!”.

    Pero la reflexión más profunda la hace Manuel Azaña, cuya obra La velada de Benicarló se convierte en una autocrítica a su generación, la misma que trata de buscar una explicación a la mecha que prende de una manera tan virulenta. En un emotivo diálogo en 1937 con Fernando de los Ríos, embajador en Washington, exclamaba: “Viviremos o nos enterrarán persuadidos de que nada de esto era lo que había que hacer”. Es probable que esta dolorosa afirmación suponga el reconocimiento de que la sociedad española no estaba preparada para el programa de transformación republicano. “La República no tenía por qué embargar la totalidad del alma de cada español, ni siquiera la mayor parte de ella, para los fines de la vida nacional y del Estado”, escribió el brillante orador.

    Década y décadas después, el sino republicano vuelve y lo hace en otro momento de crisis. Si bien no hay catedráticos de encendido verbo en la tribuna, coincide que una vez más la autoestima nacional vuelve a estar dañada, que muchos universitarios se sienten desprotegidos, que se desconfía de los políticos, que se pone en duda su valía, que hay un desclasamiento, que la riqueza crece por arriba… Todo ello, cómo no, es motivo más que suficiente para observar de cerca una vindicación que rompe con lo que hasta ahora se ha entendido como un programa político tradicional, es decir, no traspasar las fronteras acordadas en la Transición. Cruzar o no la verja. Ahí radica el gran tótem. Y después: ¿Vale o no Felipe VI para ello?   
     

     

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