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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

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Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 15
    Mayo
    2014

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    Estar de vuelta

     De acuerdo con la teoría de Tony Judt que divide a los intelectuales en insiders y outsiders  Federico Mayor Zaragoza entraría en el primer espectro en lo que se refiere a sus años en el poder franquista, y estaría en el segundo en lo que sería el día después de su salida como responsable de la Unesco y ya como promotor de la anulación del derecho a veto en la ONU, la supresión de la pena de muerte o su polémico apoyo a una manifestación en 2013 a favor del acercamiento al País Vasco de los presos de ETA, postura que hizo fructificar una campaña contra su persona que sacó a relucir torticeramente sus años anteriores a la Transición y una supuesta pasividad frente a la represión en sus tiempos de rector en la Universidad de Granada. En todo caso, aquí no funcionaría a la manera de un corte limpio la división juditiana:  en los años del plomo el catedrático de Bioquímica estaba dentro, era un insiders, pero planeaba con el reformismo, y una prueba de ello sería su trayectoria posterior con Suárez o Calvo Sotelo, aunque antes tuvo que conocer el inmovilismo de Arias Navarra como subsecretario de su Gobierno. A lo mejor a todo esto se le debe llamar:  estar de vuelta.

    Almorzamos con él tras una entrevista con varios periodistas en Este Canal Televisión del Sureste de Gran Canaria, y antes que le impongan el doctor Honoris Causa en el Rectorado de la ULPGC. Su condición de octogenario queda anulada al ver de cerca su imponente presencia física, agraciada por una genética eficaz. Afable y seductor, a ninguno de los presentes se le esconde que nos encontramos ante un caso atípico, quizás único entre los vivos de las últimas décadas de España: una evolución personal a la que no estamos muy acostumbrados por estos lares, ajena a la partitocracia al uso, y que tanto está contra la ley Wert de educación como adopta posiciones contra los banqueros en sintonía con los hipotecados, desahuciados o preferentistas. ¿Desconcierta? Es más que probable que no sea llamado a figurar como independiente en ningún gabinete de gobierno. “Nunca he preguntado lo que debo hacer en cada momento; después, una vez hecho, ya habrá tiempo de disculparse o de dar explicaciones”, asegura Mayor Zaragoza entre bocado y bocado.

    A tenor de la politología de Tony Judt y sus repasos sobre el ejercicio del poder, sería un “insiders de lengua afilada”, incluso desde la época de los decretos sin luz democrática. Ahora dirige la Fundación para una Cultura de Paz. “Yo no tengo un despacho como los de los directivos de las empresas del IBEX, ni mucho menos. Antes tenía una habitación discreta en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa [del que fue cofundador en 1974], pero me gusta separar las cosas, y por eso me he trasladado a la Autónoma de Madrid. Hay que ser muy cuidadoso porque en España están pasando cosas terribles: el otro día me vino a ver un joven del Centro de Biología y me dijo que había tenido que llamar a su padre para pedirle que lo alojara en su casa y que le permitiese vivir de su pensión. Le quitan el contrato y esto es muy doloroso”.

    Los colaboradores que lo acompañan [nada escandaloso ni al estilo Al Gore, Aznar o Blair] le piden que descarte algo, que seleccione, pero no es posible: agradece a los vecinos que le pongan su nombre a un salón social de Santa Lucía; participa en un parlamento con niños; asiste a una cita con los oceanógrafos que le homenajean por aprobar en su etapa de ministro la creación de Ciencias del Mar;  da una conferencia en la Fundación Negrín… Y siempre con el reloj y la agenda al límite, a punto de estallar. Y con ochenta años encima. Visto ahí representa, en cierta manera, al ejemplar idealista de aquella Transición que nada más estrenarse con Suárez se iba a Cuba a ver a Fidel Castro, el último dinosaurio no ensuciado por los secretos que tienen hoy los partidos en sus sentinas, el lobo solitario que aún puede explicar cómo los comunistas se hicieron monárquicos… “Yo ya no creo en ningún pacto entre los dos grandes partidos. Ahí tiene usted el caso claro de mi amigo Gabilondo, que siendo ministro socialista no pudo conseguirlo, pese a que el PP parecía que iba a firmar aquel gran acuerdo por la educación”. En su estado físico no hay erosión aparente, pero presume del ventajismo de los años: “Nunca he aceptado lo inaceptable. Al llegar a Granada como rector me dijeron que allí había tres marías, Formación del Espíritu Nacional, Formación Religiosa y Formación Física. Bueno, pues como eran tres marías decidí que fuesen optativas. Se montó un gran escándalo, me llamaron rojo y de todo…”

    Igual que un resorte decide poner punto y final al almuerzo. Quiere llegar al hotel para preparar unas palabras sobre su tío abuelo Marcelino, ex ministro republicano de Instrucción Pública. En España siempre hay actitudes sectarias: a Federico Mayor Zaragoza se le crucificó por apoyar el acercamiento de los presos de ETA, hasta el punto de que taladraron en su pasado sin tener en cuenta, ni mucho menos, cómo había evolucionado. Esto es un país de etiquetas. La Universidad, por encima de la basura mediática, siguió adelante y le concedió el máximo honor.    
     

     

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