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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 15
    Octubre
    2012

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    Españolizar

    Suele  ocurrir que un momento español de decadencia conviva con otro dedicado a expandir la quintaesencia de la españolidad. El pensamiento patrio está marcado por coyunturas donde las reservas espirituales internas se enfrentan al enemigo extranjero, no sólo con las armas, sino también con ideas visionarias que alimentan la españolización. El ministro Wert quiere "españolizar" Cataluña, y para ello utilizará las competencias de su ministerio de Cultura y Educación para afrontar la independencia. 

     La pulsión del Cid Campeador, de la Reconquista, del infiel turco, del extranjero protestante o del científico que no cree en Dios forma parte inequívoca del acervo hispano fusionado entre monarquía y monarquía, y vuelta a empezar con un Franco que posa con la capa de armiño y tiene en su despacho el brazo incorrupto de Santa Teresa. La nación-estado España no se ha caracterizado, precisamente, por imponerse a través de sus logros en el ámbito del conocimiento, sino más bien ha tirado de su registro de heroicidades. En su escaparate hay una cohorte de clérigos que iban contra la ilustración, que machacaban a Voltaire y que soltaban fuego por los ojos desde que oían hablar de libertad, fraternidad e igualdad.

    Esta españolización está en las actas de la Santa Inquisición depositadas en el Museo Canario, donde hay ejemplos de personas (sobre todo mujeres) sometidas a proceso por el simple hecho de ser extranjeras, y por tanto sospechosas de brujería. La misma obra de Benito Pérez Galdós está sobrada de tramas donde la inteligencia se tiene  que enfrentar a las fuerzas oscuras de la irracionalidad, a un catolicismo exacerbado que gobierna a familias y que marca el destino de personajes que tratan de coger las riendas de su vida.  El médico o el ingeniero, como ocurre en Electra, pierde la batalla devorado por un corpus ideológico para el que no ve un punto y final.
     

    España, agobiada por sus cuitas económicas, se preocupa ahora por esparcir en el extranjero su marca, e incluso ofrece ante la inflexible Alemania sus constantes de seriedad y honor como aval para cumplir con lo pactado. A través de sus cancillerías y del trabajo esforzado del monarca anda, por tanto, imbuida en el menester de españolizar a una Europa que exige réditos económicos y no palabras de hidalgos castellanos que ofrecen como garantía el cumplimiento serio, el espíritu nacional o la creencia de que por el simple hecho de ser españoles las cosas se van a revertir. Una esperanza, y suele ocurrir en los momentos en que el desasosiego se extiende, que vuelve los ojos a periodos políticos muy personalistas, ya sea hacía los que unieron los hilos dorados de la Transición, al Rey que abomina contra las quimeras o al dictador que nutrido por los pilares de la civilización cristiana dominó a Hitler a cambio de unas limosnas. La misma Generación del 98, deprimida por la pérdida de las colonias, se enchufó a la reivindicación de la españolidad rural frente al extranjero. Era el viejo debate entre la europeización de España o la españolización de Europa. "¡Qué inventen ellos!", exclamó Miguel de Unamuno agarrado con fuerza al asidero de la mística y subido a una especie de sendero luminoso contra el progreso científico.
     

    La españolización también se extendió como una mancha de aceite dramática tras la guerra civil. El régimen hizo una purga tremenda en la Universidad española, sobre todo de científicos vinculados a los estudios de Medicina. La reacción los culpaba, en definitiva, de introducir y promover en España ideas revolucionarias a través de la Junta de Ampliación de Estudios, la Institución Libre de la Enseñanza y la Residencia de Estudiantes. Organizaciones de la República que apostaron vivamente por la formación de sus alumnos en Inglaterra y Alemania. Con el exilio, los beneficiarios de esta educación pudieron demostrar, quizás por primera vez en la historia, que España no sólo exportaba su idealismo o sus soflamas de parroquia, sino que tenía una generación que cambiaría la faz intelectual y científica de México o de universidades americanas como Princeton o Columbia, lugares en los que ejercieron sus carreras con éxito contrastado.

    La idea de blindar el nacionalcatolicismo frente al enemigo trajo consigo un retraso que alejó el país de la modernidad. Lo desposeyó de los cimientos suficientes para acometer un modelo de crecimiento ajeno al que nos ha llevado a la ruina económica. El retorno puntual o definitivo de algunos de los exiliados les permitió conocer, de primera mano, cómo la autarquía del conocimiento, controlada por la Iglesia, había logrado apuntalar una vez más el concepto de españolización, con la ignorancia como asignatura primordial. El ministro Wert, que es un hombre culto, debería huir por sentido común de un ideario cebado de connotaciones tan explosivas, expresivo de esa autosuficiencia española que ha convertido España en un tío vivo plagado de sujetos disparatados siempre dispuestos a ser el timonel. "Españolizar" no tiene sentido en una democracia.
     

    Los estados de decadencia, decía al principio, suelen pulir determinadas sensibilidades, búsquedas en vericuetos y miradas independientes que nos llenan de sorpresas o de interrogantes. España lleva a los Oscar a Blancanieves, del joven Pablo Berger, una película que se regodea en los tópicos nacionales con un blanco y negro mortecino y triste. La influencia de los desdentados de Buñuel; el esperpento de Valle Inclán; la insana envidia que desemboca en la tragedia; la niña que no sabe leer y escribir; el torero que ha levantado un imperio; los enanos bufones; la cogida terrible que acaba con la felicidad del matador;  la maldad lorquiana; el amor corrompido por el dinero en un absurdo espectáculo circense; los sátiros que pagan por estampar un beso en los labios muertos de la joven; el flamenco; el héroe invalido desasistido y recluido en su mansión a lo Ciudadano Kane... Una cinta que se explaya en los males, impecable en su estética de la rareza nacional, pero también con registros que se adentran en la crítica social, una especie de  sarcasmo sobre los rasgos que permanecen en el tiempo. Berge persigue una españolización, quiere españolizar, y ha creado un cóctel de monstruos.

     

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