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¿Hay vida en Marte?
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Blog ¿Hay vida en Marte? - Jorge Fauró

Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 02
    Agosto
    2014

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    Syd Barret, Stu, Pete Best y otros perdedores del rock and roll (I)

    Syd Barret, Stu, Pete Best y otros perdedores del rock and roll (I)

    Lennon, Harrison, Best, McCartney y Stu, en 1961 en Hamburgo

    El mes pasado, este mismo blog daba cuenta de la muerte prematura de Javier Benavente, miembro fundador de Parálisis Permanente, y al que en este mismo espacio se definía como un perdedor del rock and roll. Tenía 53 años y se descolgó de la legendaria banda madrileña para dar el relevo a su hermano Eduardo, ex Pegamoide, muerto ahora hace 31 años y cuya figura se ha engrandecido a medida que las nuevas generaciones han ido descubriendo algunos de los himnos post punk que la banda dejó en herencia. Javier nunca saboreó las mieles de la alabanza. Ni por parte de los críticos y mucho menos entre los seguidores de Parálisis. Muy al contrario. Las disputas por los derechos de autor con la entonces pareja de su hermano, Ana Curra, leyenda intocable para los de mi generación, que es la de todos ellos, tejieron tanta antipatía entre quienes conocimos en tiempo real todos aquellos sucesos como olvido y desinterés para los que se fueron sumando al club de fans del cuero, el látex y el rock con tintes bondage. 
     
    La historia de la música cuenta entre sus actores más desconocidos con miles y miles de perdedores, músicos, cantantes y compositores que por distintas razones se bajaron de la noria antes de que ésta se elevara a los cielos de la gloria. Desde que la afición por la música despertó mi interés por los Beatles, ni siquiera cruzada la pubertad, he sentido una profunda compasión por dos tipos, Stu Sutcliffe y Pete Best. De haber tenido paciencia o haberse aplicado tan siquiera lo mínimo en el dominio de sus instrumentos, sus nombres revolotearían hoy en el imaginario universal de tres cuartas partes del planeta, como vienen haciéndolo desde hace décadas los apellidos McCartney, Lennon, Starr o Harrison.

    Cuentan que Stu era un buen chico. Discreto como bajista, pero era lo que entonces había en Liverpool en el cruce de la décadas de 1950 y 1960. Se le atribuye la autoría del nombre de la banda, y lo que le apasionaba realmente era pintar. Paul McCartney no fue el bajista de los Beatles desde el minuto 1. Lo era Stu. Antes de que Love me do les pusiera en la Historia, los fab four tuvieron que comer mucha caca, y ésta dieta incluyó un par de giras por Alemania. En Hamburgo estaban en 1961 cuando Stu resolvió que allí no había futuro. Se enamoró de una fotógrafa y con ella se quedó. A Liverpool sólo volvieron tres Beatles. Lo demás ya es historia. Para colmar su mala suerte murió al año siguiente de un derrame cerebral.

    Lo de Pete Best es otro cuento. Comenzó con los Beatles en el 59, llegó a girar por Hamburgo, pero en 1962, el productor George Martin concluyó que con esa base rítmica era imposible extraer el brebaje glorioso del grupo más influyente de todos los tiempos. Lo echaron para sustituirlo por Ringo. A Lennon nunca le convenció (“ni siquiera es el mejor batería de los Beatles”, soltó en una ocasión), pero a Martin sí. Ni siquiera le dio tiempo a grabar Love me do (a Ringo tampoco. En el primer single de los chicos quien aporrea los tambores es Andy White, que acabó con Tom Jones). Al pobre Pete intentaron darle salida en otros grupos, pero acabó, ojo, de panadero y dependiente en tiendas hasta 1988. Cuando se cansó de aquella vida se largó a Sudamérica y cogió otra vez las baquetas para acompañar, y esto ya es la bomba, a bandas de tributo a los Beatles. Al menos llegó a tocar She loves you. Continúa vivo.

    Los hay que desbordando talento a chorros se complican la vida y se pierden lo mejor. Líder indiscutible de Pink Floyd en sus comienzos, capaz de acallar e imponerse al ego de Roger Waters, a Syd Barret le dio por hacer cabriolas en el filo de un cuchillo. Con una obra maestra de la psicodelia en las tiendas de discos, todo el futuro de la historia de la música para escribirlo él solito y reconocido como un genio musical indiscutible adelantado a su época, a Barret le gustaba experimentar. La droga de moda en 1967 era el LSD, y a Sid le gustaba. Mucho. Cuentan que en 1968 a la salida de una actuación, Waters, Wright y Mason le esperaron durante un buen rato en la furgoneta. Syd Barret seguía dentro del club, a lo suyo. La furgoneta arrancó sin él y al poco tiempo Waters le sustituyó por David Gilmour. Probablemente, Pink Floyd se encuentre, sin Syd Barret, entre la docena de bandas imprescindibles del rock and roll. Hasta dónde habrían llegado con él es ciencia ficción. Sus compañeros tuvieron el detalle de dedicarle una de las más bellas canciones jamás escritas, Wish you were here.

     

    (continuará) 

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