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¿Hay vida en Marte?
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Blog ¿Hay vida en Marte? - Jorge Fauró

Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 01
    Septiembre
    2012

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    Se nos van muriendo

    Se nos van muriendo

    Bernardo Bonezzi

    Ha muerto Bernardo Bonezzi, el fundador de Los Zombies. Si hubiera que incluir en una lista de cinco canciones los temas más representativos de la música hecha en España durante la década de 1980, uno de ellos sería Groenlandia, una pieza única con una de esas líneas de guitarra que por sí solas te cuentan la letra sin necesidad de cantante y que Bernardo compuso a la edad de 13 años. Bernardo era experto en dibujar guitarras preciosistas y en colar sílabas imposibles en las aristas de la estrofa, fruto de la dificultad propia del castellano a la hora de encajar la letra en la melodía, un escollo del que carece el idioma inglés, que con arrastrar la sílaba es capaz de componer una obra maestra.

    Bonezzi nació en la década de 1960. Era un niño del baby boom, esa explosión de natalidad fomentada por Franco que 50 años después ha propiciado que los de mi generación seamos los primeros en todas las estadísticas, para lo bueno y para lo malo, y más para la pobreza que para la riqueza.

    No voy a hablar de Bonezzi como lo han hecho los medios de comunicación. De los himnos con Los Zombies, su posterior hibernación, los premios Goya y las bandas sonoras para Almodóvar ya han hablado otros. En todo caso (y porque no vais a leerlo en ningún otro sitio más que aquí), recupero referencias de algún libro de la época ya inencontrable y descatalogado en los que se habla del muerto cuando estaba vivo y era un púber con una guitarra en las manos. Decía de él Fernando Márquez, El Zurdo (habrá que dedicarle algún día un Marte a este talentoso personaje): “En escena, llamaba la atención la extrema juventud de Bernardo -13 años- que contrastaba ferozmente con sus obsesivos intentos en su frágil personita las furias endemoniadas de Lou [Reed], la Iguana de Detroit o Mr. Verlaine (…). El porvenir estriba solamente en la capacidad de encajar el tierno y joven Bernardo en la ruda mecánica del profesionalismo: no se trata de parir solamente productos plastificados y saludar a los desconocidos en las noches de la urbe” (Fernando Márquez, Músika moderna, Ed. Nuevo Sendero, 1981). Creo que Bonezzi nunca encajó del todo en esa mecánica.

    Yo formo parte de una generación coetánea de casi todos los músicos de esa época. Muchos se nos han  ido muriendo. El último ha sido Bonezzi, pero este año también se fue Enrique Sierra (Radio Futura), como antes se fueron Antonio Vega, Enrique Urquijo, Carlos García Berlanga o Pepe Risi. Resulta llamativo lo prematuramente que está disipándose en la oquedad de la muerte aquella generación tan sobrada de talento. Algunos se han ido por imponderables del destino, pero la gran mayoría han pagado dos y tres décadas después los excesos a los que se entregaron entonces, algunos porque nadie les dijo que aquello era jugar en la antesala del infierno y otros porque abrazaron tanto su papel que jugaron a ser los Stones por si aquello les convertía en estrellas.

    Creo que no se ha reconocido lo suficiente la inmensa aportación de esa generación de músicos nacida en España a caballo entre los años 50 y el baby boom. Acabar en un reality de la MTV no parece premio suficiente. Se alaba al muerto cuando deja el mundo de los vivos, mientras que algunos de los arquitectos de la actual industria discográfica, gestada entonces, pelean en el desierto contra los elementos que alimentan el negocio por que les dejen subirse a un escenario en condiciones decentes. Jaime Urrutia o Santiago y Luis Auserón, que saborearon las mieles del éxito a los diez años de colgarse los instrumentos, han vuelto a ser artistas de minorías y carne de iPod para iniciados. En Inglaterra ya les habrían levantado un monumento o formarían parte, como Bowie o Ferry, de las rutas turísticas de agencias de viajes dedicadas a la melomanía. En Inglaterra y, seguramente en Groenlandia, en Perú, en el Tíbet, en Japón y en la Isla de Pascua.

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