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¿Hay vida en Marte?
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Blog ¿Hay vida en Marte? - Jorge Fauró

Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 23
    Octubre
    2012

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    La crisis es bella en París (y 2)

    La crisis es bella en París (y 2)

    Un clochard en una céntrica calle de París

     

    París es una ciudad de unos tres millones de habitantes, cerca de 30 millones de turistas al año, una tasa de paro que afecta al 10% de la población activa (la mitad que en España) y que atesora la rara habilidad de ascender al primer puesto entre las grandes urbes del mundo con mayor calidad de vida, mientras la crisis hace mella en la parte económicamente más débil de su ciudadanía. A pesar de superar notablemente a la mayoría de capitales del mundo en casi todos los parámetros, también comienza a hacerlo en un problema que afecta de manera grave a su bienestar social. Alrededor de los grandes distritos del centro, entre los lujosos escaparates de la avenida de Georges V, Montaigne, los Campos Elíseos y la Place Vendôme, el incremento de la mendicidad comienza a ser preocupante.

    Tras el infructuoso encuentro con John Malkovich me apresuro a salir del triángulo de oro de la Ville Lumiére en dirección a Pigalle. Paso delante de Jimmy Choo para perderme en el metro de Tuileries no sin antes hacerme una de las grandes preguntas estúpidas de la humanidad. ¿Jimmy Choo existe? Quiero decir, ¿hay alguien en verdad llamado Jimmy Choo? ¿Quizá son dos, como Dolce & Gabbana o Vittorio y Lucchino? ¿Jimmy and Choo?

    Advierto al instante que nunca me debería haber hecho esa pregunta porque me obsesiono enseguida y si no descubro la respuesta me bloqueo para desempeñar cualquier otra tarea, por tonta que sea. Consulto a mi asesor, Mr. Google, que me envía a su subalterno (Mr. Wikipedia) y descubro que efectivamente el señor Choo existe, tiene cara, ojos y un pasaporte donde constan todos los datos que me interesan de él. Jimmy Choo, nacido Jimmy Choo Yeang Keat es un diseñador de moda malayo, establecido en Londres, conocido principalmente por sus zapatos de mujer hechos a mano, es el diseñador en jefe de la casa de modas Jimmy Choo Ltd. Hizo su primer zapato cuando tenía tan sólo 11 años. En abril de 2001, Equinox Luxury Holdings Ltd compró el 50% de la sección prêt à porter de la marca. Respiro aliviado.

    Le métro

    París esconde un mundo subterráneo mayor que el de Madrid. Las estaciones de metro deben de llegar hasta lo más profundo de la Tierra. Las máquinas de Matrix podrían haber tomado Zion mucho antes si los Wachowski hubieran sabido que se podía bajar en metro desde París a través de interminables escaleras que avanzan desde la corteza hasta el núcleo. Imagino que los ingenieros del subterráneo parisino que lo diseñaron antes de 1900 no debieron de bregar con el olor a orines que rezuma en 2012. Coges un ascensor para evitarte subir a la superficie o bajar a la sima y te replanteas toda tu vida mientras el aroma agrio a meada te sitúa al borde de la náusea. No hay estación de metro en París donde no habiten clochards. En diciembre de 2011, la Francia de Sarkozy, a través del ex ministro del Interior, dictó varios decretos para intentar erradicar la mendicidad de las calles, aunque según lo visto, poco ha cambiado desde el París insólito de Clébert.

    Sorprende sobremanera contemplar una escena repetida noche tras noche, en los alrededores de la Ópera, allí donde Apple engorda su cuenta de resultados y se extiende el imperio de Amancio Ortega. Un hombre de unos 55, con aspecto de empleado de banca hasta hace unos años, recibe junto a otros compañeros un plato de sopa caliente de un miembro de la Cruz Roja Francesa. La escena es impactante por cuanto a unos pocos metros, en el Café de la Paix, te pueden clavar 200 euros por una cena de nouvelle cuisine, cuyo precio alimentaría durante dos semanas a los clochards de enfrente.

    Pero París cuida a sus mendigos tanto como a los turistas. Ambos comparten los aseos públicos de Pigalle. Como los del resto de la ciudad, son lo más parecido a una máquina del tiempo. Antes de entrar, despídete de tus amigos por un rato mientras se cierra la puerta automática porque vas a viajar a un universo paralelo, a una tercera dimensión de la mierda. Se lavan solos, asegura el letrero del exterior,  pero cuando la puerta vuelve a abrirse porque es el turno de tu voyage, el aseo parece aún más sucio de lo que lo encontraste.

    J’ai faim

    Ciudad de contrastes en plena crisis. Sintecho en los Campos Elíseos. Seis euros por dos cafés en el Marché de Saint-Honoré, nueve en Chez Francis, casi doce en el Café de Flore, el mismo que los existencialistas de Sartre tomaron como cuartel general. Putas con apenas trabajo en la Rue Saint-Denis, en pleno corazón de París. Cenar por 400 euros en Chez Maxims o por 20 euros en Montmartre. “París vuelve a ser mágica”, titula Le Parisien en portada. La ciudad gana la palma de oro en calidad de vida pero “sufre” en todos los ránkings por sus costes inmobiliarios. 1.200 euros al mes por una buhardilla de 32 metros cuadrados en el centro; 800.000 euros por la casa en que habitó Apollinaire en el 202 del Boulevard Saint Germain; 200 al mes en un hotel de las afueras, precio de clochard.

    “Con lo que gana, Leo logra pagarse una habitación en un hotel de las afueras de Paris (200 euros por mes). Otros viven en alojamientos sociales y disponen de una prestación social. Muchos tuvieron una vida ‘ubicada’ antes de caer en esta situación, otros siempre tuvieron dificultades. Hay sí una misma constante: todos padecen una gran soledad afectiva y social”. El párrafo está extraído de “Las mendicidades en París y sus públicos”, un amplísimo informe elaborado en mayo de 2011 por el Centro de Estudios e Investigación sobre la Filantropía, que entre otras cuestiones, concluye: “¿Cuánto deja la mendicidad [en París] en términos de dinero? La mendicidad no es algo muy rentable: quienes tienen mayor habilidad pueden lograr unos 30 euros a costa de esfuerzos difícilmente imaginables. Las condiciones de exigencia física y psíquica son desmedidas: doce horas fijas ‘mendigando’, de seis a ocho horas deambulando por las calles, o subiendo 41 veces a vagones de subte”.

    Pero en París la dignidad es lo último que se pierde. En plena Plaza de la Concordia, a escasos metros de la Rue de Rivoli y de los Campos Elíseos, un sintecho pide un merguez en un puesto callejero. Son cinco euros. Japos y rusos llegan cargados de bolsas de la Place Vendôme, de Hublot, de Jovoy, de Dior y de Jaeger Le Coultre. El dueño del puesto le regala el bocadillo que posiblemente le servirá para engañar al estómago durante buena parte del día. Al cabo de un rato, el clochard vuelve con los cinco euros en la mano, y no hay forma de convencerle de que es un obsequio del dueño de puesto, como si quisiera decir: “¿en qué coño de ciudad te crees que vivo?”

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