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Blog ¿Hay vida en Marte? - Jorge Fauró

Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 05
    Enero
    2011

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    Cómo pasar una Nochevieja en París sin saber cuándo son las 12

    Cómo pasar una Nochevieja en París sin saber cuándo son las 12

    Pensaba titular este post Banda sonora para una Nochevieja en París, pero no hubo tal banda sonora, debo decir. No, al menos, si uno piensa en una fiesta callejera de Año Nuevo tal como la entendemos aquí, a saber: miles de personas abrazándose al tuntún y haciendo más o menos el ganso mientras una orquesta descerraja las habituales petardadas de Nochevieja al ritmo que marcan dos tías macizas.

    Vamos por orden. Nochevieja en París, o lo que ellos llaman Saint-Sylvestre, como en Vallecas. Lo de reservar hotel por internet tiene su punto de emoción. Uno nunca está seguro de si va a pasar la noche en la puta rue hasta que llega a la recepción y el tipo te da la llave de la habitación. Por lo común, dejamos la maleta en el suelo, sacamos la copia impresa de la web en cuestión y le damos el deenei al recepcionista con la mejor de las sonrisas. Y todo, a pesar de la cara de pavo que arrastras después de dos horas de vuelo y otras dos de aeropuerto prohibido fumar. El tipo comprueba tu reserva mientras el corazón se acelera. Entonces, cuando el fulano te da el ok, te sientes como cuando te entregan las tarjetas de embarque y compruebas que tu cybercompra era fetén. Le diste al botón correcto, garçon.

    Sólo después de abandonar el hotel tras deshacer la valise y darte una ducha compruebas que has cogido la habitación en el barrio indio de París. Normal. El día que reservas te lías a ver las fotos del alojamiento y la ubicación sólo la lees de pasada; te detienes casi siempre donde dice estación de Metro a 20 metros, te das por satisfecho y, venga, nano, a quemar la Visa para que no te quiten tu hotel. Cuando salgo a la rue, la Faubourg Saint-Denis, me sonrío al ver a un tipo que se parece a Apu, el de los Simpson. De repente, todos me parecen Apu y todos los comercios se asemejan el Badulaque. Coño, cuánto indio. ¡Como que es el barrio indio, no te jode fastidia!

    Pas problem. El sitio me parece encantador. Buena gente, buenos restaurantes (y baratos, uno se da cuenta de lo caro que es España cuando por cenar en París sólo te clavan 20 euros). Y cerquita de Montmartre.

    Fumo es humo en italiano

    De regreso al hotel cago caigo como un bendito… hasta las siete y media de la mañana que comienza a sonar la alarma. Me cuesta abrir el ojo porque yo confundo el sonido con el de mi despertador del móvil (recordar: cambiar la melodía del despertador si no quiero morir abrasado o asfixiado). Pero si ya me había llevado la sorpresa por que en el ascensor no cabía la maleta si quería entrar yo (y viceversa), imaginaos cuando tomo conciencia de que lo que oigo es una alarma antiincendios y salgo al pasillo. Lo primero que me encuentro es a un italiano en pijama detrás de una humareda. ¡Fumo!, exclama. Sí, hijo, sí. Y yo, Marlboro corto. Y repite: ¡Fumo!, que en italiano debe de querer decir humo, que es en realidad lo que huelo y veo. La tipa de la 214, justo al ladito de moi, también sale al pasillo y resulta ser española. Lleva una chaqueta de pijama negra de seda y ropa interior roja… Umm.

    Me debato entre la tía y el fuego. Coneixement, Jorge, coneixement. Me lanzo escaleras abajo, en pijama y descalzo, y me encuentro en el hall con otro grupo de italianos. Resulta que se ha quemado el ascensor de Winnie the Pooh, pero lo peor de todo es darte de bruces con un napolitano en calzoncillos. Advierto que no hay peligro y vuelvo a la chambre, no sin antes pensar en lo ridículo del momento y en la tipa de las bragas rojas, que se ha vuelto a dormir. De vuelta al catre recopilo y extraigo consecuencias: si el ser humano es feo por las mañanas, imaginaos saliendo de estampida a las 7.30 AM porque cree que hay un incendio (recordar: llevar siempre conmigo el contour des yeux de Chanel para situaciones de emergencia).

    Nochevieja. Me cito en los Campos Elíseos con un amigo de Alicante, Paco González, periodista de El Mundo. Llevo mis uvas peladas del Mercadona. Las de Paquito son parisinas. No le pregunto dónde coño las ha comprado, pero por su aspecto, diría que en el Badulaque de mi barrio con denominación de origen Sri Lanka. Dan como penita las uvas de Paco. Salvando que estamos rodeados por 220.000 personas (según los periódicos del día siguiente), aquí empieza otra parte del viaje que llamaremos Cómo pasar una Nochevieja en París sin saber cuándo son las 12. No hay relojes tipo Puerta del Sol, no avisan con los cuartos, no hay pantallas de TV con un franchute deseando bonne année, no hay una tipa maciza en un escenario. No hay escenario.

    Hace dos años llamé a Toni Cabot desde Roma para que me anunciara por teléfono las doce campanadas. Me costó una pasta, pero me comí las uvas en tiempo y forma y el 2008 me fue bien. Esta vez no lo hice. Total, que me debí de comer las uvas a las doce menos dos o a las doce menos tres (veremos qué me deparan los próximos meses), porque un minuto o dos después de hacerlo lanzaron cohetes para recibir a 2010. ¿Cómo se enteraron? O había por allí un reloj y yo no lo vi, o todos llamaron a Toni Cabot, que puede ser.

    Yo ya estaba prevenido de la San Silvestre. El año pasado ardieron esa noche en París más de mil vehículos debido a las protestas de la población inmigrante de la banlieue. En esta ocasión, la cosa ha ido pareja. Por eso, a los Campos Elíseos acudió la mitad de gente que hace un año y por eso nos topamos cada dos pasos con policías vestidos de Robocop. Eran tremendos, de verdad.

    Paquito me advierte de que ha leído no sé donde que una lluvia de botellas de champagne vacías (allí no hay cava ni sidra El Gaitero, comme il faut) sobrevuela las cabezas de los asistentes en cuanto el público travieso de los Campos Elíseos se achispa más de lo debido. Sin mayores problemas llegamos hasta las inmediaciones de la Torre Eiffel, nos agenciamos una botella de champagne en un puesto ambulante y nos la bebemos junto al Sena a más o menos un grado bajo cero. De repente, el augurio se cumple. Un tumulto, un grito más alto que otro, indicios de pelea, y ¡toma!, dos pandas de chavales se enzarzan vete a saber por qué y acaban lanzándose botellas unos contra otros. Junto al Pont de l’Alma (sí, el que está sobre el túnel que no acabó de cruzar nunca Lady Di), huye un primer grupo cinturón en mano (se ve que lo utilizan en las peleas para atizar al contrario con la hebilla de acero). Allí acaba todo.Nos cuesta casi un par de horas encontrar un taxi que nos devuelva a nuestros respectivos hoteles.

    De vuelta, doy las gracias por regresar a Petite Calcuta. Me he recorrido todo el centro de París a temperatura bajo cero, no hay fiesta en la calle, no hay música, no hay cotillón (siempre pensé que esta palabra procedía del francés), no parece Nochevieja. El año próximo me quedo en España a bailar el chocolatero en cualquier plaza mayor.

    O no, qué coño.

     

    PUBLICADO EL 7 DE ENERO DE 2010

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