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  • 11
    Julio
    2014

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    El vértigo de las tentaciones, el vértigo de una lectura

    Por VICENT IVARS

    «Sesenta kilos» de Ramón Palomar.

    320 páginas. 2013. Editorial Grijalbo

    Sesenta kilos son una razón de peso (si lo son de cocaína) para despertar la codicia de muchos en este siglo XX(I) cambalache, problemático y febril.

     «Sesenta kilos» son también un argumento de peso para despertar la ambición narrativa de Ramón Palomar y componer una novela homónima, rebosante de acción, poblada de gentes tan miserables como personajes vivísimos y retratada con un lenguaje aprendido en los libros y mamado en la calle (y en callejones).

     Uno, que guarda un grato recuerdo de «El ojo y la bala» y de «Carne, cielo y chatarra» (dos encuadernaciones de las columnas de Palomar), nunca dudó de que este valenciano-francés-tangerino acabaría firmando una novela. Hasta aquí mi sagacidad, que no será mucha, pues es algo que sus lectores se veían venir. El escarmiento para este augur de lo obvio viene dado por la naturaleza de su opera prima: una novela negra sin «negros», policiaca sin policías.

     Porque Palomar se ha escabullido del hábitat que fue levantando en sus artículos de prensa (el del roquero hogareño, el del letraherido noctámbulo, el de hombre en pijama con chupa de cuero, el de solterón contumaz de picoteos pardos). Y la fuga bien ha merecido la pena. El autor se interna en el submundo de la droga, en ese matrix real como la puta vida misma. Y empaqueta nuestra atención en un fardo de sesenta kilos de coca que, en un arrebato de debilidad (o sea, de codicia), decide hacer suyo un camellito, un correveidale de la droga.

     Esta tentación consumada –pronto se verá– arrastrará, a lo largo y ancho de toda la novela, a una patulea de empresarios del proxenetismo, a su género de cuerpos y de almas, a legionarios –exnovios de la muerte buscavidas–, a mujeres independientes dependientes del sadomaso. Y a patriarcas de clanes gitanos que mercadean con droga como Palomar trafica con nuestro interés, llevándonos del sexo a la soledad, de la violencia al miedo. Con el estilo que cultivó como velocista de la columna, pero converso en fondista de la novela. Al volante de una trama que nos lleva de Oporto a Tarifa a Tánger a Madrid a Valencia (que es el escenario principal ¿no lo dije, verdad?).

     En fin. Que lo de siempre. Que de la misma manera que, para combatir el calor, trasegamos una cocacola –instigados por el marketing yanqui– en lugar de enchufarnos una horchata... De la misma manera, digo, la peña estaría flipando con esta misma historia si, en lugar de en localizaciones mediterráneas y firmadas por un colega, aconteciera en el Tex-Mex, filmada por el cineasta del momento.

     «Sesenta kilos» no va a dejar frío al lector. Y sin embargo, constituye una refrescante lectura para este verano. Aunque en según qué páginas pueda uno pillar un calentón de aquí te espero. De ahí que si quieren dejarla para el invierno... pues tan ricamente, oigan. Ustedes ya me entenderán, ya.

     

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