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Daniel Capó


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  • Rivera triunfante

    Nos cuenta Rémi Brague que, en uno de sus diálogos, Platón advirtió de lo fácil que resultaba elogiar a Atenas cuando el orador se dirigía a un público formado por atenienses. Milenios más tarde, la misma lógica se impone en los mítines políticos. Los partidos buscan movilizar a los convencidos y arropar al candidato, que adquiere así aires de líder carismático. Por supuesto, la concurrencia de entusiastas no equivale a un ágora donde se debatiesen y contrastasen las ideas, ni tampoco debe ser ésa su función. De hecho, las campañas tienen más que ver con los fenómenos virales que actúan por contagio: un lleno total anuncia un buen resultado; una media entrada, en cambio, advierte de caídas en la expectativa de voto. Los candidatos patean plazas y calles, juegan al ping-pong o al futbolín, besuquean a los niños y a los ancianos, reparten gorras y camisetas. No puede faltar el selfie para la posteridad, que nos recuerde que estuvimos allí, con el aspirante, junto a él, ofreciéndole nuestro apoyo. La política, no lo olvidemos, responde a reflejos emocionales.


    El pasado viernes llegó a Palma Albert Rivera y se dirigió triunfal a un público entregado. Vendió su mercancía, consciente de que la campaña es el tiempo de las promesas y, por tanto, también de las mentiras. Hay que reconocer que Ciudadanos mide con precisión su discurso, sabe a quién habla y cómo ha de hacerlo. En su escenografía prima lo moderno, lo urbano, el ímpetu del cambio generacional, el éxito profesional, las horas de gimnasio y de coaching. Uno no sabría decir si representa los valores de la derecha molona o de la izquierda más guay, aunque seguramente intenta abrazar a las dos. El programa de C’s nos recuerda las propuestas post-ideológicas del New Labour de Tony Blair: habla del contrato único y de una protección social escandinava; de rebajar impuestos y de ofrecer un complemento salarial a las rentas más bajas; de enseñar programación informática en los colegios y de suprimir el Senado. Sospecho que a sus cuadros intelectuales –Garicano, Francisco de la Torre, Francesc de Carreras…– les gusta a verse a sí mismos como una especie de afrancesados, dispuestos a modernizar el país a marchas forzadas y con rigor cartesiano. Olvidan que España lleva décadas transformándose –a veces a mejor, otras a peor- y que no siempre las propuestas de laboratorio saben pulsar la realidad de la calle. Sin experiencia de gobierno –ni autonómica ni nacional–, sus votantes deberían preguntarse acerca del sentido de lo posible, ese difícil arte de la política. Y en segundo lugar, tienen derecho a saber con quién pretende pactar Ciudadanos el futuro gobierno.


    La apuesta de Rivera pasa, sin duda, por adelantar a Pedro Sánchez, aunque sea por un solo voto. Para ello debe obtener resultados aceptables en el País Vasco y, sobre todo, en el granero socialista de Andalucía. Dudo que lo consiga pero, de hacerlo, se convertiría seguramente en presidente del gobierno gracias a un pacto anti-PP; a no ser que un PSOE noqueado optase por la abstención. Lo cierto es que Rajoy, a día de hoy, teme más a Rivera que a Sánchez. El desplome nacional de los socialistas finiquitaría el bipartidismo, dando lugar a un parlamento muy fragmentado. Y eso, aunque suene paradójico, no necesariamente juega a favor de los populares.

     

     

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