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Daniel Capó


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  • 05
    Diciembre
    2015

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    Tenerife Nacional Elecciones Generales elecciones 2015 20D

    El país de Bertín y de Évole

    Hay una España que ve el programa de Bertín Osborne y otra que ve el de Jordi Évole. Sé que soy esquemático y que existen muchas Españas más, contradictorias a veces y casi siempre con cierta tendencia al histrionismo y a la exageración; pero, si tuviéramos que auscultar el latido actual del país, podríamos hablar de Bertín y de Évole sin temor a equivocarnos en exceso. No se trata de una España culta y de otra inculta (o al revés) ni de una visión conservadora de la realidad frente a otra progresista, sino simplemente de dos lecturas opuestas de lo que supuso la Transición. Si los seguidores de En tu casa o en la mía reivindican las virtudes de estas cuatro décadas de democracia, los del follonero desconfían de la narrativa convencional en torno al régimen del 78. Si los primeros defienden –aunque quizá a regañadientes– las bondades del bipartidismo y de la estabilidad, los segundos optan por un relato generacional diferente que diga adiós a lo antiguo y ponga en marcha la aventura del cambio institucional. En el fondo, estamos ante dos experiencias sociológicas, intelectuales y de vida. Para los que apoyan a los partidos clásicos, el reformismo funciona como una actualización de lo posible, como una especie de mal menor que va corrigiendo los desperfectos y evita la peligrosa demagogia de los extremistas. Por el contrario, para los defensores de los nuevos movimientos la España del 78 ha llegado a su fin y conviene acelerar su despedida. El país de Bertín es un lugar relativamente satisfecho de sí mismo; el de Évole, en cambio, es un territorio quemado por la falta de oportunidades, la corrupción sistemática y el tapón social.


    En las elecciones del 20-D, estos dos relatos se enfrentarán en las urnas. El PP querrá resaltar su labor a lo largo de esta legislatura, colocando la recuperación económica en el centro de su discurso. El PSOE subrayará su protagonismo en la democracia española, como artífice de la modernidad –de la construcción del Estado del bienestar a la ampliación de derechos civiles–. Ambos partidos representan sensibilidades ideológicas marcadamente distintas y, sin embargo, comparten una lectura similar de la Transición. Ciudadanos también, por descontado, pero con notables matices y algunas dudas. Generacionalmente son hijos de la democracia y de su éxito en España, aunque ahora sólo busquen reivindicar el salto hacia delante y la terapia de shock institucional, económica y educativa. Podemos, por su parte, se confunde con una nueva izquierda que abomina del capitalismo de las multinacionales y la arquitectura de la globalización. En nuestro caso, además, el partido de Pablo Iglesias sostiene que la democracia española nació corrupta ya desde sus inicios, víctima del pecado original de la Transición. En realidad, este 20 de diciembre juzgamos a Rajoy y al Partido Popular, aunque también calibramos la vigencia de la Constitución y su necesidad de actualizarla o de borrarla definitivamente. Para ser honrados, la pregunta que nos haremos en campaña es la siguiente: ¿sigue siendo válido el relato del 78 o ha llegado la hora de pasar página? No es la única pregunta, por supuesto. Pero sí una de las principales.

     

     

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