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Gauden Villas

Sobre este blog de Deportes

Ha dicho muchas veces que su piel solo tiene un color: el rojo. Se creyó siempre un perdedor hasta que Luis Aragonés, el sumo pontífice, demostró que España también puede ser la más grande. Lloró con el gol de Iniesta y en su camiseta, contra viento y marea, luce el 9 de Torres.


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  • 09
    Junio
    2012

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    Un inicio prometedor

    Dicen que a la Merkel le gusta el fútbol. Si ayer por la tarde se puso a ver el Grecia-Polonia, no se descarta que haya dado órdenes de hacer a Salpingidis primer ministro griego y dejarse de elecciones que no van a hacer más que complicar el asunto y nuestra prima de riesgo. El jugador del PAOK salió del banquillo para dar un recital. Pudo con todos y fue el líder de una Grecia ante la que hay que quitarse el sombrero. No repetirá el resultado de 2004 porque, entre otras cosas, no tiene a Charisteas, Nikopolidis y aquellos dos pedazo de centrales de entonces, pero aprovecha como nadie el escaso armamento del que dispone. Es el Levante UD de Europa y hay que perdonarle que no se atreva a más.

    Se merendó Grecia a los polacos –a los que el gas les duró un cuarto de hora- y no sucumbió ni a su peor enemigo ayer: el árbitro. Por desgracia, estamos demasiado acostumbrados a que los colegiados españoles den la nota un campeonato tras otro. Desde el atraco de Lamo Castillo a la URSS en el 82 –cómo sería de grande que, treinta años después, yo mismo me acuerdo de aquello ¡y era un chaval de once años!-, cuando UEFA o FIFA necesitan a un tipo que eche una mano –entonces que pasase Brasil, ahora que los polacos no lo hagan demasiado mal como país anfitrión- siempre recurren al Velasco Carballo de turno. El único español sobre el terreno de juego fue el peor. Lamentable.

    Paradójico, cuanto menos, después de ver a los polacos, que España, como campeona, haya tenido que disputar fase de clasificación y estos chicos estén jugando de gorra. Buen delantero centro en Lewandowski, aceptable su banda derecha y poco más. Su portero, tan proclive a meter la pata como en el Arsenal y su defensa, para echar a correr. Lástima que Karagounis les regalara el penalti porque en absoluto merecieron el empate que se llevan para casa.

    Y si el primer partido no estuvo nada mal, el segundo resultó hasta divertido, confirmando que el fútbol de verdad solo se juega cada dos años –solo imaginar un Sevilla-Mallorca tras un Osasuna-Rayo Vallecano conduce directamente al insomnio-. Vimos que por Rusia no ha pasado el tiempo. Juegan tan bien como hace cuatro años, cuando tuvieron la mala suerte de toparse con la mejor versión de la Roja. Además, han incorporado jóvenes futbolistas que apuntan maneras en un momento de casi absoluta sequía de nuevos valores a nivel continental. Muy bien Dzagoev, un chico de Osetia cuya página de wikipedia –en inglés- ya se había actualizado con sus dos goles a Chequia tres minutos después de que fuera substituido. Tiene maneras y seguidores de lo más activos a nivel cibernético. Cañonazo inapelable el del Pavlyuchenko en el cuarto de Rusia por mucho que el 5 de Chequia seguramente recortará esa jugada cuando les enseñe a sus hijos el partido. Que juegue Kerzhakov teniendo a Pavlyuchenko es otro de los misterios que solo entiende un entrenador.

     No fue rival Chequia, a la que solo le queda el carácter irreductible de los paisanos del soldado Svejk respecto a aquel equipo que deslumbró hace ocho años. Por entonces, Baros y Rosicky presentaron credenciales de figuras mundiales. Hoy son sombra de un pasado glorioso y a su alrededor revolotean futbolistas que apenas alcanzan el notable, cuando no el suficiente. Que agradecer, no obstante, la actitud de su entrenador. Si el de los polacos asistió pasmado a la descomposición de su equipo –hasta el punto que el único cambio que quiso hacer no puedo llevarse a cabo porque se acabó el partido-, el checo plantó a sus futbolistas con la intención de conseguir la victoria. Seguramente se irán, pero lo harán con la cabeza alta, que es de lo que se trata.

     

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