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Gauden Villas

Sobre este blog de Deportes

Ha dicho muchas veces que su piel solo tiene un color: el rojo. Se creyó siempre un perdedor hasta que Luis Aragonés, el sumo pontífice, demostró que España también puede ser la más grande. Lloró con el gol de Iniesta y en su camiseta, contra viento y marea, luce el 9 de Torres.


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  • 12
    Junio
    2012

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    Nada de Francia e Inglaterra. Bien Ucrania.

                                                                   

    Autoestima por los suelos la de los ingleses. Antes del partido, los comentaristas de ITV -el canal que retransmitía  para Gran Bretaña- confesaban resignados conformarse con "hacer un buen papel" ya que "no va ser esta Eurocopa donde Inglaterra entierre sus penas". El entrenador no convence a nadie -la gente quería a Redknapp-, del portero no se fía ni su señora progenitora -cada intervención del chico se analiza como si fuera una heroicidad- y, francamente, ausente Rooney no tienen un solo jugador que salte a la vista.

     El partido fue, distancias salvadas, algo así como el España-Italia. Francia se suponía que tenía que llevar el peso del partido, pero se dejó la velocidad y la chispa en el vestuario. Enfrente, un rival duro de roer, con una defensa sólida que no se va a desencajar ni ante la inminencia de un seísmo bíblico. A la hora de crear, Inglaterra es como un tanque oruga, así que lo único que le quedaba era esperar alguna jugada a balón parado. Ellos inventaron el fútbol y las dispusieron para intentar ganar partidos como este. Francia, además, se lo sirvió en bandeja. Evra hizo una falta absurda, Diarra dejó libre a su marca y el portero francés se quedó tomando el té de las seis encima de la línea de cal. Marcó Lescott, que en sus horas libres hace de actor de reparto en Star Trek, en el único disparo de Inglaterra entre los tres palos. Con eso y un disparo torpe de Milner, los chicos de la ITV y media pérfida albión se dan por más que satisfechos con lo que hicieron sus muchachos. Lo que te hace pensar en la suerte que tenemos.

    Francia decepcionó. Es cierto que tenía enfrente un rival incómodo, que perseguía cada balón como si estuviera en la caza del zorro. Pero se esperaba más de los bleus. Su sala de máquinas no carbura y el ataque acaba fiándolo a lo que hagan Ribéry, Nasri y Benzema. No es poca cosa, desde luego, pero un día malo de ese trío te manda directo al aeropuerto a coger el primer avión de Air France porque no tienen a nadie que les haga la más débil de las sombras. Lo de Ribéry resultaría desesperante si fuéramos franceses. No lo somos y se queda en irritante. Está tan prendado de sí mismo que en cada jugada intenta regatear a siete contarios. El chico es buen futbolista, pero ni es Messi ni tiene ya edad para esas cosas. El día que le salga todo, Francia será un peligro público. Hasta entonces se quedará como ayer en una escopeta que dispara balas de fogueo. Por lo demás, lo hizo bastante bien Debuchy -como nos temíamos- y comenzó el partido con una pérdida de balón de Rami cerca de su área que nos hizo creer que estábamos aún en marzo y jugando en el Sánchez Pizjuán. Algunas cosas nunca cambian.

     El fútbol de verdad lo pusieron Ucrania y Suecia. Con bastante menos hicieron bastante más. Cuestión de actitud. Los supuestos favoritos del grupo D jugaron al trote, a menudo cochinero. Era media tarde y las ovejas del mundo se quedaron dormidas. Las presuntas cenicientas salieron al galope. Sobre todo los locales. Superados los nervios iniciales, se fueron a por el partido. Suecia plantó cara y, en su línea habitual, no se dejó impresionar. Ibrahimovic tuvo los detalles de genio que suele mostrar con su selección y tras su gol todo parecía inclinado del lado vikingo. Pero en esas apareció Shevchenko.

    El nueve ucraniano lleva diecisiete años siendo internacional. Nadie en esta Eurocopa le supera. Con su selección, que no es ninguna potencia mundial, ha marcado 49 goles. A los 36, ya no es el jugador que asolaba las defensas rivales con el Milan, pero vaya dos chicharros que se sacó de la chistera anoche. Fue la guinda de la fiesta total para un país que no está, precisamente, para tirar cohetes. Hizo, además, justicia, pues aunque los suecos sacaron la rabia al final, nadie en el campeonato ha peleado tanto por ganar un partido ni recorrido tantos kilómetros para hacerlo como estos ucranianos, que van a luchar por cada metro cuadrado  de campo con el cuchillo entre los dientes. El grupo está abierto  a todo tipo de sorpresas.

     

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