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Blog De Grastronomía - Antonio Jesús  Gras

Antonio Jesús Gras

Cocinero y profesor de cocina. Antiguo pirata, con deseos de encontrar tiempo suficiente para poder escribir y leer todo lo que quisiera. Veneciano de adopción. Canario de orígen. Sueña con retirarse en la isla de El Hierro.

Sobre este blog de Gastronomia

Noticias, recetas, libros, acontecimientos, catas varias, vinos, comentarios personales sobre el bien y el mal de algunos aspectos de la gastronomía que me preocupan. Siempre desde un óptica muy mía. Sin pelos en la lengua.


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  • 15
    Julio
    2011

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    “SABROSA SENCILLEZ DE TIERRA”

     

     

     

    ¿Puede el autor desligar absolutamente su vida de su obra? ¿Puede esconder una imagen de Don Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, conocido universalmente como Pablo Neruda, en su estadío de  embajador de Chile por el mundo, esconder la sensación de un hombre que, amén de gastarse sus dineros en viejos objetos, amaba torrencialmente sentarse con parsimonia en las mesas para degustar?

    Oda a la patata, oda a la alcachofa, oda a la cebolla, oda al caldillo de congrio, oda al tomate.... Neruda, extensísimo poeta implicado con su sociedad, exagerado e inabarcable ser humano, tiene el cálido don de entregarnos los elementos de una alimentación popular que con la culinaria ajustada de la palabra poética transforma y da gloria  a lo sencillo, a lo tradicional, a lo cotidiano.

    De la cebolla llega a decir  que “eres/más hermosa que un ave/de plumas cegadoras”, de la alcachofa “allí en el huerto,/ vestida de guerrero”, de la col que “se dedicó a probarse faldas”, del orégano que se consagró  “a perfumar el mundo”.

    Neruda era capaz de  inventar campeonatos de cocina de la cebolla, en Nápoles, junto a su amigo Mario Alicata, “un choque homérico culinario de cultura y civilizaciones fenicias, etruscas, levantinas, romanas contra el sentido primitivo de sabor de habitantes de las Indias Occidentales, vecinos del austro salvaje que colinda con los confines antárticos”

    El poeta jugaba a crear arte efímero que se mantendría eternamente en el trapecio de la memoria, unas veces más cerca de la realidad, otras más alejada de ella, aprobando los inventos y exageraciones que da la distancia. Algo propio del mundo de los artistas, ya sean de letras, plásticos o cinematográficos, donde el pasado y los hechos que acontecieron, se convierten en una excusa desde la que volver a reinventar la vida transcurrida.

    Pero Neruda utiliza la poesía como instrumento para transmitir la tradición, sobre todo cuando se vuelca en la creación de sus “Odas elementales”. Así, en la “oda al caldillo de congrio”, aúna la receta con el lujo de su selección de palabras: “deja el ajo picado/caer con la cebolla/y el tomate/hasta que la cebolla/tenga color de oro.”. Explica paso a paso la cautivadora ingeniería de una sustanciosa sopa. ¿Qué más podemos pedirle al poeta gourmet? Lo que nos regala: toparnos con una creación comestible pero incluida en la familia de la “cocina popular”. Nada de elitismo. El comunismo nerudiano alimenta, mediante el arte de su obra, el hambre de cultura de un pueblo que siempre ha conectado con el hombre chileno que con gorra protectora en la cabeza, se abastecía de los objetos más sencillos de una alimentación lineal, para transgredir esa delgada línea que nos hace difícil apreciar si lo leído esconde un misterio o sencillamente muestra una hermosa y multitudinaria realidad.

    Pero Neruda continúa en otras obras suyas acercándose a los alimentos. En Residencia I y II, habla del “Apogeo del Apio” o del “Estatuto del vino”, donde estrofas magníficas muestran el sí portentoso de la poesía: “terribles espadas de salmuera”.

    Pero también ofrece banquetes descomunales y elementales, donde el poeta pide, en su poema “los frutos de la tierra”, alimentos: “una cebolla, "globo colmado de nieve cristalina"; "un pescado vestido / como un rey"; "torcazas / recién caídas, ebrias de racimos salvajes" y "ostras del Sur, recién abiertas, / en sus estuches de esplendor salado”.

    La poesía no solo expone belleza, amor, desasosiego. Aquí, en estos breves ejemplo nerudianos, comprendemos que nombrar el mundo sencillo y elemental, lo convierten en privilegiados, peculiares, y desde luego alimenticios, el propósito del autor era, en sus propias palabras: “"la mesa donde aprenda a comer el mundo ... La mesa feliz".

     

     

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