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M. Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

Sobre este blog de Nacional

Una cuenta atrás hacia las elecciones más importantes (y previsibles) de la democracia reciente.


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  • 14
    Noviembre
    2012

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    La huelga general se queda corta

    No es una crisis económica, sino una mutación, en la acertada definición de Michel Rocard. Durante la primera parte del experimento, no se ha mutado sino amputado el sueldo a millones de ciudadanos o trabajadores o consumidores. En la mayoría de casos, se garantiza la irreversibilidad de la pérdida. La modificación genética a gran escala se debió a un error de los laboratorios financieros, víctimas del hubris al creerse por encima de las leyes físicas y humanas. En resumen, ¿para qué sirve una huelga general semestral?
    La mutación estimula la contradicción.  


    Peligra la dieta de miles de familias, pero no el iPhone. El Wall Street Journal vuelve a cebarse en la paradoja de un desempleo millonario con “chachas” –en castellano en el original– sudamericanas, “porque las mujeres españolas se consideran demasiado buenas para ese trabajo”. Los extranjeros siguen sin entender nada, pese a su afición por la lectura del Quijote.


    La huelga general se queda corta, no triunfa porque parece insuficiente, en comparación con el deterioro de la situación. El descontento social es demasiado grande para canalizarlo a través de los procedimientos clásicos de confrontación laboral. Un paro también es un diálogo, y una prueba de implicación en la actividad económica. La resistencia a secundar la huelga no prueba la comunión con los objetivos de la empresa pública o privada, sino el desistimiento masivo.


    La convocatoria de huelga del 14 de noviembre carece de la gravitas histórica que permitiría hablar de un 14N. Sin derecho a abreviatura, cada vez cuesta más concederle poder terapéutico a una suspensión forzosa de la actividad económica. El deslucimiento golpeará a los sindicatos, que dejarán de capitanear las reivindicaciones. La atomización consiguiente –un tweet, un voto– entorpecerá la labor de control y vigilancia del Estado, porque faltan agentes para colocar a los consumidores bajo protección policial, como ha ocurrido en los grandes almacenes. Los empresarios y gobernantes tendrán tiempo de añorar a su interlocutor novecentista, encabezarán rogativas por la recuperación del gregarismo sindical que hoy intentan satanizar. 


    El discurso trasnochado de UGT y Comisiones empeora en los labios de Juan Rosell, el líder empresarial español que no se atreve a decir si Cataluña debe ser independiente. Su tartamudeo se acentúa al valorar una convocatoria que en su voz torpedea “la recuperación” ¿Cómo explicarles lo que se pierde con una huelga general a quienes lo tienen todo perdido? Y los trabajadores supervivientes esgrimen una lista de reclamaciones tan extensa que no puede ser abarcada por el paro, una cita que comparte esterilidad con las incontables cumbres de la Unión Europea.


    El desfallecimiento de la huelga a medias acarrea más problemas de los que resuelve. No marca el fin de las protestas, sino su multiplicación. Las manifestaciones, con su envoltorio de espontaneidad, desbordan en acogida a un paro que acaba siendo tan ordenancista como el horario laboral. La mutación no perdona a la izquierda. Se ha adueñado del cerebro desconcertado de Rubalcaba, cuando predica con el piloto automático que se está dejando “a mucha gente en la cuneta”. Al error de apropiarse literalmente de una expresión de Rajoy, se suma el pecado de proclamar una sociedad de castas, con superiores que rescatan a inferiores. Se suponía que la socialdemocracia eliminaba esa distinción,  mediante los mecanismos –educación y sanidad– que evitaban la evolución de la desigualdad inevitable hacia el desequilibrio insoportable que impera hoy.


    La desconfianza en la huelga contrasta con la victoria de la calle unánime, al enfrentarse contra el PP/PSOE y la Banca en los desahucios que descargan la crisis sobre “la gente en la cuneta”. La interrupción de los procedimientos es un triunfo revolucionario, que avanza asimismo la mutación que se produce cuando el número se vuelve cualitativo y legislativo. Los argumentos de los partidos hegemónicos sobre la inviolabilidad del aparato de eyección han  quedado reducidos a su dimensión mentirosa. Su situación no ha empeorado, porque sólo uno de cada cinco ciudadanos confía aún en sus siglas.


    A mayor indignación, menor participación en una huelga que no puede frenar una crisis avanzada. El abandonismo se refugia curiosamente en quienes no han parado. La desmoralización de trabajadores y consumidores, alentada por el miedo a la pérdida del empleo, no es el estímulo más recomendable para vender un producto en régimen de competencia global.

     

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