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Soy David Laguía, redactor del diario Levante-EMV. Aficionado y amante del deporte, me gusta no ver sólo el resultado, sino lo que hay detrás de él. Me puedes seguir en Twitter en @davidlaguia

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Brasil celebrará en verano de 2014 el Mundial de Fútbol. Pero hasta entonces, cientos de selecciones han quedado por el camino en cuatro años plagados de partidos que guardan muchas historias. Ahora, como aperitivo de lo que será la cita mundialista, ya podemos gozar de la Copa Confederaciones en el...


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  • 12
    Junio
    2013

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    Una copa capricho de un rey

    Brasil y Japón darán el próximo sábado en Brasilia el pistoletazo de salida de lo que será el preludio del próximo Mundial de 2014: la Copa Confederaciones. En cada edición, esta competición gana relevancia, pero aún así es considerada por muchos, habitualmente por los perdedores, como un trofeo menor. Sin embargo, para quien la saborea se convierte en el refrendo de una magnífica trayectoria. Es por eso que, aunque todos simulen que la miran de reojo, realmente quieren ganarla.

    Han pasado ya casi 21 años desde que en octubre de 1992, el rey Fahd de Arabia Saudí organizara bajo su propio nombre (Copa Rey Fahd) un torneo futbolístico internacional con el objetivo de reunir a los campeones de cada continente. Esta Copa Rey Fahd fue la primera piedra, fastuosa y a la vez exótica, de lo que ahora es la Copa Confederaciones.

    A principios de los 90 el fútbol de alto nivel todavía era, básicamente, cosa de europeos y sudamericanos. En el resto del mundo, sobre todo en África, habían aparecido algunos futbolistas interesantes que acabarían recalando en el Viejo Continente. Sin embargo, todos los campeonatos mundiales de fútbol se habían celebrado hasta entonces en Europa o en América Latina, con el añadido de que también copaban todos los campeones y subcampeones de la competición.

    No obstante, la globalización ya permitía que este deporte tan popular despertara interés en otros puntos del globo terráqueo; entre ellos el mundo árabe, a cuyas élites no les faltaba el dinero… ni tampoco las ganas de gastarlo. Lo intentó Marruecos, pero se quedó a las puertas de albergar el Mundial de 1994, que acabó acogiendo Estados Unidos. Fue entonces cuando el rey Fahd de Arabia Saudí tomó el testigo y se lanzó a organizar un torneo internacional de selecciones. Todavía no podía adivinar en lo que se convertiría dos décadas después.

    No comenzó sin dificultades. La competición empezó como si de un bolo veraniego se tratara, aunque se celebrara en pleno otoño. A la cita tan sólo acudieron Argentina, como campeona de la Copa América; Estados Unidos, como vencedor de la Copa Oro de la Concacaf; Costa de Marfil, ganadora de la Copa África; y Arabia Saudí, organizadora. La ausencia de una selección de Europa, viejo bastión del balompié, dejó huérfano el torneo.

    Con ese cartel, Argentina -subcampeona mundial- no debía tener problemas para hacerse con el título. Costa de Marfil y Arabia Saudí no contaban con ninguna presencia mundialista. Estados Unidos, que venía de un ridículo absoluto en Italia’90, apostaba por el experimentado Bora Milutinovic de cara al Mundial que le esperaba dos años después.

    Con el formato de semifinales y final, a la albiceleste le bastó con dos victorias cómodas para lograr el título, 4-0 a Costa de Marfil y 3-1 en la final a la anfitriona Arabia Saudí. Aquella selección comandada por Alfio Basile se mostró netamente superior con hombres de la talla de Batistuta -máximo goleador del torneo junto al estadounidense Murray- Caniggia, Fernando Redondo, Simeone o el portero Goycoechea. La guinda para el rey Fahd la habría puesto Diego Armando Maradona, pero acababa de salir de una sanción de 15 meses alejado de los terrenos de juego al dar positivo por cocaína en un control antidopaje.

     

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