D.M. | SANTA CRUZ DE TENERIFE
La tragedia que la gripe de la modorra causó entre los guanches no ha tenido parangón en la historia de Canarias, sobre todo por la proporción de afectados: al menos la mitad de la población indígena. Pero hubo otras epidemias que sin llegar a esas proporciones, sí causaron enormes estragos. Ese fue el caso de los primeros años del siglo XVIII, "una época calamitosa".
Así lo describe Manuel Hernández, profesor de Historia de América de la Universidad de La Laguna, en su libro Enfermedad y muerte en Canarias en el siglo XVIII. Según el autor, en 1701 Santa Cruz de Tenerife sufrió una epidemia de fiebre amarilla o vómito negro importada de Cuba. "Extendida por toda la Isla, causó más de 9.000 muertos". Añade que la de 1703 no fue menor. La originó el tobardillo o tifus exantemático, "por el que murió buena parte de la población de Santa Cruz". No había medios medicinales para combatir los males y la única medida era la interrupción de los contactos con las zonas contaminadas.
Los puertos eran al mismo tiempo una amenaza y un negocio cada vez más boyante para las minoritarias clases adineradas. Por eso los gobernadores, en connivencia o como parte de esas capas pudientes, se resistían a tomar medidas contra una inminente amenaza. Aparte de las cuarentenas, las otras soluciones eran rezar, sacar las imágenes en procesión, levantar ermitas, expandir fuego de enebro alrededor de los hospitales o quemar las ropas de los enfermos.
A las élites sociales les importaba poco la peor plaga jamás conocida, el hambre, porque no se contagiaba. Por eso sólo eran drástricos con los cordones sanitarios siempre que la enfermedad ya estuviera sobre ellos. Relacionaban la pobreza con las epidemias. ¿Qué decidieron? Aislar a los pobres para minimizar los riesgos de contagio.