ANTONIO ÁLVAREZ DE LA ROSA (*)
Se puede habitar en el continente y seguir viviendo en una isla existencial. No rodeada de mar, sino del líquido amniótico de la experiencia, del agua con que hayamos ido llenando el pozo de nuestra biografía. La retina literaria de una escritora como Nivaria Tejera está abierta y llena de mar y de sol, del Atlántico al Caribe, pero también de su encierro tras La Barrera fluídica o París escarabajo, el aislamiento del exiliado. Sobre islas, sintetizadas en el nombre de pila, ha construido nuestra escritora su edificio narrativo y poético. María Hernández-Ojeda así lo sostiene en un libro de reciente aparición -Insularidad narrativa en la obra de Nivaria Tejera: Un archipiélago trasatlántico, Editorial Verbum, Madrid, 2009-, un estudio documentado y bien escrito, dos ingredientes que, unidos, son un bien escaso.
Hace algunos años que vengo siguiendo los trabajos y los esfuerzos de la profesora grancanaria, actualmente en el Hunter College de Nueva York. Denodado trabajo el suyo, porque los que conocemos la obra de Nivaria Tejera sabemos muy bien la larga y sostenida conspiración, mezcla de silencio por parte de la crítica oficial española y de ahogo entre los brazos tentaculares de la dictadura castrista, fruto de la cual es la relativa marginalidad en que se sigue manteniendo en España la obra de la escritora cubano-canaria.
Al analizar su primera novela, Hernández-Ojeda lo resume muy bien: "A pesar del papel relevante que este texto ocupa en las letras hispanas, la crítica -excepto en Canarias- no ha rescatado El Barranco del limbo literario en el que se le ha emplazado durante casi cincuenta años". (Al arriba firmante le cabe el honor de haber conseguido que la primera edición de esta novela en Canarias se publicara en Edirca). Ni el tan prestigioso Premio Biblioteca Breve Seix Barral, concedido en 1971 por un jurado de altos vuelos críticos como el compuesto por Luis Goytisolo, Juan Rulfo, Pere Gimferrer y Juan Ferraté, pudo servirle de trampolín para el reconocimiento de su primera novela y de Sonámbulo del sol, la obra premiada. Tampoco el haber sido finalista del VII Premio Internacional de Novela Plaza y Janés por Espero la noche para soñarte, Revolución ha logrado abrirle un hueco en el circo mediático de la crítica literaria española.
Tanto es así que, cinco años después de aparecer en Francia, fue publicada en una editorial de Miami. De la misma omertà sufre su quinta novela, Buscando otro nombre al amor. No es ese el caso de la francesa que, ya desde hace medio siglo, saludó, en la pluma de muy prestigiosos críticos y escritores, su voz traducida. Entre otras, opiniones como las de Samuel Beckett, Maurice Nadeau, Claude Couffon, Geneviève Bonnefoi o Max-Pol Fouchet deberían haber bastado para, al menos, desgarrar la telaraña del silencio que se ha tejido en torno a su obra y así "recuperar la figura de esta escritora caribeña en su contexto tricontinental y atlántico", como advierte la autora del estudio reseñado (p.19). Sin embargo, es cierto que, últimamente y poco a poco, la obra de Nivaria Tejera ha comenzado a ser más estudiada, es decir, divulgada, en el ámbito de la lengua española. Lo demuestran, por un lado, el número monográfico, correspondiente a los años 2005-2006, que le dedicó la revista Encuentro de la cultura cubana y en el que colaboraron destacados críticos como Maurice Nadeau, Claude Couffon, Jorge Rodríguez Padrón, Rafael Rojas o la autora de este ensayo que reseñamos. Magnífica entrevista, además, de Pío Serrano, su director, que consigue, por la vía de la escritura, que Nivaria Tejera desvele muchas de las claves de su obra ("Sí, Cuba, Canarias, dos zonas de mi imaginario secreto, caudal de espejos rotos y recompuestos sin cesar en los que me miro, secretamente, para no parecerme sino a mí misma"). Y, por otro, las Jornadas que, en honor de la escritora cubano-canaria, se celebraron en marzo de 2008 en el Hunter College de Nueva York.
El enjundioso estudio de María Hernández es el primero con carácter global, porque abarca toda su obra, desde la narrativa a la poesía. Creo que, en adelante, será de imprescindible consulta para quien quiera ahondar en cualquiera de esos aspectos. Está dividido en cuatro grandes apartados. El análisis de El Barranco ocupa el primero, el barranco como sima política, social y emocional por la que se precipitan los habitantes de la isla de Tenerife en cuanto comienzan a resonar, a mediados de 1936, las botas de los soldados por las calles de La Laguna. El segundo está dedicado a Sonámbulo del sol, esa novela ya casi inencontrable en la que, sin embargo, se encuentra la soledad somnolienta y errabunda del ser humano en la ciudad. El tercer enfoque versa sobre Fuir la spirale (Huir de la espiral), obra que aparecerá muy pronto en la ed. Verbum con prólogo de Rafael Rojas. De nuevo el exilio, pero esta vez en el epicentro de París. Y, por último, Espero la noche para soñarte, Revolución, una novela que no lo es, un texto que, solo con la horadante arma de la escritura, socava y destripa los cimientos de todas las dictaduras. En resumen, una obra ineludible desbrozada por el foco luminoso de este análisis.
(*) Antonio Álvarez de la Rosa es catedrático de Filología Francesa de la Universidad de La Laguna.