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LITERATURA

Félix Francisco Casanova y el sexo del agua

08-02-2010  
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Prácticamente ha quedado en el limbo de los libros La memoria olvidada, aquel magnífico volumen editado en Hiperión en 1990. Una portada gris, con letras blancas y foto en la mitad inferior servían de antesala a lo insólito. Se trataba, la foto de portada, del rostro de un adolescente, de un efebo de cabello largo, ojos rotundamente claros y piel pálida: uno de esos muchachos cuyo físico se encuentra entre el ángel salvaje de la infancia y el animalillo instintivo de la juventud.

SERGIO BARRETO HERNÁNDEZ (*) Prácticamente ha quedado en el limbo de los libros La memoria olvidada, aquel magnífico volumen editado en Hiperión en 1990. Una portada gris, con letras blancas y foto en la mitad inferior servían de antesala a lo insólito. Se trataba, la foto de portada, del rostro de un adolescente, de un efebo de cabello largo, ojos rotundamente claros y piel pálida: uno de esos muchachos cuyo físico se encuentra entre el ángel salvaje de la infancia y el animalillo instintivo de la juventud. Probablemente Stendhal, de haber existido en nuestra época, hubiera arremetido contra esa belleza revulsiva y, probablemente, la reacción del joven Félix Francisco Casanova, habría sido un poema, una criatura a medio camino entre el arrebato surrealista y la melancolía de una balada rock, pasando por el ensimismamiento del poeta que de todo hace un misterio: Yo soy mi propio abuelo/viendo mi infancia jugar, /y la noche es un polvo de amor negro/que estalla en mi boca/al besar el espejo.
Hijo de Félix Casanova de Ayala, poeta de indiscutible solidez y fundador, junto a Carlos Edmundo de Ory, del postismo, el joven Félix Francisco puede y debe ser considerado como una de las figuras más enigmáticas de la poesía en lengua castellana. De obra turbadora, si no fuera por la reveladora permeabilidad de su diario escrito en 1974, e injustamente sometida a décadas de ostracismo por los circuitos editoriales y la cultura geriátrica, la poesía de Félix Francisco Casanova, a la manera de un Dylan Thomas o un William Blake, bebe de las fuentes de la revelación como forma de conocimiento y, efectivamente, llega al más allá, a ese otro lado: Suelo quedar dormido/mirando la luz de una vela,/en mis sueños la llama incendia la noche/que cae como el telón al final de una tragedia,/el fuego sigue creciendo como un niño interminable,/... Es precisamente ese otro lado, su búsqueda (El invernadero), su encuentro (La memoria olvidada) y su exploración (El don de Vorace/Una maleta llena de hojas/Agua Negra), el mecanismo de coherencia de su poética y, también, el factor que la tiñe de una atemporalidad inquietante, como si nuestro autor se adentrara en un trance oracular fuera de todo tiempo y todo espacio; un viaje del que va extrayendo palabras cuyo magnetismo, ora perverso ora sutil, nos conduce a nosotros, los lectores, a percibir un estremecimiento febril y una nostalgia semejante al que se levanta del lecho y no recuerda sus sueños: Los charcos sucios con brotes de flor de la mañana/son la memoria del vencido.
No obstante, este viaje al que nos impulsa no es mera superficie, no se limita a la construcción caprichosa de poemas genuinos con finales arrolladores; Félix Francisco Casanova nos atrapa para situarnos, desde su estado de gracia perpetua, en el odio de Rimbaud, en la estupefacción de Serguei Esenin, en la certeza lumínica de Bashoo, en los juegos a medio camino entre el grito y la lírica del postismo... es decir, nos hechiza: La luz oscila alrededor/del lugar elegido/miles de velas ciegan la entrada al reino/cortan las últimas salidas.
Lector voraz, en su nutricio diario Yo hubiera o hubiese amado nos percatarnos de cómo su estructuración cultural iba emparejada a su vida íntima, de cómo la buena música, los amigos y las chicas suponían, como lo supone para todo joven, uno de los pilares maestros de su delicado y satisfecho ser. Leer el diario es verificar el desconcierto que destila su creación. Intercala fragmentos de maravillosa frivolidad vital: Me llamó otra vez la tal Pili: dice que su hermana Mari Carmen (me la describe como morena, alta, guapa y desgarbada) está loca por mí, que necesita tenerme..., con inauditos golpes de profundidad visionaria: En el centro había un pedestal dorado con una quesera de cristal y dentro un trozo de luz (que luego supe que era el sexo del agua). Y es que Félix Francisco es uno de esos creadores cuya obra adquiere calibre específico con los datos de su vida y, sobre todo, con su espeluznante final, del que se ha especulado demasiado y nada, en realidad, se sabe. La tesis del accidente debido a un escape de gas mientras nuestro joven se daba un baño parece ser la oficial, lo que nos lleva, sin sensacionalismos, a una perspectiva aterradora. Revisitar su creación desde ese punto supone atestiguar que su escarceo con el más allá no era, ni mucho menos, actitud estética, sino un auténtico buceo por las entrañas órficas de la realidad, algo que, nosotros, los escépticos, los hijos de la prisa, somos incapaces de ver. Porque en nuestro autor la recurrente temática en torno al fin carece del tormento adolescente tan propio de la edad. Félix Francisco va más allá. La muerte en el agua y el contacto con lo etéreo son piedras tangenciales de su irracionalidad creativa, puntos de cohesión que, junto a la noche, la luz artificial, el mar y la amistad, transen sus poemas; veamos, por ejemplo: Las fotografías/de hermosos jóvenes muertos/en trajes de baño/son casi siempre/el más perfecto/de los recuerdos. O bien: Ya no será tan fácil deslizarse/por la húmeda lengua del crepúsculo/alzar el vuelo con los cuerpos trenzados/y respirar por una misma boca.
Sí, durante décadas el mundo de la cultura ha olvidado su presencia, como si se tratara del hijo pródigo del que nadie habla quién sabe por qué. Ahora, por fortuna, resurge con el ímpetu de nuevas ediciones, resurge, insisto, para demostrarnos que la poesía, la auténtica, la que proviene de los hechiceros, la que surgió en la noche de los tiempos, aún recorre el mundo a la manera de una corriente de agua subterránea, una corriente que, a veces, le arrebata el alma a su creador para, como dijo alguien, convertirla en poema: Los sueños son/circunferencias perfectas:/estás dentro/o fuera./Como el sexo de mujer:/imposible merodearlo/sin hundirse en él.

* Escritor

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