SEVERO SERVANDO
En la entrega anterior de El buey sobre el tejado, publicada el pasado 16 de enero, me referí al aislamiento que presenta el Festival de Música de Canarias con respecto a una gran parte de la población (si bien se podría asimismo decir que se trata de algo que le ocurre al mundo de los conciertos de música clásica en general), incluidos aquellos sectores que en cambio sí se relacionan fluidamente con otros aspectos de la realidad cultural que nos rodea. Al final del escrito me preguntaba cómo sería posible aumentar cuantitativamente el número de receptores de estos conciertos incrementando el interés de los ciudadanos por este tipo de eventos y a la vez cómo eludir cierto hastío intelectual o falta de capacidad de agitación emocional que afecta a la corriente interpretativa más difundida (o mainstream) en el mundo de la música clásica, algo que afecta precisamente a su poder de captación sobre esos sectores que en la pasada entrega llamábamos, con cierto rubor, la intelligentsia local y cuya captación supondría una mejora también cualitativa del perfil del oyente medio que aparece estos días por el Auditorio.
Bien, en lo que se refiere a este segundo aspecto deben manejarse dos variables. Por un lado parece obvio que el público de mentalidad burguesa y acomodaticia que acude a un concierto esperando un "ocio relajante" desea que el programa se componga de "obras conocidas". Esta cuestión es relativamente fácil de manejar y no hay necesidad de suprimir nada, bastaría con introducir una sutil variación; poniendo un ejemplo concreto entenderá mejor lo que quiero decir: Si se programara la quinta sinfonía de Beethoven con una orquesta especializada que usara instrumentos históricos y criterios de estilo acordes a su época, la partitura dejaría de sonar envuelta por una suave gasa de sonido mainstream y recuperaría su carácter original, ganando en capacidad de atraer a los espíritus inquietos sin ahuyentar a los habituales, quienes al fin y al cabo ya "conocen" la obra. Esta estrategia ya ha funcionado en otras ciudades europeas (y usted se preguntará: ¿Cuántas veces se ha interpretado en Tenerife la Quinta de Beethoven así, tal cual fue escrita? La respuesta es sencilla: Nunca. La música de cámara, el lied o el recital de un solista aterrorizan habitualmente a los programadores ante la posibilidad de que la sala presente una desoladora cantidad de butacas vacías. Combatir tal circunstancia entronca con aspectos de difusión que trataré algo más adelante, pero no estaría de más permitir abonos flexibles para que las personas realmente interesadas en esos conciertos "diferentes" pudieran adquirir las entradas a precios competitivos. Se trataría de que alguien pudiera "diseñar" su abono (un precio más reducido por un número determinado de entradas) eligiendo, pongamos por caso, el cuarteto de cuerda, el recital de lied, el estreno contemporáneo y el repertorio romántico con criterios de estilo e instrumentos históricos. Puede que entonces un público distinto ocupe esas butacas vacías.
En cuanto a ampliar cuantitativamente el número de receptores potenciales de los conciertos, hay un aspecto básico a considerar: Un error crucial en el que pueden caer fácilmente un grupo cultural, una fundación o una organización responsable de un evento costoso es el de creer que el resto de la sociedad también centra habitualmente su mirada en aquellos aspectos de su microcosmos particular que para ellos constituyen elementos del máximo interés. La realidad suele ser muy diferente, claro, incluso en los casos que presentan cierta relevancia y tradición, y si mañana dejaran de existir la Real Sociedad Económica de Amigos del País o la Real Academia Canaria de Bellas Artes de San Miguel Arcángel (y elijo estos nombres sólo por poner un ejemplo de instituciones de marcada autoestima, no piense que es por su sonora cadencia) prácticamente nadie, más allá de sus miembros, se percataría. Incluso podría aventurarse que la vida cultural local apenas se vería afectada y, sin embargo, quienes las componen dedican gran atención y largas conversaciones a sus aconteceres internos. El Festival de Música de Canarias es un fenómeno mucho más reciente, no se trata de una institución como las mencionadas que porta el peso de una inercia centenaria, lo sé, y además su fin último es la organización de conciertos públicos, con lo cual su proyección exterior acompaña de forma intrínseca a cada acto que organiza.
Pese a ello, resulta evidente que las personas involucradas en las tareas de mayor responsabilidad o capacidad de decisión en el organigrama del mismo también han caído presas de esa percepción distorsionada de la trascendencia social de sus acciones. De lo contrario, no se explica que no se realice un mayor esfuerzo de difusión que pueda profundizar de manera más significativa en el tejido social. No se trata tanto de un tema de presupuesto económico como de imaginación, pero el primer paso es tomar plena conciencia de esa necesidad.
Si se desea que la población deje de percibir el Festival de Música como algo muy costoso pensado sólo para unos pocos, debe crearse en los ciudadanos una sensación de satisfacción y orgullo de que se celebre, motivada por la excelencia de sus propuestas. Las técnicas publicitarias y los medios actuales para divulgar una información de tal índole ayudarían sin demasiada dificultad a consolidar dicha sensación, a la vez que a incrementar el nivel de interés y de asistencia. Hay que asumir que mucha gente no tiene una idea demasiado clara de en qué consiste el Festival, ni han podido disfrutar de cómo un concierto en directo influye en la sensación subjetiva de la calidad de vida. Intentar solucionar algo así resulta práctico desde un punto de vista económico y moral desde un punto de vista ideológico. Ya hace demasiado tiempo que la mayoría de los responsables políticos de la cultura parecen recrear sin fin la frase de Karl Kraus: No tener ideas y expresarlas.