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LA HERENCIA DE UN CONTEMPORÁNEO

PRIMERO, EL HOMBRE

25-01-2010  
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Compartir un libro es un riesgo, pero también un placer que se despliega en ondas que pueden llegar a otras orillas, desconocidas o no. Y es lo que me ha ocurrido tras la lectura de El primer hombre, la última novela inconclusa, de Albert Camus, publicada ahora en España. Treinta y cuatro años después de su muerte trágica (todas pueden serlo, claro, pero quizá más las brutalmente ejecutadas por la guadaña absurda del automóvil), aparecieron estas páginas frescas, sinceras, sin aspavientos, búsqueda del tiempo pasado.

ANTONIO ÁLVAREZ DE LA ROSA (*) Compartir un libro es un riesgo, pero también un placer que se despliega en ondas que pueden llegar a otras orillas, desconocidas o no. Y es lo que me ha ocurrido tras la lectura de El primer hombre, la última novela inconclusa, de Albert Camus, publicada ahora en España. Treinta y cuatro años después de su muerte trágica (todas pueden serlo, claro, pero quizá más las brutalmente ejecutadas por la guadaña absurda del automóvil), aparecieron estas páginas frescas, sinceras, sin aspavientos, búsqueda del tiempo pasado: "El tiempo perdido solo se encuentra entre los ricos".
Es posible que Camus se sintiera inquieto al comprobar la rara y rotunda unanimidad con que ha sido acogido este libro. Fue siempre un extranjero en su país no natal, siempre molesto moscón de las férreas conciencias ideológicas de uno y otro bando intelectual en la Francia que se lamía, endulzándolas a veces, las heridas bélicas y políticas de la posguerra. Como ya uno solo cree en las casualidades de la loto, es posible que el actual aplauso generalizado de intelectuales y políticos ante su obra y su ejemplo sea la consecuencia de nuestra deriva social. Me temo que más que leer o releerle, analizar su obra, demasiados se complacen, emocionados, en liquidar el pasado inmediato, la figura de un hombre que, por encima de todo, defendió la honradez, la responsabilidad y la solidaridad. (El Camus periodista se agiganta en estos días). De ahí la risa y el crujir de tripas cuando uno oye a ciertos personajes relevantes de la política española apropiarse de Camus como una de sus fuentes nutrientes…
En medio del reconocimiento triunfal, no todos han tenido la valentía de Juan Goytisolo. Hace casi exactamente tres meses y en un artículo aparecido en El País, el novelista, al comentar con entusiasmo El primer hombre, hacía pública su reconversión camusiana, el arrepentimiento por su duradero error: ha tardado treinta años en cambiar de opinión. Aunque reconozca que también es humana la aptitud para enmendarse, no deja de resultar inquietante que un escritor como él, tan acostumbrado a pisar la calle política, haya carecido durante tres décadas del olfato necesario para, por lo menos, intuir que la obra de Camus no era una pose. Si su novela hubiese sido publicada inmediatamente después de su muerte, Goytisolo no hubiera opinado lo mismo. Pertrechado tras ideológicos chalecos antibalas, los progresista de la época le criticaron azotándole dialécticamente por sus denuncias de los totalitarismos (el de Franco y el de Stalin), por su postura sobre la independencia de Argelia, su desacralización del marxismo ("El marxismo es una doctrina de la culpabilidad en cuanto al hombre, de inocencia en cuanto a la historia"). Primero, el hombre.
Los que pretendieron enterrarle en vida, se despiertan hoy con el despertador de su escritura y con el estruendo producido por la caída de convicciones pétreas. La actitud no dogmática que mantuvo el autor de La Peste en tiempos borrascosos y tajantes era la única posible para que el altavoz de sus ideas no fuera desenchufado rápidamente por el devenir de las circunstancias históricas. Una de las moralejas que se extrae del citado artículo: a un autor hay que juzgarlo por sus textos, no por sus actos que siempre podrán ser interpretados a la luz de determinados focos políticos, históricos, éticos.
También a mí me ha emocionado esta novela. Me parece, dicho sea de paso, que quienes no conozcan a Camus deben abordarlo por este cabo sin acabar. Con las bridas de su escritura bien retenidas, nos introduce, sin demagogias, en ese mundo que nunca dejó de ser el suyo: el profundo origen mediterráneo, la pobreza en su raíz: "la miseria me impidió creer que todo está bajo el sol y en la historia; el sol me enseñó que la historia no lo es todo". Emocionan las callejuelas de su infancia, el mar, la escuela pública, los juegos, oasis de verdor lúdico en medio de una existencia llena de penurias. O el retrato silencioso de una madre sentada ante la ventana, simbólica madre además que ya empezó a ser célebre a raíz de la criticada, por no entendida, frase de Camus en su discurso de recepción del premio Nobel. Su ataque al terrorismo de cualquier signo que se desarrollaba en Argelia y que hoy de nuevo ataca, lo resumió así: "Si un terrorista tira una granada en el mercado de Belcourt frecuentado por mi madre, y la mata, seré responsable en el caso de que yo, para defender la justicia, haya defendido asimismo el terrorismo. Amo la justicia, pero también amo a mi madre". Clarividencia que no le perdonaron, discurso que deberían aprenderse de memoria los violentos que no cesan.


(*) Artículo publicado por el catedrático de Filología Francesa de la Universidad de La Laguna, Antonio Álvarez de la Rosa, en La Gaceta de Canarias (4-XII-1994).

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