EZEQUIEL PÉREZ PLASENCIA (*)
Una primera y algo apresurada lectura de La caída puede conducirnos a creer que estamos ante un autorretrato burlesco, confesión calculada o defensa irónica de su autor, pero la relectura despaciosa de esta magistral novela breve nos guía hacia lo inesperable: la lucidez emanada de ella y la posteridad han colocado en su sitio esta pieza narrativa excelsa. La contemporaneidad y hondura de esas ciento veinte páginas han sido remarcadas por la necesidad casi imperiosa de volver a ellas en estos tiempos, lo cual en parte, y por otro motivo que no viene al caso, nos distancia de algunos críticos y estudiosos relevantes que afirman categóricos la influencia de Las cartas de inframundo de Dostoievski. Camus nunca ocultó las fuentes de las que bebía (ahí están sus Carnets para demostrarlo), y en esta ocasión nos fiamos más de Suzanne Agneli y de nuestro propio criterio: las modificaciones que aportaba el gran narrador sobre la marcha al texto han configurado una obra menos personal, más universal de lo pensado en principio; y por ello algunos nos mantenemos incólumes en esa manera de entender la improvisación creativa como requisito valioso a la hora de emprender un trabajo de fuste y perdurable.
Amor, mujeres, causas nobles, miseria, libertinaje, justicia, Dios, cristianismo, abogacía, sufrimiento, enfermedad, dolor, señoritismo, suicidio, soledad, guerra, muerte, olvido, mediocridad, fracaso, sordidez, política, memoria, libertad… Prácticamente todos los temas de la literatura son tratados con una solvencia intelectual y un poderío narrativo inigualables. Sartre y los suyos atacan, no sin argumentos, y el juez penitente Jean-Baptiste Clamence (en una taberna de Ámsterdam) repone a cada una de las ofensas con convicción, experiencia, desenvoltura y un estilo límpido que seduce y asombra. "El alcohol y las mujeres me procuraron el único consuelo del que yo era digno" y "El hombre no puede amar sin amarse" pueden parecer frases machistas o intrascendentes pero devienen, a día de hoy (2010), en proféticas. En el texto de la contraportada de la primera edición, firmado con sus iniciales, Camus nos ofrece alguna que otra explicación: "[…] ¿Dónde empieza la confesión y dónde la acusación? ¿El que habla en el libro hace su proceso o el de su época? ¿Se trata de un hombre particular o un hombre del presente? En todo caso, una sola verdad en ese juego estudiado de espejos: el dolor y lo que promete."
Una poderosa daga de culpa atraviesa la novela en forma de impotencia para salvar a una mujer que se ahoga, hecho sublimado por Clamence con un perspicaz existencialismo absurdo, si se nos permite esa expresión. Que cada lector juzgue… El personaje rehúsa en dos o tres ocasiones la propuesta para la concesión de la Legión de Honor. "En fin, nunca hice pagar a los pobres y no fui proclamándolo a los cuatro vientos", lo que en un principio crea semejanza con otro "maldito" genial, el Céline en Viaje al fin de la noche, que ejerció la medicina en un hospital para enfermos desamparados en Clichy. El estilo de Camus en esta pieza es menos vitriólico que el de Céline, pero tan irrespetuoso con las buenas maneras y valores establecidos. Al respecto, cuenta Manuel Vicent en un aguijador ensayo, ambos escritores se conocían y merodeaban el teatro de la Ópera en una especie de cacería de bailarinas de ballet cerca del teatro de la Ópera. Aunque lo sabían casi todo el uno del otro, nunca llegaron a saludarse, por antagonismos políticos irreconciliables. Fue Camus quien dijo: "Pese a todo, en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio". Parafraseando la última frase del primer tomo de sus diarios, lo que cierra el paso abre el camino. Es más, nos atrevemos a suponer que Camus leyó una exquisita sentencia de Céline: "Lo sublime sale de la fatiga y la soledad".
La realidad personal y social que se retrata en esta joya camusiana que es La caída nos ayuda a transitar con paso sereno en el infierno globalizado en que vivimos, las alternativas no difieren demasiado de las tomadas por el autor: refugio en uno mismo, en las mujeres, en la soledad de las parejas (que diría Dorothy Parker), el estar precavidos ante hipócritas que tienen "el perdón en la boca y la sentencia en el corazón" (capítulo 5). En el último capítulo Clamence-Camus se permite, cómo no, soñar. ¿Soñar con qué? "Con un amor completo, con un amor de todo el corazón y todo el cuerpo, amor de día y de noche, en un abrazo incesante, en el que gozara y exaltara durante cinco años. Después, la muerte. ¡Ay!". Ese sueño se nos antoja hoy complejísimo, y ha quedado planteado casi taxativamente. Surge sin convocarla una duda: ¿el verdadero libertinaje es liberador? Despejada de inmediato, lo en verdad placentero ha sido releer sin prisa esta extraordinaria ¿novela corta? Porque una de sus enseñanzas fundamentales se encuentra asentada en la perseverancia, tenacidad y resistencia que precisamos para alcanzar el logro de admirar la belleza de una obra, creada además tras caer su autor en las turbulentas aguas de la depresión, en esa visible oscuridad tan bien descrita por William Styron y tan elegantemente transitada por Albert Camus.
(*) Ezequiel Pérez Plasencia es escritor y periodista.