JEAN DANIEL (*)
Es evidente que cada vez seremos menos los que conocimos a Albert Camus, los que le oímos hablar de Sartre y a Sartre de él. Desde 1960 y cada diez años, tengo siempre la impresión de haberlo dicho todo, pero siempre descubro que he olvidado lo esencial. Sencillamente, hoy creo haber encontrado en Camus las verdades que necesito en el otoño de mi vida. La misma necesidad de rebeldía contra el absurdo, pero también la misma aversión por el deseo de revolución. A ello se añade ahora esa "fuerza de vida" que, con la perspectiva del final, conduce a un intenso y verdadero culto del instante.
¡Sartre y Camus! Entre el cincuentenario de su muerte y el centenario de su nacimiento en 2013, hoy solo se habla de Camus. Cuando nació este periódico, hace cuarenta y cinco años, dudaban que Camus fuese un filósofo. A mi alrededor, algunas risas burlonas acompañaban mis evocaciones del autor de El exilio y el Reino y de El primer hombre. Desde entonces, no han cesado de descubrirle y se ha convertido en un maestro tras los estudios de René Girard y de Paul Ricoeur. Para quienes trabajan sobre Sartre y Camus añado algo más. Hace poco, hallé lo que puede ser clave. Recordemos la saeta de Sartre en el histórico conflicto sobre El Hombre rebelde, cuando escribió: "Pues bien, mi querido Camus, nos ha revelado que Hegel y yo tenemos algo en común y lo cierto es que usted no ha leído ni al uno ni al otro". No era verdad. Camus había leído con mucha atención y admirado El ser y la nada. Respecto a Hegel, si no lo había leído todo e incluso si lo había leído mal, comprendió lo suficiente el fondo como para rechazarlo. Cuando más adelante le preguntaron porque prefería a Kierkegaard, respondió con contundencia: "Porque es el anti-Hegel". Es una respuesta que merece ser analizada. Porque para Hegel, como es sabido, "lo real es lo racional y la Historia es la hija bastarda de la violencia". Kierkegaard, sin embargo, se indignaba de que se pudieran emprender los caminos de la razón para divinizar la Historia, esa "partera de la violencia".
Fue el honor y el sol de mi juventud entre 1947 y 1957. Cuando obtuvo el premio Nobel, me sentí feliz como si hubiera sido de mi familia. Le escribí que mi admiración y mi afecto seguían inalterables y que, cada vez que consideró que me equivocaba, nunca volví a estar seguro de tener razón. A su regreso a París, me encontré en casa una nota que se acaba con esta frase: "Lo importante es que usted y yo estemos desgarrados". Desde entonces, he tenido tiempo de reflexionar sobre cada una de esas palabras. "Lo importante" se puede traducir: lo más esencial. "El desgarro" se puede traducir: la desavenencia entre dos verdades. Lo que significa que, para Camus y para Dostoievski, la verdad no es un absoluto, sino que debe ser buscada en la felicidad, el tormento y la contradicción. En todo caso, concedía que la verdad podía no estar solo de su lado. Que la compartía conmigo.
(*) Resumen del artículo de Jean Daniel, aparecido el día 19 de noviembre de 2009 en la revista Le Nouvel Observateur.
Carta de Jean Daniel a Antonio Álvarez de la Rosa, 4-XII-2009
Jean Daniel
Querido señor: le confirmo que me he sentido muy impresionado por los términos que ha elegido para justificar mi intervención. Nada me sería más agradable que una estancia tan amistosa en una región para mí aún desconocida. A quienes tienen la bondad de seguirme invitando, he de recordarles la edad, la mía, cosa que tienen la amabilidad de olvidar. Esta edad no me impide escribir textos, artículos y libros. Respecto a las conferencias, el inconveniente es el de la imprevisibilidad, es decir, el de la imposibilidad de decir, un mes antes, en qué estado me encontraré. La honestidad me obliga a prevenir a mis anfitriones sobre los inconvenientes porque, tras haber aceptado la invitación, puedo verme obligado a anularla.
He hecho varios viajes por Europa y acabo de regresar de los Estados Unidos. Todo ha ido muy bien. Los organizadores parecían muy satisfechos. Sin embargo, he tenido que anular una solemne invitación a Barcelona y la ceremonia se transformó en una emisión en video que, por supuesto, no podía contentar a los oyentes.
Prefiero informarle de esta dificultad. Dicho de otra manera, si es valiente y corre el riesgo de mantener la invitación, debería prever un sustituto.
Le agradezco, de nuevo, los términos que eligió para expresar sus sentimientos hacia mi persona y le ruego que crea en mi más atenta consideración.