SEVERO SERVANDO
Pues sí, a poco que esté informado de la actividad cultural postnavideña en nuestras islas ya sabrá que aproximadamente después de Reyes comienza el Festival de Música de Canarias. Teniendo en cuenta el presupuesto y la infraestructura que demanda, sorprende la escasa penetración en el tejido social que muestra pese a sus veintiséis años de existencia. Da igual que usted sea una persona interesada por la cultura, asidua a exposiciones y eventos varios, lectora incansable y cuantas cualidades quiera añadir. El peculiar universo que gestiona lo que llamamos "música clásica" no parece especialmente interesado en llamar su atención. Eso sí, le aseguro que no se trata de un fenómeno local sino de algo bastante generalizado a nivel internacional. Ello me lleva a realizar ciertas consideraciones que abarcarán dos entregas de El Buey sobre el tejado, aunque espero que el obligado intermezzo entre ambas no aumente la ansiedad con la que espera esta página cada dos semanas.
Una cuestión básica es que una parte de la población interesada en la cultura contempla a la música clásica como un objeto de consumo orientado hacia una clase social adinerada y burguesa, un ornamento amable, un ocio de calidad al servicio de una actitud vital intrínsecamente conservadora, por lo que desecha -absurdamente, debo decir- acercarse a conocer sus contenidos. Por otra parte, es cierto que un porcentaje significativo del público habitual de esta música no frecuenta otras manifestaciones culturales, acude a los conciertos por hábitos sociales y familiares o incluso, como ocurre con festivales como el nuestro, porque se reparten entradas entre diversos colectivos profesionales de supuesta relevancia social. Repito que se trata de un fenómeno internacional, aunque es más notorio en lugares como Canarias, donde la burguesía y la clase política son en general notablemente incultas. Por y para esta clase de público se desarrolló durante el siglo XX una manera de concebir la interpretación musical bastante ajena a muchos de los rasgos de estilo de las obras implicadas, pero muy adecuada para contentar una demanda de espectáculo avalado por una condición prestigiosa de "alta cultura". Es lo que se llama el mainstream de la música clásica.
Ese concepto de mainstream ("corriente principal" si tradujéramos más o menos literalmente), depurado meticulosamente para complacer a un público acomodaticio de mentalidad y moralidad burguesas, convertido en objetivo principal -y casi único- a la hora de comercializar en vivo o en disco este tipo de música, constituye el mayor obstáculo cuando llega el momento de plantearse cómo conseguir que la música clásica forme parte de la cultura contemporánea. En la segunda mitad del pasado siglo, personajes sobrevalorados hasta la extenuación, como por ejemplo el director de orquesta Herbert von Karajan, se vanagloriaban de ejecutar con el mismo "sonido" un repertorio que abarcaba desde el Barroco hasta Stravinski. ¿Se imagina al público o a la crítica especializada aplaudiendo a rabiar a un director de escena o a un actor que no diferenciaran entre Calderón y Samuel Beckett? ¿Ovacionando a un bailarín que apenas variara su enfoque entre una obra de Lully y otra de Bartók? Y sin embargo es lo que ha ocurrido con la música sinfónica ante la mirada complaciente de la mayoría. Lo digo sin reparos, uno de los mayores atentados cometidos a lo largo del siglo XX contra la creación artística, contra una muy sofisticada forma de búsqueda de la belleza como la que aludimos, ha sido el intento de reducción de la gran tradición de la música clásica occidental, de todo su contenido implícito de intelecto y de emoción, de búsqueda y reflexión, de transgresión y rebeldía (sí, no lo dude, son cualidades esenciales de la música), de sensualidad o ascetismo, al marco de un repertorio canónico que suaviza cualquier arista emanada de las partituras, al de un museo imaginario que reúne una serie de obras conocidas y respetadas según ciertas jerarquías (a veces irracionales, pero no hay espacio para profundizar en ese tema) e interpretadas bajo unos criterios que velan para que nada resulte ni demasiado rápido ni demasiado lento, ni demasiado forte ni demasiado piano, dibujando en suma un objeto sonoro que no perturbe la escucha relajada de un público que difícilmente encontrará en él algún destello de intensidad inesperada que le ayude a cuestionar las rutinas de su cotidianeidad.
A partir de esta idea volvemos a las dos cuestiones básicas que emanan de la reflexión inicial. La primera de ellas sería: ¿Es posible alterar la condición de cuasi aislamiento que presentan los eventos de música clásica con respecto al resto del mundo de la cultura? Hablamos de atraer a aquellas personas interesadas en la literatura, las artes escénicas, la plástica, el cine y los lenguajes de la música popular urbana. Se trataría de integrar en los mencionados eventos a una parte importante de la intelligentsia local -si se me permite la pedantería del término- ajena a los mismos. El conseguirlo sin expulsar por ello a un porcentaje demasiado alto del público habitual sería un logro importante en el camino de reforzar la penetración en el tejido social mencionada al principio del texto. En una situación óptima el siguiente paso sería atraer también a otras capas, llamémoslas populares, de la población; así dejarían de ver determinadas manifestaciones culturales como algo sólo apto para unos pocos elegidos que cuentan con el nivel educativo o económico exigido. Al arte y al pensamiento se puede acceder desde variados estados de la condición humana y el contacto con ellos supone un aumento de la calidad de vida, una apertura de los horizontes vitales y un enriquecimiento de la capacidad de juicio crítico.
La segunda pregunta básica se refiere al procedimiento: ¿De qué manera podría difundirse mejor la interpretación en directo de música clásica y a la vez combatir el hastío intelectual que provoca el mainstream? La próxima entrega estará dedicada a esta cuestión.