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el vuelo de ícaro LXXXII

EL ALBA QUE SOÑAMOS

 
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Viene Jorge de Arco adensando y ciñendo su poesía, en sus últimos libros, en torno a símbolos cada vez más concretos mediante los que explora, analiza y trabaja las distintas posibilidades del elemento elegido, que es interpelado por el poeta hasta descubrir, llevándolas al límite, sus múltiples tensiones, sonidos y posibilidades. Y lo hace, sin dejar de rescatar para su oficio, como es ya seña de identidad reconocible y consolidada desde su primera entrega, el gusto -que hay que agradecerle- por un lenguaje rico y elegante que maneja con esmero, y una morfología cada vez más libre, pero nunca exenta de una poderosa y hábil estructura musical.

AUTOR: FEDERICO GALLEGO RIPOLL Jorge de Arco
La casa que habitaste
Premio Internacional de Poesía
San Juan de la Cruz
Madrid. Col.Rialp, 2009.

Viene Jorge de Arco adensando y ciñendo su poesía, en sus últimos libros, en torno a símbolos cada vez más concretos mediante los que explora, analiza y trabaja las distintas posibilidades del elemento elegido, que es interpelado por el poeta hasta descubrir, llevándolas al límite, sus múltiples tensiones, sonidos y posibilidades. Y lo hace, sin dejar de rescatar para su oficio, como es ya seña de identidad reconocible y consolidada desde su primera entrega, el gusto -que hay que agradecerle- por un lenguaje rico y elegante que maneja con esmero, y una morfología cada vez más libre, pero nunca exenta de una poderosa y hábil estructura musical.
Los versos, dispares en construcción y desarrollo, en amplitud y ritmo, generan su propia cadencia, que no es artificiosa ni pretendida, sino que mana de la sabia disposición con que han sido dispuestos, hallando el cauce adecuado para su fluir más armonioso. La impecable factura denota la madurez de un poeta que ha encontrado, y sabe utilizar con eficacia, su propia voz.
Si en La constancia del agua, su libro anterior, tomaba como símbolo elemental el de una hidrogonía transmutadora e iniciática, La casa que habitaste, reciente Premio San Juan de la Cruz, se establece como un presente conformado por recintos concéntricos que desnudan poco a poco al poeta a medida que la luz decrece, desde el sol brillante de la infancia al tenue fulgor de un alba que no llega. Protagonista es la inexorabilidad del tiempo, que evidencia lo irreversible de su tránsito, y subraya el inevitable declive tras la plenitud, iluminando los perfiles de estancias y sentimientos disueltos: el tiempo que deshace la vida y que transcurre como viaje poético al que somos acompañados a través de la memoria, la ausencia, el desamor, la culpa, el luto y la soledad de quien se erige como casa, como escenario pleno del poema y de su aliento vital. Concretado el texto como ceremonia de constatación de la pérdida, como expiación, es la voz desnuda del poeta la única luz que permanece sobre el ara central, la piedra más oscura, deshabitándose.
La estructura es simple: tres partes numeradas, como piezas que comprenden un total de ocho poemas, algunos de ellos articulados en dos o tres fragmentos; el cuerpo del libro aparece precedido de un introito y cerrado con una coda, también dividida. Se diría que atravesamos el aire de la casa, que vamos percibiendo tiempos y sensaciones, que se nos permite contemplar, en los poemas fragmentados, el interior de un pozo donde el aire detenido es el único resplandor posible. Lo que cada libro tiene de trayecto es, en este caso, limitado a la lenta visita a un ámbito que fue, que sigue siendo en cuanto fue, y que de ambas certezas nos hace participar como habitantes circunstanciales.
Hay una Poesía generadora de futuro y otra compiladora de espacio. La que transcurre dentro de las paredes de esta casa metafórica que es el propio poeta, nos implica en su rito de purificación (nombrar, que siempre es generar, también es en ocasiones disolver) trasluciendo nuestra propia fragilidad a través de la manifestada en los poemas, porque todos discurrimos en la misma corriente, y es función del poeta devolvernos, con la suya, parte de nuestra experiencia, lograr que en sus palabras tenga también cumplimiento nuestra razón más profunda.
Van revelando los poemas el hueco de una realidad donde el día no acontece, aunque se ansíe, y es con esa luz del mientras tanto, difusa, acuosa, herida, con la que el poeta construye el pequeño universo que confirma la inevitabilidad del quebranto, pero donde también libera y comparte el sentimiento como ensayo de restauración de la esperanza: la suya y la nuestra, porque "hay que esperar sin llanto / que de nuevo amanezca /y un sol grande y distinto/ nos conforte…".
No hay misterio: el poeta, que abre el libro indicando "A veces la memoria es una casa por habitar", para concluir en el poema final, paradójicamente, que "Nunca estuve en la casa que habitaste/, porque yo era esa casa, y tú, quizás, / la que no estuvo nunca", ya anticipaba este discurso cuando en De fiebres y desiertos (2000), aludía a "la casa llovida de mis años". Siempre se regresa al lugar donde estuvo el amor, aunque sea a través de esa lluvia. Y Jorge de Arco, que consigue con sus palabras enmarcar el vacío, regresa con este libro a su mejor Poesía, la que nunca dejó de acompañarle ni de acompañarnos.


LUZ SEDIENTA

Crepitan esta noche entre mis manos
la luz sedienta,
el verbo amante,
la desnuda madeja de tu cuerpo…,
y a resguardo del sueño, resucito
la súbita avaricia de tu carne,
los jirones de luna diurna y nuestra.

Ahora,
la soledad reclama su lugar y su instante
y la misma agonía que respiran
las ruïnas recientes de mis párpados,
recorre los cimientos de este hogar,
de esta conciencia
de cal y llanto.

Me asomo al ventanal de la memoria
y la lenta alborada me devuelve
el río ardiente de tus pies descalzos.
Entonces, el pasado, pareciera
no haberse ido,
no haber disuelto
la amante ceremonia del gozo en nuestros labios.
Pero ya sin remedio tus palabras golpean
los resquicios del alma,
y el eco de tu voz
se derrama en la sábanas del tiempo
desde el instante aquel en que dijiste
"Mi corazón ya late en otra casa".

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