EZEQUIEL PÉREZ PLASENCIA (*)
Elijo dos palabras claves en la vida y obra de Camus como título de estas líneas que, seguro, aportarán poco o nada a la ingente cantidad de palabrería escrita desde el comienzo de este año con el motivo que todos sabemos. Es tópico leer por enésima vez que aquel calor que imperó en su infancia le vedó cualquier resentimiento o que todo cuanto sabía sobre la moral y las costumbres de los hombres se lo debía al fútbol o que los admiradores de Sartre lo rodearon con un cordón sanitario que ni siquiera logró salvar con el Premio Nobel y lo marcaron como un marginado entre los intelectuales franceses, por no hablar de su abrigo y el cigarrillo siempre en los labios que lo asemejaban a Bogart, ni de sus artículos en Combat contra el lanzamiento estadounidense de la bomba atómica sobre Hiroshima, sus críticas de los fascismos alemán y español y los campos de trabajos forzados en la Unión Soviética de Stalin.
"En lo hondo del corazón, no me siento humilde sino ante las vidas más pobres o las grandes aventuras de la mente. Entre ambas hay una sociedad que me mueve a risa", dejó escrito en el bello prólogo a El revés y el derecho. Fue a partir de ese momento cuando comenzó una seducción que me condujo a prácticamente toda su obra y algunas biografías (la suya pergeñada por Herbert R. Lottman, la de Sartre escrita por Annie Cohen-Solal... por mera necesidad de cotejar diferentes versiones) hasta recalar en la magnífica e irreverente interpretación de Edward W. Said en Cultura e imperialismo, donde no sale muy bien parado el autor de La caída y El mito de Sísifo, sus mejores obras junto a los Carnets, esa especie de diario intelectual en que anota sus lecturas, reflexiones, proyectos y posicionamientos. "La pasión más fuerte del siglo XX: la servidumbre", escribe al final del segundo tomo. "No estoy hecho para la política, puesto que soy incapaz de querer o aceptar la muerte del adversario", afirma con bonhomía o ingenuidad un poco antes. Pero como le hace decir al personaje principal de su última novela, "nadie es hipócrita en sus placeres".
Pese a todo, o por todo, Camus fue un artista angustiado, conflictuado, anárquico, poliédrico, desordenado y obsesivo, de ahí la riqueza de sus producciones, la heterogeneidad de su discurso, la soledad inherente a todo corredor de fondo en esa carrera de larga distancia que es la república de las letras. Su temprana muerte descolocó incluso a sus adversarios, y Sartre compuso un texto sumamente elogioso para quien, sin pretenderlo, le había disputado la hegemonía de la elite parisiense. Sin duda, la honda receptividad de Camus se vio dañada por la virulencia de las arremetidas tras El hombre rebelde, y su dolor se refleja en la novela citada, donde el protagonista se acusa con severidad para luego utilizar el mismo rasero con los demás, la sociedad de su tiempo. Era un polemista a la vieja usanza: sólo discutía ideas y en todo momento rehuyó el cicatero "cuerpo a cuerpo". Desprovisto de pavoneo, maledicencia y "orejeras ideológicas", confiaba sus impresiones y pesares a su diario: "Admiten el pecado pero niegan el perdón, lo único que los excusa es lo terrible de la época".
Existencialismo, sensibilidad ética y una admirable capacidad de pensamiento hicieron que transitara por el periodismo, el ensayo, la narrativa y el teatro con una soltura y brillantez deslumbrantes, solidarias y, a qué negarlo, envidiables ante la mayoría de sus colegas. Nos queda su obra, que lo sitúan entre los mejores escritores del pasado siglo, un mito, con todo lo sublime y, paradójicamente, precario que esa expresión contiene, con la soledad y el sufrimiento al fondo. El análisis que realiza Edward Said de El extranjero concluye así: "Lo que Camus expresa es esa desolación y esa tristeza de las que no nos hemos recuperado y que todavía no hemos acabado de comprender". La anterior es una de esas frases que se nos quedan imborrables en la memoria, como esta otra del pensador argelino-francés: "No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía". Me detengo aquí para que no sobren palabras, porque "un hombre lo es más por las cosas que calla que por las que dice".
(*) Ezequiel Pérez Plasencia es periodista y escritor