SEVERO SERVANDO
Pero eran bellas. Eran la única belleza, la última magia. Breavman sabía lo que sabía, que sus cuerpos nunca morirían. Todo lo demás era ficción. Lo que contenían era la belleza. Las recordabas a todas, no había perdido nada. Las adoraba. Cantaba mentalmente una loa a medida que subía por una calle hacia la colina.
Sí, se ha reeditado recientemente en España El juego favorito (The Favorite Game, 1963) de Leonard Cohen. Ya había aparecido con anterioridad en 1974 y en 1998. Tres editoriales para tres ediciones; no parecen haberse establecido relaciones muy sólidas entre las empresas del libro españolas y el carismático escritor y músico canadiense, pero realmente no es algo que deba importarnos demasiado si la obra vuelve a las calles. Menos suerte tendría si quisiera adquirir en castellano Los hermosos vencidos (Beautiful Losers, 1966); no me diga, por cierto, que no se trata de un título bello y sugerente. Su segunda novela apareció en nuestro país en 1975 y, eso sí, conoció cinco ediciones hasta 1983. Ahora, para leerlo, tendría que buscarlo en una biblioteca, rastrear en un mercadillo o en una librería de viejo o bien pedirlo prestado. Intente otra vía (vamos, corra al ordenador) y verá que tengo razón.
Probablemente la reedición de El juego favorito obedezca a una intención comercial, al deseo de aprovechar el imprevisto -que no inmerecido- impacto mediático obtenido por su última gira de conciertos, una demostración sin paliativos de talento, capacidad creativa, elegancia, saber estar y honestidad artística. Si por algún extraño motivo nunca ha escuchado a Leonard Cohen, deje de leerme y apresúrese a buscar un disco suyo; pero volviendo al tema, seguramente se trata de una operación calculada, repito, aunque me tiene sin cuidado. El libro merece esta reaparición. En la anterior entrega de El Buey sobre el tejado mencioné el arraigado prejuicio y las sospechas de diletantismo que existen en ciertos círculos hacia los músicos con vocación literaria. Bien, no voy a repetir la opinión que tal actitud me merece, pero sí puedo recordar, más allá de lo absurdo del prejuicio en cuestión, que Cohen publicó poesía y novela antes de dedicarse a la música, con lo cual su faceta de escritor fue la primera manifestación pública de sus inquietudes artísticas.
Con El juego favorito nos encontramos ante una obra impregnada de fuertes tintes autobiográficos, una historia iniciática de aprendizaje vital para un joven judío de Montreal, Lawrence Breavman, hipersensible adolescente con vocación de escritor que conocerá hasta cuatro formas de extrañamiento por parte del entorno, de lo que es sentirse de alguna manera como un marginado pese a su procedencia de una clase media lo suficientemente respetable: Como incipiente artista bohemio en una sociedad de mentalidad provinciana, como angloparlante entre una mayoría francófona, como judío entre católicos y como "impío" entre los judíos por no practicar la religión de sus padres.
Al igual que en sus canciones y poemas, en las novelas de Cohen aparece una fuerte vocación de recrear la acción y de describir el entorno en pocas palabras, con frases cortas y certeras que sin embargo evitan cualquier exceso de sequedad o de minimalismo expresivo con una marcada habilidad para evocar sensaciones y experiencias emocionales de manera clara y elocuente. Un sentido del humor cómplice con el lector, pero también sutilmente amargo, es asimismo uno de sus rasgos destacados.
La búsqueda intelectual y emocional de Breavman/Cohen, el ansia por lo bello y lo sensible encuentra una manifestación tangible en la fascinación por el cuerpo y la mente de las mujeres que va conociendo. Como el ingeniero Bertrand Morane en la perturbadora película de François Truffaut L´Homme qui aimait les femmes (1977), Breavman ama en cada mujer a todas las mujeres, cuanto más se fascina por una más desea a todas las demás en una especie de culto, no sólo sensual, al eterno femenino que lo redime de la angustia de una cotidianeidad sin sentido y le sirve, en cierto modo, de anclaje ante los abismos interiores a los que se asoma durante el proceso de autodescubrimiento y de aceptación de la realidad que lo convierte definitivamente en un adulto.
Por el cuerpo de Heather, que dormía y dormía. Por el cuerpo de Bertha, que se dobló con manzanas y una flauta. Por el cuerpo de Lisa, antes y después, que olía a veloces carreras y a bosques. Por el cuerpo de Tamara, cuyos muslos lo habían convertido en fetichista de muslos. Por el cuerpo de Norma, erizada y húmeda. Por el cuerpo de Patricia, que aún no había explorado bien. Por el cuerpo de Shell, que era tan dulce en su memoria, del que amaba, mientras caminaba, los pequeños pechos sobre los que escribió y su cabello tan negro que brillaba azul.
De algún modo lo esencial de Cohen ya asoma en El juego favorito. La descarnada poética que late en una prosa sobria y directa, salpicada a veces de imaginativas disgresiones de vocación casi pictórica, remite en su esencia al universo íntimo de soledad, rebeldía, melancólico sensualismo y cierta perplejidad ante un mundo demasiado contradictorio que emana de sus canciones. No aparece aquí una intención literaria claramente experimental como en Los hermosos vencidos, con sus planos narrativos superpuestos, su desdoblamiento de personajes y la sombra de un triángulo sentimental que resulta inquietante en la medida en que ni siquiera sabemos si es real o uno de sus vértices no es más que una proyección emocional de los interrogantes vitales de los otros dos. En su primera novela el autor elige transitar por un camino de apariencia más convencional para construir un objeto narrativo que es a la vez la historia de un personaje (en gran medida su alter ego) y el retrato duro, pero sin rencor, del marco social donde se desenvuelve.