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El buey sobre el tejado

De Música y Literatura I: La muerte de Bunny Munro

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De Música y Literatura I: La muerte de  Bunny Munro
De Música y Literatura I: La muerte de Bunny Munro 

Le toca la bocina a una pareja de bolleras sorprendentemente atractivas que le muestran el dedo corazón, y Bunny se ríe imaginándoselas en plena faena con los consoladores; luego ve a una patizamba con trenzas que lame una barrita azulgrana de caramelo, a una chica ataviada con algo indescifrable que le da el aspecto de haberse embutido en la piel de una trucha y a una niñera o algo así inclinada sobre un cochecito desvelando la reluciente blancura de sus bragas: Bunny exhala aire entre sus dientes y aporrea la bocina.

SEVERO SERVANDO Le toca la bocina a una pareja de bolleras sorprendentemente atractivas que le muestran el dedo corazón, y Bunny se ríe imaginándoselas en plena faena con los consoladores; luego ve a una patizamba con trenzas que lame una barrita azulgrana de caramelo, a una chica ataviada con algo indescifrable que le da el aspecto de haberse embutido en la piel de una trucha y a una niñera o algo así inclinada sobre un cochecito desvelando la reluciente blancura de sus bragas: Bunny exhala aire entre sus dientes y aporrea la bocina.

Sí, son palabras de la nueva novela de Nick Cave, The Death of Bunny Munro. La crítica británica no ha ahorrado elogios para esta desolada historia de soledad y fracaso narrada con una brillantez que fluctúa entre la melancolía de un lenguaje con vocación poéticamente enfermiza y el humor negro de un esperpento que explora todos los matices del término kitsch. Nada extraño en ello, Y el asno vio al ángel (And the Ass Saw the Angel), su anterior entrega novelística, ya fue declarada Libro del Año por varias asociaciones de críticos en lengua inglesa cuando se publicó en 1989. Hablamos de un autor que acumula varios premios por sus guiones cinematográficos y que es responsable de varias piezas teatrales de culto en los ambientes de vanguardia de lugares como Nueva York, Londres, Berlín y diversas ciudades de su Australia natal. Además, basta con prestar atención a las letras de sus canciones para descubrir una fuerte impronta literaria. Aquí está la clave para sus problemas de recepción como escritor en España (seguramente existen otros países en los cuales ocurre lo mismo, no lo niego, pero el caso español es el que conozco). Un músico de rock (tal vez de cualquier otro estilo, sobre todo si se trata de música popular urbana) no puede ser un escritor "serio", todo lo más un tipo con cierto nivel cultural que hace algún guiño de diletante a la literatura y al que se le publica debido a su popularidad (en realidad músicos como él no suelen ser "populares" en España, pero quienes pontifican así, seres superiores sin duda, no diferencian entre alguien como Cave, un concursante de Operación Triunfo o una figura pintoresca de la televisión local).

No le quepa duda de trata de un prejuicio muy arraigado. Cómo se va a comparar a un rockero (palabra tan usada como absurda por ser absolutamente inadecuada e inexacta) con alguna de las figuras que comentan libros en tertulias radiofónicas sin haberlos leído (yo sí leo mucho, debo decir, y he descubierto más de una vez cómo se hablaba de una novela deduciendo su trama del texto de las solapas, sin que se correspondiera con el contenido real) o que disertan con suficiencia sobre lo divino y lo humano desde las páginas de algún suplemento de la prensa dominical (para las cuales, ironías del destino, han sido contratados por ser "populares"). Repito, hablamos de un prejuicio firmemente arraigado y por ello no tengo ni espacio ni ganas de intentar desmontarlo, pero desde luego sí que estoy decidido a dedicar mi atención, cuando el caso lo merezca, a las entregas literarias de autores que normalmente relacionamos con la música.

La noche es terciopelo azulón y la luna un balón de alabastro y los planetas y estrellas se derraman por los cielos a puñados y racimos como monedas de oro. La brisa transporta un intenso olor de salmuera que sopla del océano y habla secretamente a la multitud de mujeres que caminan por la vía pública bajo iluminación sódica...

La novela de Cave es sugerente e imaginativa, pero a la vez provoca un intenso desasosiego en el lector. Aquí no nos encontramos en un paisaje rural de pesadilla poblado por una comunidad de fanáticos religiosos proclives a la violencia física y moral como en Y el asno vio al ángel. Se trata de un ambiente de luces de neón, playas frecuentadas por bañistas de clase media baja o proletaria, cafeterías decoradas con colores chillones y complejos vacacionales concebidos con un gusto tan dudoso como el que solemos encontrar en los de nuestra propia isla. En ese marco asistimos al desmoronamiento, en todos los sentidos, del desquiciado protagonista.

Bunny Munro, siempre con un rictus sonriente, tupé y luciendo camisas de fantasía, se desplaza en un Fiat Punto acompañado de su hijo de nueve años; su mujer se suicidó días atrás y no sabe qué hacer con el crío. Ambos vagan por carreteras secundarias, hoteles baratos y establecimientos de hamburguesas de áreas comerciales abrumados por su incapacidad de comprender qué ha ocurrido y por la incómoda sensación de que la esposa/madre desaparecida ha decidido viajar con ellos. Vendedor a domicilio de productos de cosmética, Munro recorre el entorno de Brighton, en la costa sur de Inglaterra, visitando desvencijados bloques de apartamentos, urbanizaciones de entorno degradado y viejas casas solitarias para desplegar, ante amas de casa de clase trabajadora y envejecidas -mental y físicamente- de manera prematura o ante ancianas solitarias necesitadas de un rato de conversación, toda la gama de muestras de cremas y geles para la piel que porta en su maletín, al tiempo que habla sin parar elaborando un discurso cada vez más delirante fruto de sus recurrentes obsesiones sexuales y de una percepción de la realidad progresivamente distorsionada.

El logro de Cave es convertir esta trama en el retrato inmisericorde de la soledad en un entorno urbano contemporáneo, de la vulnerabilidad de la infancia -doblemente presente en el personaje del hijo y en los recuerdos del propio Munro- y de la inviabilidad de los momentos felices salvo como un sueño de carácter terminal, todo ello adoptando no un lógico tono dramático, sino el de un relato alucinatorio que oscila entre la risa y el horror.

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