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ELENA MORALES Tras unos meses de incertidumbres y poca actividad debido a la indomable "crisis", la lagunera Sala Conca toma carrerilla para la celebración del 40 aniversario de su nacimiento, que se cumple en 2010, e inaugura el próximo viernes, 18 de diciembre, a las 23:00 horas, una espectacular individual de pinturas al óleo de la joven promesa Patricia Delgado. La muestra, titulada Luces y Sombras, podrá contemplarse durante todas las navidades y cerrará sus puertas el 30 de enero. Esta artista -que ya ha expuesto en otras ocasiones en la galería más longeva de las islas- regresa ahora a este espacio con gran ímpetu, fuerza y seguridad en sí misma, para ofrecer unas obras más conscientes y reflexivas, que dejan atrás el componente azaroso de sus primeras piezas, y ponen de manifiesto, con mayor claridad, su manera de entender la vida y el arte.
Bajo una estética un tanto agreste y unas imágenes colmadas de ambigüedades, Patricia Delgado plasma en sus cuadros su particular percepción de la vida, una visión llena de Luces y Sombras, optimismo y escepticismo, poesía y provocación, imaginación y realismo. La pintora tinerfeña ha ido creando, a lo largo de los últimos años, un potente imaginario poblado de iconos personales que ya la identifican, como los juguetes (en su constante alusión a la infancia), las telas (en forma de sábanas tendidas, cortinas, retales o atuendos), las cuerdas o cintas (símbolo de una transición entre dos estados), los mapas sobre los cuerpos desnudos… o sus siluetas, esos personajes vacíos de detalles y, por tanto, despersonalizados y universalizados, con los que logra que cada cual pueda identificarse.
Gracias a las metáforas, los símbolos y, en general, una bien calculada retórica plástica la pintora narra en imágenes -y siempre de forma camuflada- sus pensamientos más profundos y desvela, sin desnudarse al completo, su intenso mundo interior, mientras reflexiona sobre la infancia, la naturaleza, "los durmientes", las consecuencias de las guerras y una sociedad en la que abunda la hipocresía.
Son muy variados los métodos que utiliza Patricia Delgado para criticar los aspectos que le desagradan de la realidad actual. Así, en el cuadro titulado Global, la pintora refleja cómo el interior puro que todos tenemos ha tenido que disfrazarse -con una vestimenta y un peinado adecuados a la moda imperante- y adoptar el rol que queremos o que se espera de nosotros para sobrevivir en una determinada cultura. El dolor que causa este fingimiento se agudiza en el cuadro titulado Sabina, pues el personaje -esa chica que lleva de la mano a su muñeca- no sólo da la espalda a la sociedad, sino que aparece herida por varios clavos hincados en su cuerpo.
La hipocresía de la sociedad a la que alude Patricia Delgado nos obliga muchas veces a cerrar los ojos, para hacer caso omiso a los juicios de los otros y así intentar ser un poco más libres. Esta idea queda perfectamente capturada en uno de sus cuadros más sugestivos. El personaje, autorretrato de la pintora, utiliza sus manos para dejar de ver lo que no quiere ver. Su única arma es ella misma. Ni siquiera su ropa -un frágil camisón- la protege y sólo la acompañan un puñado de harina o arena blanca (símbolo de la pureza y la humildad) y un cuervo, alegoría de esa sociedad que siempre observa con miramientos y juicios de toda índole.
Patricia Delgado se autorretrata, igualmente, subida de cuclillas a una silla ubicada sobre un charco de colores. Su actitud ante este hecho es de curiosidad, desconcierto y cierto temor. Se trata de una obra inteligente, que rezuma poesía. Y como si de una secuencia narrativa se tratara, la ficción visual de este cuadro continúa en otro con un desarrollo inesperado: el charco cromático ha desaparecido y en su lugar han proliferado unos troncos con claras connotaciones fálicas. Ahora la protagonista los mira impasible, con cierta indiferencia, y se autoprotege, agarrando sus piernas con sus brazos, como si no quisiera saber nada de ellos.
Más personal y metafórico es el cuadro considerado por la artista como su Autorretrato propiamente dicho, y que además se titula Mi alimento. Este lienzo, el de mayores dimensiones de la exposición, contiene -por triplicado- uno de los iconos que la identifican desde hace tiempo más que su propia firma: la muñeca de cuerda recortable y reducida a su silueta, con un dintorno diferente en cada caso. Representa las tres facetas principales en las que se divide su quehacer plástico: el dibujo, el grabado y la pintura, que constituyen "las cosas que me llenan". Completan la composición, al fondo, trece débiles troncos de árboles pelados, sin ramas ni hojas, sobre un terreno árido y sin vegetación, que se pierde en el horizonte para lindar con un pálido cielo de amanecer.
Y es que Patricia Delgado suele ubicar sus ficciones visuales en escenarios irreales y sencillos, a veces planos, y de tonalidades neutras, grisáceas o lánguidas, a fin de que no resten ni un ápice de protagonismo a las situaciones o argumentos planteados. En cambio, sus motivos principales, casi siempre en primer plano, se revisten de cromatismos vivos, como el rosa, el verde esmeralda y el amarillo limón, pero especialmente el rojo en toda su gama -del carmín al bermellón-, que, en sus cuadros alude al dolor, o "algo que hierve, que está ahí latente, algo a tope, violento, en ebullición o palpitando. Un sentimiento que te tiene atrapada y que está latiendo, aunque no tiene por qué ser siempre negativo. Para mí, es una manera de expresar esas cosas que nos perturban…", explica la pintora.
Incomodar al espectador
El arte de Patricia Delgado sienta sus bases en una honda introspección filosófica; una indagación personal o "búsqueda" que le permite conocerse mejor a sí misma y crecer interiormente. No obstante, todo ello no significa que la creadora no tenga presente al espectador en el momento de idear sus obras: "Yo pinto para mí y para los demás. Pinto porque he elegido este camino, pero mentiría si dijera que pinto para que nadie lo vea. Siempre intento ser fiel a mí misma. No sigo modas. Si quiero disfrutar de lo que pinto, tengo que hacer lo que quiero. Y si no me cuenta nada el cuadro, no puedo pintarlo, me bloqueo". El principal objetivo de esta artista -que sobre todo trabaja "con las emociones"- es expresar "algo que haga pensar a la gente", y para lograrlo, no duda, si es necesario, en tratar de "incomodar al espectador". Así, por ejemplo, con este fin, Patricia Delgado se ubica frente a una carnicería tradicional, donde la carne pende del techo de forma antiestética: "Un trozo de carne colgando a nadie le gusta, aunque todo el mundo se lo come, es algo que desagrada…" En analogía con esta idea, tampoco faltan cuadros que retratan escenarios ásperos y desapacibles, como el basurero de neumáticos, maderas viejas y otros desperdicios, donde -sin embargo- resplandece un pequeño triciclo en aparente buen estado; el vertedero al borde de una carretera donde ha sido abandonada una mecedora; o el ambiente desterrado de su óleo Zarnoza, en el que "el barco está varado en la tierra y no es más que un recuerdo de lo que fue, lo mismo que la silla vacía y rota en la espera…", según la artista.
Patricia Delgado desafía, igualmente, al contemplador mediante unas obras que adquieren cierto cariz surrealista y en las que representa situaciones chocantes, con elementos fuera de su contexto habitual. Esto sucede en uno de sus paisajes, sobrevolado por un extraño pájaro rojo. Este ave vuela, pero no es libre porque está atada por una cuerda y es sutilmente manipulada (como si de una cometa se tratara) por una mano que la dirige desde detrás de la extraña cortina que ha asaltado el entorno y la naturaleza. No menos extrañeza produce observar a una indefensa sardina, junto a sus vísceras, en una jaula estropeada y de hierros oxidados y torcidos.
La infancia es una de las cuestiones en las que Patricia Delgado viene incurriendo desde hace tiempo, pues "te permite jugar con una interesante dualidad: el ser inocente y a la vez travieso, o incluso ruin; eso de hacer algo mal pero sin querer, pero en realidad queriendo sin conocer sus consecuencias…". Por eso, nunca sabremos qué es lo que observa ensimismada esa niña que mira tras una tela de rayas azules tendida en el jardín, o qué esconde ese muchachito engalanado con chaqueta y pantalón corto grises a rayas, que lee afanosamente un libro en un ambiente tan recóndito como asfixiante y en el que no falta el dolor, simbolizado a través del opresivo color rojo. La fragilidad y la curiosidad propias de la infancia quedan también patentes en el cuadro titulado Paja, donde sobresale el desorden de viejos trozos de maderas y otros objetos cargados de simbologías, como la pequeña escalera que acompaña a la chiquilla descalza; y en su versión personal de Alicia en el país de las maravillas, donde la joven, con su inseparable osito de peluche, está apunto de abrir la puerta a un mundo de fantasía.
Esta artista siente una especial predilección por los "durmientes": "Me gusta la gente dormida. Esa sensación de que te dejas ir, de descanso, que no se sabe adónde te lleva". Así, en la exposición que ofrecerá en la Sala Conca, retrata sucesivamente a unos niños descansando junto a los vestigios de una construcción derruida y ametrallada en un paraje abandonado; una niña tumbada sobre una hiedra y un peligroso estanque; o un mendigo en la remota India, con los ojos cerrados y su mano extendida hacia el espectador. Pero el objetivo de Patricia Delgado es, ante todo, inquietar al espectador, hacerle dudar sobre el estado real de sus protagonistas; y es cierto que al observar con detenimiento a los yacientes de sus lienzos uno empieza a preguntarse: "¿Están realmente dormidos o …muertos?".
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