PATRICK BENCOMO WEBER *
Ya el motivo central, la existencia de canarios en el mundo concentracional nazi, es un elemento revulsivo, pues acostumbrados a la leyenda popular de que en Canarias no hubo Guerra Civil, estas víctimas de la amnesia colectiva reivindican, desde su individualidad, tantas biografías truncadas por el fascismo nacional y europeo. Federico, Pedro y Guillermo son también Francisco, Isabel o Vicente que desaparecieron en un barranco, en una sima, en las tapias de un cementerio o en las laderas del Teide. Conectar el Lager con Fyffes no es un juego de estilo, es un acto legítimo de memoria y responsabilidad artística. Pero también lo es vincular estos dos ejemplos de lógica totalitaria con los "democráticos" centros de retención de la avanzada Europa, la represión en Tinduf, las masacres contra los palestinos…Y tantos mundos concentracionales que hoy en día son meras entradillas informativas.
¿Cómo hablar de ello? ¿Cómo narrar la desposesión de toda dignidad humana? ¿Cómo hacer del acto teatral un testimonio sin desvirtuar su naturaleza escénica, es decir, ficcional? La gran dificultad proviene de la grandeza terrible del acontecimiento: no cabe aquí una narración coherente puesto que los testimonios serán siempre fragmentarios, incoherentes, sobrehumanos (imágenes documentales, fotos en sepia, cartas sin destinatarios, diarios rescatados, palabras sueltas). El poeta Paul Celan, una de esas víctimas, escribió antes de suicidarse que ni el propio Dios sería capaz de dar fe de este episodio, sólo podría balbucearlo: "… él osaría/ si hablase de este tiempo, él / osaría / sólo balbucear y balbucear,/ ya sin poder/ parar nunca, nunca/ más, más".
Otras víctimas, como Primo Levi, que también intentaron dar fe, terminaron suicidándose ante la magnitud del hecho y lo poco que aprendió el ser humano de ello. Ante esta dificultad hemos intentado que el montaje refleje, a su vez, este caos de dolor. Por un lado, mezclando el oratorio profano con las imágenes de la cotidianeidad de la vida de estos canarios en el campo de concentración. Esto permite la narración escénica y el distanciamiento documental; la trama dramática y la relación fría y veraz de la Historia. Por otro lado, superponiendo en un mismo tiempo histórico (el de la obra) la guerra civil española, la europea, la de los inmigrantes en su día a día, la colonial saharaui, la de oriente medio y todas las que fueron, son y serán.
Esta mezcolanza de voces, tiempos y espacios, a modo de polifonía macabra, quiere incomodar a los que creen que viven en el mejor de los mundos, a los que pretenden que el teatro es fundamentalmente parte de la crónica social, a los que desde despachos o instituciones se autocomplacen en hablar del teatro como problema estético. En contrapartida, se dirige a los que se preguntan qué sentido ha tenido tanta vida rota, tantos seres sacrificados a la mayor gloria de los sistemas políticos, económicos o a las cadenas de televisión. Se dirige a los que no pueden disociar estética de ética. En suma, se dirige a los que no quieren olvidar que hubo uno vez alguien que subió a un tren, a un camión, a un avión, bien a culatazos, bien encapuchado, y que nunca volvió. Y se niega a mirar las fotos que los recuerda con la tranquilidad de que eso nunca volverá a ocurrir, de que no va con ellos. Porque siempre habrá alguien que a culatazos o encapuchado subirá a un tren, a un camión o a un avión, y nunca volverá. El teatro, entonces, tendrá que volver a la plaza y gritar su nombre para que no se sedimente en el barro de la Historia, mientras el resto descansa porque por lo menos no le ha tocado esta vez a él.
*Patrick Bencomo Weber (Tenerife, 1974), es licenciado en Arte Dramático, dramaturgo y realizador cinematográfico, autor de Mathausen, la obra ganadora del Premio de Artes Escénicas Enrique Guimerá.