CECILIA DOMÍNGUEZ LUIS (*)
A Rafael Arozarena i.m.
A la hora convenida se abrieron las puertas del domo para dar paso a los ocho obispos, dos por cada punto cardinal de la isla. Siete de ellos vestían de púrpura y sus bonetes, cuyas costuras cubría una hilera de ópalos, al igual que las cruces de oro que lucían en sus orondos pechos, brillaban bajo un sol que ya, en aquellas horas de la mañana, caía a plomo.
Delante de todos ellos, el octavo obispo, el anfitrión, vestía totalmente de blanco. Su mitra, adornada de olivinas, contrastaba con su báculo de plata en el que se incrustaban ovaladas piedras de jacinto. Una enorme cruz de oro labrado, con un Cristo exánime, colgaba a mitad de su pecho. Cubríase con una capa magna, bordada con hilos de oro y plata y, por lo agitado de su respiración, se adivinaba el gran sacrificio al que le obligaba su tan elevado ministerio.
Una banda militar imponía un ritmo marcial al desfile y apagaba las antiguas salmodias que pretendían subir más arriba del sol y atraer nubes que aliviaran sus cuerpos sudorosos.
En vano el obispo de blanco hacía señas al director de la banda para que aplacara aquel tronar de cornetas y tambores, muy al contrario, este lo interpretaba como una señal de entusiasmo y arreciaba su brío. A punto de desesperar, vio a un muchacho un tanto desarrapado que vendía azaleas y lo llamó. El muchacho se acercó temeroso y el mitrado, con una sonrisa de condescendencia le dio a besar el topacio de su enorme anillo y le prometió la salvación de su alma si conseguía llevarle un recado a aquel alférez metido a director de orquesta cuartelera.
-Mejor me compra todas las azaleas- respondió el muchacho.
El prelado se contuvo; no podía llamarlo "chico de poca fe" ni dirigirle un sermón apocalíptico, como los que acostumbraba desde el púlpito de su catedral. Sería contraproducente para sus objetivos inmediatos. Así que, sujetando con fuerza aquella cruz que se bamboleaba, le prometió que, al día siguiente aquellas azaleas adornarían el altar mayor de su templo.
El chico lo miró con desconfianza pero se dirigió a cumplir el encargo.
A los pocos minutos los obispos oyeron un estridente solo de corneta. Era el toque de retirada y los militares se dispersaron por los callejones, ante el estupor de los desfilantes que se detuvieron cuando ya la gente empezaba a abrir los balcones y a arremolinarse en las aceras.
El sol tenía una fuerza impropia de la estación y caía sin piedad sobre los ocho madorosos prelados. Pero no se podía volver atrás: el héroe vencedor de los volcanes y las tormentas esperaba hacía ya varias pleamares.
-¡Arreciemos nuestros cantos. Invoquemos al dios todopoderoso para que nos conceda algunas nubes o una brisa otoñal que refresque nuestros cuerpos y alivie nuestro camino!-clamó el albo mitrado.
Animados por aquella arenga, los jerarcas continuaron su marcha mientras alguien, desde un alféizar sonreía malicioso ocultando cúmulos y vientos, una mujer escondía tras su mirada de fuego las rutas jubilosas y una bandada de cernícalos sobrevolaba la calle esperando que el calor les hiciera destocarse de sus bonetes para caer sobre sus tonsuradas cabezas.
Para su fortuna, al pasar frente al obispado se abrieron sus puertas y por ella salieron treinta y dos sacerdotes con ocho palios que cobijaron a la curia. El desfile se hizo entonces menos penoso y los cánticos fueron ahora de alabanza.
Llegaron a las puertas del templo que olía a cerezas y a sándalo. El órgano inició un adagio, se plegaron los palios y los obispos compusieron su fila y entraron con parsimonia.
En el altar los esperaba el oficiante que recitaba una salmodia llena de zarcillos. A su lado, un enorme acetre donde se sumergían ocho hisopos.
El obispo de blanco, casi doblado por el peso de su gran cruz, apoyado en su báculo, dio un paso hacia delante y cogió un hisopo de plata labrada: los otros siete lo siguieron. Luego se colocaron alrededor del féretro en cuya tapa un esférico ónice parecía contemplarlos, y empezaron la ceremonia de la aspersión. El líquido que salía de sus hisopos era rojo y una fragancia a mosto se sobrepuso sobre las demás e inundó la estancia.
Los fieles se regocijaron con el néctar ofrecido, el muchacho de las azaleas encendió la pira y las llamas auguraron un arribo feliz del héroe al mar de las mil lunas.
FIN
(*) Cecilia Domínguez Luis es escritora.