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El vuelo de ícaro LXXIV

LA HABANA ERA UNA FIESTA

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PEDRO FLORES
Tal vez sólo Buenos Aires, de la mano y de la letra de esa suerte de minotauro que se llamó Jorge Luis Borges, aguanta, entre las ciudades de la América de habla hispana, el envite literario de La Habana. La Habana que cuenta, en algún recodo de su retorcido dédalo de decadencia arquitectónica, con su propio ser mitológico, con su propia bestia literaria, la araña glotona de viandas y artificios literarios cuya tela atrapainsectos tenía su epicentro en Trocadero 162. De José Lezama Lima han tomado tres poetas canarios un verso de entre los de uno de sus más emblemáticos poemas: Noche insular: Jardines invisibles:

La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer aquí es una fiesta innombrable

No deja de ser un atrevimiento que tres autores no habaneros, ni cubanos, dediquen un libro, o tres, en realidad, a La Habana; la misma donde la demasiada luz forma otras paredes con el polvo en la calzada de Jesús del Monte de Eliseo Diego, La Habana para un infante ahora de veras difunto, las calles que sostuvieron el repicar de los tacones de Chencha la Chambona, la inolvidable Flora del poema de aquel otro Virgilio que vivió en La Habana su particular descenso a los infiernos, pues nacer allí es, además de fiesta, tragedia. Ha sido un atrevimiento pero la buena poesía es ante todo atrevimiento, y este homenaje isleño a esa otra ínsula que tanto significa sentimentalmente para ellos, para nosotros, ha resultado, en mi opinión, una de las propuestas literarias más originales y hermosas surgidas en los últimos años por estos otros predios insulares.
En más de una ocasión se ha comparado a Cuba con la Ítaca homérica (tal vez demasiados "Odiseos" soñando con volver), quizá tenga más de isla del doctor Morau o de Isla de las cabezas cortadas, pero sin duda y jugando con el verso de Piñera, el peso de la isla, el regreso al paroxismo y a las paradojas, al sol y a las sombras de La Habana, el viaje, que era un regreso, de nuestros tres poetas a la isla no podía sino saldarse con una ofrenda poética coral, negro, por supuesto.
Silvia Rodríguez, Verónica García y Antonio Puente nos ofrecen, cada uno, su personal interpretación de esa ciudad detenida en el tiempo y en la luz.
Antonio Puente, el más barroco y "lezamiano" de los tres, nos brinda una colección de haikús, de aves posadas en los adverbios, que diría su admirado autor de Muerte de Narciso, también él amante, a pesar de su verbo densísimo como la lluvia en el trópico de esas delicadas y sutiles formas orientales que amó tanto como a su no menos delicada cocina. Puente, que es un poeta esencialmente isleño, rinde un doble homenaje a las islas; también los haikús vienen de un archipiélago cuyas costas baña ese otro mar de la leyenda; el lejano Cipango, el reino del sol naciente, pues todo el mundo sabe que el sol nace en Japón y sueña con el cielo de La Habana. Siembra Puente sus composiciones como un reguero de islas, cada una un homenaje, cada una un enigma. El espejo de Silvestre de Balboa lo ha transformado el autor en Videoconsola de paciencia; el espíritu de estos haikús, carnales unos, con esa carnalidad alegre y omnipresente del trópico, metaliterarios otros, que sirven al autor para rendir sus particulares homenajes a los poetas que admira y cuyo magisterio en más de una ocasión ha reconocido. Yo, que admiro más, volviendo a Lezama Lima, al poeta que a su poesía, pues nunca he sabido, y bien poco que le importaría a él, disfrutar del todo de ese sistema tan personal y culterano de acertijos, de ese laberinto, de esa cosmogonía de, sin duda, brillantes constelaciones de metáforas imposibles, si atisbo la sombra de influencia enorme de su verbo misterioso en autores, como Antonio Puente, emparentados con ese "hermetismo torrencial" del autor de Paradiso.
Puente rinde una serie de homenajes, no todos cubanos o habaneros, a sus maestros, a una sexualidad cuya lubricidad e imaginación disparan las coordenadas de su viaje, geishas del país de los tankas y nubes en blumers, todo un despliegue de ludismo encriptado no demasiado habitual en anteriores obras suyas, lo que nos hace presentir aquí un poeta tal vez influenciado por esa desbordada vitalidad del trópico redescubierto.
Lo que nunca deja de lado el poeta es su apego al mar, allí donde uno u otro se encuentren; la añoranza que ya nos describía en Contrazul:

No hay mar más sublime
que una toalla ensalitrada
en un viejo baúl de la meseta.

Vuelve a aparecer aquí:

Manta en salitre
en un arcón del cerro:
¡Qué mar sublime!

Con Vía Blanca logra Verónica García contagiarnos de la irrepetible luz de La Habana. Verónica consigue un privilegio que en poesía, en literatura está al alcance de muy pocos: transportarnos más allá de las palabras, a través de éstas, al lugar, a la sensación, al origen de esa misma palabra. La autora de Sinestesia, es capaz de crear imágenes terribles y tiernas a la vez:

Antes del ciclón
que abrazó los barcos
y enfermó con tenía
los estómagos de los amantes
al cruzar el Atlántico
o, como nos dice en el poema Plaza de Armas:

Colecciono cromos entre ataúdes
que se abren a las rosas de noviembre

ninguna palabra está de más en sus versos, pero no sobra ni la más modesta de ellas, asistimos a la lectura de unos poemas construidos con rigor y honestidad de artesana, pero esa rigurosidad que ella ha sabido inculcar a su obra en ningún modo se traduce, jamás, en hermetismo o en encorsetamientos; hay en esta Habana suya una energía luminosa, telúrica, como la hay en su obra precedente; una sensación de poema a punto de desbordarse hábilmente contenido por la autora para guardar la emoción, el misterio, hasta el final.
La autora de Vía Blanca sabe, desde hace tiempo, que la poesía se construye con pasión y desgarro, los lugares de La Habana que nos muestra son de sobra conocidos, el Malecón, la Plaza Vieja, Cojímar, el Floridita o la Plaza de armas…Para el conocedor de la ciudad la lectura de estos versos supondrá una nueva visión de esos lugares emblemáticos, para el que sólo conoce sus nombres, la lectura de Vía Blanca significará saber primero de su espíritu que de su forma. De la mano de la poeta, de los orishas y de los dioses que cruzaron el mar hace siglos, encadenados en las sentinas junto a sus demudados hijos, el lector descubrirá una ciudad arcana y evidente en su luz.
Para mí los kilómetros, siempre los mismos y siempre nuevos, del malecón de esa ciudad instalada para siempre en la geografía de la sorpresa, serán siempre un camino hacia el recuerdo de Antonio García Ysábal, con quien los recorrí una tarde de Julio más inolvidable cuanto más lejana. Ahora es su hija la que ha hecho ese camino, ese gozoso "vía crucis" que todo visitante ha de andar con la luz del trópico sobre los hombros, con el recuerdo del padre, para rendirle el único homenaje posible en esta "cofradía" extraña de los buenos poetas a la que ambos pertenecen para siempre.
Verónica García es probablemente ahora ciudadana de dos archipiélagos, o de tres, pues es también la descubridora, náufraga y gobernadora de la magnífica Isla del Caimán, que supo poner en las cartas sinuosas del mar de la poesía, en su cartografía mudable y volcánica. Ella ha descifrado, como pocos, las pistas y trampas que conducen a un tesoro largo tiempo enterrado, que es dado descubrir solamente a los que son capaces de aunar la tenacidad terrena de los navegantes y la locura aérea de los inspirados.
La tercera invitada a esta fiesta innombrable (la poesía es una fiesta sin nombre donde la música sigue cuando cierran la puertas) es Silvia Rodríguez. Los que ya conocen su obra, saben que la poeta está en su elemento en el ámbito del viaje. La Habana de la poeta, como antes lo fueron su Londres, su Méjico o su India, es un paisaje humanizado hasta la empatía más absoluta. Los pequeños sucesos, los objetos cotidianos, en el caso de la realidad Cubana realzada su magia por su perenne escasez, las gentes anónimas de la ciudad y sus recovecos descascarillados, son la materia cotidiana que Silvia Rodríguez ha sabido transformar en una poesía cuya fuerza reside en lo humano.

Nos reunimos 17
en Los Altos, Vedado,
los platos cubiertos por papel
esperando ser saboreados:
la ocasión merece lo prohibido


De su mano vemos una realidad de apagones, tenderetes, veteranos de Angola y vendedores de todo lo vendible, la ciudad que por estar más oculta no deja de ser menos cierta, ni menos mágica.
En Coral negro, ahonda Silvia Rodríguez en su vocación de descubrir la poesía en cualquier rincón y en cualquier objeto, cualquier personaje de ese fresco habanero tan parecido a veces al Patio de Monipodio, genial y picaresco, lo puede ella transformar en un ser misterioso, en una figura estigmatizada por las llagas de la poesía, más divinas cuanto más humanas.
La autora se ha fundido definitivamente con el escenario de sus versos:

mi aliento de marrasquino
se confunde con el de otras bocas

o

los custodios de un colegio
nos convidan con ron y tabaco

La poeta es, ya lo sabíamos por otros periplos, por otros naufragios, una viajera atenta, capaz de hacernos ver la poesía que encierra un gesto, una escena, que quizá nosotros hubiésemos despreciado. Probablemente, entre las habilidades más extrañas y caras a un poeta debe estar aquélla que consiste en saber donde se esconde el poema, la capacidad de extraerlo de entre la arenilla del lecho del río y adivinar que allí hay pepitas de verdad y no oro de los tontos, y esa cualidad la esgrime como pocos nuestra autora.

Tú me enseñaste
que el Mundo es un plato
del que podemos caernos
y tropezar con las estrellas.

En Coral negro se nos enseña que para tropezar con las estrellas a veces no es necesario andar por los cielos.

Los tres poetas de esta Fiesta innombrable han demostrado, en un mundo donde las mercancías son más libres que las personas, que a uno le asiste el derecho, sentimental y poético, de sentirse ciudadano de cualquier lugar que proyecte su olor y su bullicio, su calma y su luz en el propio corazón. Quizá a los canarios nos asista además, con respecto a Cuba, a La Habana, un parentesco además del alma, de la sangre. Un canario, Balboa, inició la aventura de este tosco dialecto del latín, que dijo Borges, en aquel lugar, canaria era la madre del poeta nacional de Cuba, de José Martí, pero aunque no fuera así, valga el verso que escribió un poeta salvadoreño, Roque Dalton, que vivió en La Habana y escribió para ella espléndidos poemas:

Las cosas son de quien más las ama.

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