MEMORIA
"Los que de verdad filosofan, Simmias, se ejercitan en morir, y el estar muertos es para estos individuos mínimamente terrible. [...] todo lo que vive nace de lo que ha muerto [...] en realidad se da el revivir y los vivientes nacen de los muertos y las almas de los muertos perviven".
Fedón, Diálogos, Platón
MEMORIA
Ha llegado el invierno de la memoria y sin embargo ha vuelto con casi todas las respuestas, está aquí, maestro Rafael Arozarena, pintando cerezas, cocinando y enhebrando versos para leer con lentitud, propicios para marcar la página con una psorolea bituminosa
CUENTO
A RAFAEL AROZARENA DESDE ESTA ORILLA
Hace treinta y dos años conocí a Rafael Arozarena y desde entonces he tenido la suerte de su amistad y su complicidad en la palabra y en la vida hasta sus últimos días. En la ceremonia previa a su incineración, pensé que el hisopo con el que el oficiante rociaba el féretro, bien podía contener vino en lugar de agua, algo que sería totalmente "fetasiano". Con esta idea, al llegar a mi casa se me ocurrió un pequeño relato como despedida al amigo y al escritor, que no a su obra. A quienes no hayan leído la obra de Rafael -espero que pronto lo hagan-, seguramente se les escaparán algunas claves que ahora pretendo aclarar someramente. Así, el título del cuento es un "plagio" al libro de Arozarena Desfile otoñal de los obispos licenciosos, y con eso, más las alusiones a Mararía, al ojo de Horus (el ónice) de Cerveza de grano rojo y a algunos poemas, he completado este relato que no pretende ser irreverente (o tal vez sí) sino, ante todo, un homenaje al escritor y al amigo.