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MEMORIA

Vuelva, qué le cuesta

 
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La dama de la paodia, de Rafael Arozarena. (Pintura del autor reproducida en el libro Conversaciones con Rafael Arozarena, de Roberto García de Mesa (Editorial Benchomo, 2004).<br /><br /><br /><br />
La dama de la paodia, de Rafael Arozarena. (Pintura del autor reproducida en el libro Conversaciones con Rafael Arozarena, de Roberto García de Mesa (Editorial Benchomo, 2004).



 

Ha llegado el invierno de la memoria y sin embargo ha vuelto con casi todas las respuestas, está aquí, maestro Rafael Arozarena, pintando cerezas, cocinando y enhebrando versos para leer con lentitud, propicios para marcar la página con una psorolea bituminosa

EZEQUIEL PÉREZ PLASENCIA (*) Se nos fue una persona inolvidable, encantada y encantadora, maestro de varias generaciones de escritores. Otros más cualificados que yo han analizado profusamente su obra, por ello he aquí un testimonio personal de la relación intermitente mantenida con Arozarena. El primer recuerdo aparece en Tegueste, junto a Manuel Padorno, Andrés Doreste, Néstor Torrens, Severo de la Fe… Su alegría, buen humor y vitalidad eran contagiosos. El segundo se sitúa en el Patronato de Cultura del Ayuntamiento de Santa Cruz, en 1989, donde percibí que estaba ante un ser humano excepcional que ese día, tras la presentación de un librucho, habló diez minutos con mi profesora de alemán y al ratillo se fueron los dos a plena carcajada. El tercero… Una comida, merienda, cena en Cueva Bermeja, a base de carne de cabra, buen vino, naturaleza y más risas. El poeta visita mi memoria desordenadamente y compruebo que el afecto y la admiración son sentimientos de pocas explicaciones.

Vinieron luego días en principio felices y después algo oscuros, en los que me ayudó muchísimo: si no se cae en el victimismo, las causas perdidas son un recurso enorme de la salud mental, aprehendí. De La Gaceta a La Cateta. Nos vimos casi a diario en la cafetería El Metro, a veces con Luis Alemany, cuando cometí el error -advertido por él mismo- de no grabar las cuestiones profundas expresadas con palabras sencillas que salían por su boca: Homero, el amigo común Antonio Bermejo, Ernesto Sábato y El escritor y sus fantasmas, el poeta Luis Feria, El amor en los tiempos del cólera (la mejor novela del colombiano), Virgilio, Isaac de Vega, José Arozena, Óscar Domínguez, Juan José Delgado, Cecilia Domínguez Luis, la música de Pedro Guerra en el filme Mararía, Miguel Delibes, La condición humana de Malraux. Ah, cuando París era la capital mundial de la cultura.

La ocasión en que una editorial imprimió dos mil ejemplares de un texto suyo con el nombre muy parecido de un presentador de televisión. En un seminario sobre la novela en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo con Juan Benet y Manuel Vázquez Montalbán, entre otros. Otra vez en el parque Viera y Clavijo. En el paraninfo de la Universidad de Laguna. En el Círculo de Bellas Artes platicando con seguridad y soltura acerca de Ortega y Gasset. Paseando por la calle del Castillo, por el parque García Sanabria. En el Casino, donde coincidimos en la decisión en un jurado de un premio de cuentos y después me animó a quedarme con la corbata, poco después requerida por la institución.
Habló de sus poemas en La Tarde, de quien lo salvó del abismo… Me visitó casi todos los días en el Hospital de La Candelaria (donde todavía trabajaba) después de un accidente. Más charla en su casa, en la urbanización Ifara. En la oficina de Correos (Plaza de los Patos) cuando recibió un bulto con un buen número de ejemplares de Cerveza de grano rojo traducida al alemán. En la librería La Isla, concediendo el honor de presentar el librito de un cronopio. Las lecciones sobre el gerundio inelegante y los poetas estirados. Su precioso homenaje al gran Julio Cortázar: Estaba escrito en el frontis del camposanto: lo que no es materia, no puedo ser enterrado. Cuando murió el poeta del pueblo, el sepulturero se tomó su día libre.

Ha llegado el invierno de la memoria y sin embargo ha vuelto con casi todas las respuestas, está aquí, maestro Rafael Arozarena, pintando cerezas, cocinando y enhebrando versos para leer con lentitud, propicios para marcar la página con una psorolea bituminosa. Muchas gracias por esta melancolía positiva, porque usted crea palabras, emociones y sentimientos, los alimenta y educa en las mejores condiciones para regalárnoslos como frutos exquisitos que uno saborea con placer. Ahora ha logrado encender mi corazón. Hasta luego.

(*) Ezequiel Pérez Plasencia es escritor.

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