ERNESTO SUÁREZ (*)
¿La vida como misterio? Hacer esta pregunta acaso conlleve un error de perspectiva, un problema de orientación nada más comenzar el camino. La cuestión presupone la posibilidad de una vida sin misterio. No creo que Rafael Arozarena llegara nunca a considerar tal principio como opción ontológica, al menos en lo que a su escritura se refiere y una vez se ha leído la que es su postrera novela, Los ciegos de la media luna. En la contraportada del libro se dice que al protagonista, José Torres Missyan, le ha crecido un enigma en su interior. El transitar del personaje por las páginas de la novela no pude comenzar de manera más insólita: escucha por casualidad como dos musulmanes relatan "entre murmullos recelosos" que dos mujeres vestidas de azul bajaron del cielo en la medina de Fez. Este es el inicio de una novela excepcional, escrita con la serena autoridad de quien ha ido labrando oficio literario durante más de cinco décadas.
La narración de Los ciegos de la media luna se adentra en sí misma y quien lee no tiene otra alternativa que no sea la de avanzar como si andara por un bosque o un jardín repleto de claves y signos por descubrir acerca de otro bosque o jardín igualmente oculto al discernimiento. Así, José llega a Fez empujado por aquello que considera una especial misión, aunque de la que nada se dice, y que será pronto arrinconada y olvidada en favor de La Gran Misión, un suceso colectivo que, sin embargo y en un movimiento en espiral de la narración, tendrá que ver con el propio origen del protagonista.
La novela incorpora no ya en la trama sino en su estructura una suerte de juego de continuos misterios y claroscuros que comienzan con el cambio inesperado del nombre del protagonista: "José Torres Missyan cogió el bolso de viaje y se dirigió a la puerta. El recepcionista repasó el libro de registros. Borró el nombre de José y el primer apellido y escribió: Yusuf Missyan. Sonrió leyéndolo y terminó tachándolo todo con una raya roja". En apariencia nada en esta descripción resulta excepcional, todo es simple y directo. Sin embargo, el hecho es que en los párrafos subsiguientes el narrador empieza a referirse al personaje como Yusuf, desechando el nombre español. En este punto es imposible que el lector no se vea asaltado por una serie de inquietantes dudas: ¿quién decidió por ejemplo cambiar el nombre? ¿Fue el Narrador Omnisciente que maneja y decide sobre los personajes o fue justamente ese personaje menor, el recepcionista (y que no vuelve a aparecer en todo el texto) el hacedor verdadero de toda la historia que se abre ante nosotros? ¿Pudo elegir el Narrador otra opción o algo hizo que el recepcionista actuara a modo de especular Cerbero -o de Pedro, guardián de cierto paraíso-, para dejar salir a José-Yusuf y que éste navegase por el curso arriba de la narración? El hecho es que, a partir de ese instante, el protagonista (y, a través de él, el mismo lector) se convierte en un observador que transitará entre los misterios, incluido el de su propia identidad y presencia en la historia que se narra.
En el relato todos los personajes vibran ante nosotros como arquetipos que no somos capaces de identificar, de reconocer, pero que sabemos (por la conmoción que producen en una dimensión profunda de nuestro espíritu.) están actuando como tales. Poco importa, sin embargo, tal incertidumbre. En esta última novela Arozarena ha sabido dinamitar brillantemente ciertas constantes del ejercicio narrativo muy pocas veces cuestionadas con éxito, sin que ello implique que el lector pierda la segura sensación de verosimilitud (y por ende el interés) que lo mantiene asido a aquello que se le está narrando. Ya quedó dicho, José pasa a ser Yusuf, de español a marroquí, y se adentra en el mundo del viejo Fez hasta encontrarse con su primo Alí, vendedor ciego de cuernos en un callejón oscurecido de la medina. Será Alí el ciego quien haga de lazarillo en las sendas de esa otra nueva vida de Yusuf. Mas, en determinado momento, Yusuf comienza a vivir la existencia de Ali, hasta llegar a la ceguera misma, en tanto que éste huye de Fez para existir como si José Torres Missyan nunca hubiese traspasado su nombre y aquella puerta de hotel las primeras páginas de la novela. Cuando ya casi se ha producido la transformación, Arozarena escribe: "Allí era él y nada le pertenecía, lo que significaba que sus pensamientos podían ir de un lado al otro, posando en cada objeto la admiración propia de un ignorante, sin tratar de entender del todo las manifestaciones de la existencia y así crear y recrear el sueño de la vida para gozarla a su manera. ¿Acaso era ésta la fórmula de la felicidad que había encontrado su primo Alí en este mismo, siniestro, nauseabundo y pobre calabozo?".
Entonces, si no hay asidero en las identidades, ¿lo habrá en las claves del paso del tiempo o acaso en el espacio? De nuevo el texto nos alonga a la incertidumbre y en esta ciudad aún colonizada por los franceses que llaman Fez se narran sucesos que nunca pudieron producirse con anterioridad a 1956, año de la independencia de Marruecos. Pocos párrafos antes del trascrito, como si quisiera anticipar una respuesta sarcástica a tal cuestión Rafael deja hablar a un tendero dirigiéndose al protagonista exclama "¡Tú comprar paraguas, paisa! ¡Tú necesitar paraguas! ¡Hoy va a llorar mucho el cielo! ¡Hoy no saldrá el sol! ¡Allá arriba están los caballos negros de los infieles!". Así, la lluvia, que en otras latitudes (o realidades) sería bienvenida, en esta Fez de Arozarena se convierte en un mal augurio. No, no hay certezas históricas, ni temporales, ni psicológicas. O es que tiempo y ser hayan su sentido último en el fluir, en el cambio mismo. Como el espacio, igual el tiempo narrado sólo ha de ajustarse al hecho interior de los personajes. Claro que el ser esencial y permanente de esos personajes está en la mutación. Como el misterio de Fetasa.
(*) Ernesto Suárez es escritor