JOSÉ GARCÉS
Eduardo Chillida (San Sebastián, 1924-2002) confesó en cierta ocasión, o en una de esas insólitas entrevistas periodísticas donde el artista se desnuda como hombre y creador, que entendía el arte como todo aquello que estaba ligado "a lo que todavía no se ha creado". Paseando por la exposición Vibración muda que hasta el 9 de diciembre se acoge en la Fundación Cristino de Vera, en La Laguna, el espectador puede entender el por qué de este extraordinario razonamiento: es arte todo aquello que espera "todavía" a nacer.
Organizada por la Obra Social y Cultural de CajaCanarias, esta muestra de vibraciones silenciosas del gran escultor vasco revela parte de su trabajo en busca de eso no creado realizadas entre los años 1984 y 2000. Se tratan de dieciséis piezas procedentes de los fondos del Museo Chillida-Leku, en su sede de Hernani, Donosti-San Sebastián, y está comisariada por Ignacio Chillida Belzunce, su hijo.
Piezas trabajadas con tres materiales diferentes: tierra cocida, de los años ochenta y noventa; acero, realizadas en los años noventa, y alabastro, con una obra que Chillida terminó en el 2000, su Vibración muda se complementa con una serie de Gravitaciones que datan de 1986 y 1992, colección en la que el artista se valió esta vez de papel, tinta e hilos, y otras de papel e hilos solamente.
Nausica Sánchez, del Museo Chillida-Leku, dice acerca de estas Gravitaciones que "la obra en papel es una constante en la trayectoria artística de Eduardo Chillida. Se trata de incontables dibujos, collages, grabados y gravitaciones consideradas por el escultor como su música de cámara. Las Gravitaciones se presentan a modo de relieves de papel. Su factura se realiza a partir de papeles artesanos hechos a mano. De este modo, las hojas recortadas de diversos formatos se superponen unas a otras y cuelgan de la pared pendientes de hilos. En algunas ocasiones, el artista introduce dibujos de tinta negra y, en otras, son los propios bordes del papel que interconectados actúan entre sí.
Mediante estos papeles en suspensión, Chillida retoma su eterna lucha contra la gravedad. También en las gravitaciones se aproxima a la filosofía mística en esa voluntad de levitar."
Entre las esculturas que componen Vibración muda el espectador podrá encontrarse con las que realizó valiéndose de metales como el hierro o el acero --dos de ellas se muestran en esta exposición--, y cuyo origen, recuerda Nausica Sánchez, hay que buscarlos en 1951, año en el que "Eduardo Chillida se adentró en el cosmos del hierro, atraído por los sonidos de la forja, los golpes del martillo sobre el yunque, y el crepitar del fuego. El escultor convierte el metal en su material predilecto y busca hacer sonar el espacio para "lograr la vibración muda".
Tierra cocida y alabastro
En la muestra también puede contemplarse una representación de esculturas elaboradas en tierra cocida. Chillida no trabajaba la arcilla sino concretamente la tierra chamota, materia que puede ser manipulada en bloque sólido y compacto. El descubrimiento de este material por parte del escultor se produjo a través de la audición. Así, a principios de los setenta, mientras trabajaba en el taller de grabado que la galería Maeght tenía en Saint Paul de Vence, Chillida escuchó por primera vez el sonido producido al golpear la tierra contra la superficie de trabajo. A partir de ese momento, comenzó a producir sus lurrak, tierras, en euskera y óxidos, bloques de corte primitivista y formas suaves.
Cerrando el grupo de esculturas, destaca la presencia de un elegante y delicado alabastro y, en palabras del comisario de la muestra, "es en este material traslúcido donde Chillida encuentra una posibilidad de acercamiento a una dimensión espiritual. A través del alabastro, se desvanecen los límites entre la materia y el espacio. La luz penetra en el interior de la piedra mientras ésta parece disolverse en vibraciones luminosas. De esa manera, el escultor da forma a la claridad".
Apunte biográfico
Chillida no iba para artista sino para futbolista, pero una lesión como portero de la Real Sociedad lo alejó de los campos de fútbol. Después quiso ser arquitecto, pero abandonó la carrera, comenzando a dibujar aunque se dio cuenta que no era arte porque lo realizaba con "demasiada facilidad". Fue entonces cuando encontró su verdadera vocación.
Su geometría, en palabras de Sanjuana Martínez, "destila metafísica, está impregnado de la influencia de los místicos europeos: Eckhart, Henri Suso, Jacob Bohème, San Francisco de Asis, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, de los orientales Lao-Tse, de la poesía de Rimbaud, Baudelaire, Bachelard, René Char, de los poetas Bonnefoy, Octavio Paz, Jorge Guillén, de los románticos como Novalis o filósofos: Bergson, Heidegger y sobre todo de uno de sus grandes maestros Juan Sebastián Bach."
Chillida realizó numerosas obras públicas y esculturas para museos de todo el mundo. En este sentido, sus creaciones dialogan con el entorno, por lo que muchas de ellas están instaladas en lugares considerados emblemáticos para sus ciudadanos, como ocurre con el donostiarra El peine del viento que se abre al mar de San Sebastián y que se ha convertido en lugar de visita obligada, o la Puerta de la Libertad y Topos V, del barrio gótico de Barcelona; Gure Aitaren Etxea, en Guernica; Elogio del Horizonte, en el gijonés Cerro de Santa Catalina; o el Monumento a la Tolerancia, instalada en el sevillano Muelle de la Sal, a orillas del Guadalquivir.
A lo largo de su vida, fue distinguido con numerosos premios y distinciones como el Premio Kandinsky, el Wilhem Lehmbruck, Príncipe de Asturias, el Kaiserring alemán, el Premio Imperial en Japón, además de haber participado en centenares de exposiciones alrededor en todo el mundo. Fue también académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, miembro de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias, miembro honorario de la Royal Academy of Arts de Londres, miembro de la Orden Imperial del Japón y obtuvo tuvo la Gran Cruz al Mérito Humanitario de la Institución del Mérito Humanitario de Barcelona.
Además de heredar el gusto por el arte, su mujer e hijos han participado en proyectos tan ambiciosos como el Museo Chillida-Leku y la montaña de Tindaya.
En la última parte de su vida, el propio Chillida constituyó el museo Chillida-Leku, inaugurado el año 2000 en el caserío de Zabalaga, en el municipio de Hernani, junto a San Sebastián, un hermoso caserío de construcción tradicional vasca, del siglo XVI, antigua yeguada militar, que Chillida reconstruyó como si de una escultura se tratase.
Zabalaga está rodeado de un gran jardín que hoy alberga la que es posiblemente la mayor colección de la obra del artista. Allí, gran parte de su obra puede disfrutarse al aire libre en un entorno mágico, a la medida de sus obras.